El camino de la montaña

El camino de la montaña

5 de noviembre del 2010

El camino que asciende te lleva a la montaña, a ese lugar sagrado, elevado y revelador. En sus cumbres percibes la transparencia del aire, los sonidos del viento, la luminosidad de la nieve y los rayos solares que se reflejan en los espejos de agua; allí donde el universo se ofrenda con toda su sabiduría. Así, caminando entre la roca, el páramo y el glaciar, vas ingresando a un estado de luz y silencio, de amor y belleza, de armonía y ternura…La montaña te impulsa a escuchar los sonidos del alma, a dialogar con su voz interna.

Maravillado con los colores de la alta montaña, donde los hielos se tornan rosados, la tierra amarilla, las cordilleras azules y los cielos naranjas, en medio de esa serenidad y del silencio, la montaña me enseña acerca de la humildad, la solidaridad, la fraternidad. Aprendo a no enfrentarte a la montaña para pretender vencerla o conquistarla, y por el contrario a acercarme a ella con admiración y respeto, con amistad y afecto. Es en esta integración donde la montaña, en su generosidad y sabiduría, me indica el camino y me cuenta historias acerca de la sabiduría de la vida.

Desde el diálogo con estas cumbres intento colocar la mirada en las ciudades y campos de nuestro país, para sentir su corazón, comprender sus heridas e intuir caminos de sanación y reencuentro. De reflexiones que nos conduzcan a retomar las preguntas sobre los mayores problemas de nuestro tiempo, estos que continúan en primera línea de realidad y riesgo: la amenaza de guerra nuclear, la destrucción del entorno natural, la persistencia de la pobreza junto al progreso y las múltiples situaciones de violencia, corrupción e inseguridad.

Hoy quiero referirme en particular a la experiencia que durante cinco años he vivido en Colombia, en  el acompañamiento a jóvenes y comunidades que se integran al proyecto Legión del Afecto, con el cual hemos recorrido el país haciendo presencia en las regiones más afectadas por la violencia. Cuántos años de dolor, odio, rencor y sentimientos de venganza mueven las emociones de tantos seres humanos en esta historia de guerra; emociones que les empujan a realizar de manera cíclica actos de crueldad; realidades que van dejando hondas heridas, tanto en  víctimas como en victimarios.

Las comunidades viven sus dramas y cargan con el dolor profundo de sus múltiples pérdidas, siendo la mayor de ellas la esperanza, sentimiento que se refleja inicialmente ante una gran desconfianza con quienes llegamos a sus territorios con propuestas de reconciliación. Es por esto que se requiere de paciencia, creatividad y perseverancia para instalarse en el corazón de las comunidades; para avanzar desde la solidaridad y el afecto en el proceso del duelo y en la cicatrización de múltiples y distintas heridas para que las personas afectadas puedan lanzarse con entusiasmo a construir nuevos proyectos de vida.

Ahora que se impulsan en el país iniciativas de devolución de tierras, de apoyar proyectos económicos en las regiones, de crear infraestructura y respaldar la comercialización de diversos productos, se necesita y con urgencia, acompañar a las comunidades víctimas de la violencia y el desplazamiento, con un trabajo humanitario que prepare su terreno interior, su terreno emocional y espiritual.

Hoy quiero rendir homenaje a tantos seres anónimos que con una infinita entrega han tejido hilos de afecto y de consuelo con tantas familias.  Su aporte ha sido definitivo para la recuperación de la alegría, y para el retorno de las comunidades a sus regiones. Estos seres anónimos serán instrumentos fundamentales si el Gobierno Nacional se decide en serio apostarle a la tarea de devolución de tierras, y a impulsar los procesos de Verdad, Justicia y Reparación. El acompañamiento a las comunidades en el trabajo de duelo representa el mejor y necesario equipaje para este camino a recorrer.

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