El corporativismo rampante en Colombia, o ¿quién no quiere vivir del Estado?

24 de febrero del 2015

“El político o el funcionario estatal limita la competencia.”

Hace poco argumenté en una columna que, pese a los ataques en contra del “neoliberalismo” lanzados constantemente por políticos de distintas vertientes como Clara López, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, en Colombia en realidad estamos muy lejos de tener una economía libre. Esto lo demuestra claramente el Índice de Libertad Económica publicada por los institutos Cato de Washington D.C. y Fraser de Vancouver, en el cual Colombia ocupa el puesto número 104 entre 152 países.

También algunos sucesos de las últimas semanas han revelado el carácter no libre y mas bien mercantilista o corporativista de la economía del país, donde el Estado interviene excesivamente en el ámbito de las transacciones voluntarias (ver caso de la gasolina), protege a grandes industrias de la competencia (ver caso de “Alarico” Peña), e inclusive realiza pagos directos para favorecer a unos pocos a costa del contribuyente al fisco.

Me refiero particularmente a la noticia de que Publicaciones Semana y otros grandes medios del país (Caracol y RCN) tienen contratos por cientos de millones de pesos con el Estado, concretamente con el Fondo de Programas Especiales para la Paz.

Respecto a Semana, Juanita León, directora de La Silla Vacía, escribe que, para generar ingresos tras el declive en el número de sus suscriptores, la organización publica “revistas temáticas” financiadas por gobernaciones, alcaldías y entidades públicas en las cuales estas glorifican sus propias labores. En otras palabras, el Estado está usando grandes cantidades de dinero del fisco para emitir su propaganda en medios supuestamente libres de la influencia gubernamental.

La señora León considera que este modelo de negocios surge de “la visión empresarial” de Alejandro Santos, director de Semana. Esta versión es acertada únicamente si uno equivale al “empresario” con el contratista del Estado- una definición, por cierto, muy hispánica– pero es completamente errónea si se considera la actividad empresarial desde el punto de vista del liberalismo clásico. En el pensamiento liberal, el empresario es un creador de ideas y de productos que descubre exactamente qué quieren los consumidores y lo provee a un precio más atractivo que el que ofrecen sus rivales en el mercado.

En Colombia, este proceso se describe mundanamente como comprar barato y vender caro, aunque habría que agregar que lo esencial es vender menos caro que el vecino. Pero por prosaico que parezca el proceso empresarial- más de un intelectual lo considerará algo mezquino- en realidad es algo maravilloso.

Milton Friedman explicó en una ocasión que, para producir un simple lápiz que se compra por una suma insignificante, deben colaborar miles de personas que “no hablan el mismo idioma, que practican religiones diferentes y que podrían detestarse si se conocieran” (el leñador en el estado de Washington, el minero de grafito suramericano, el trabajador de una fábrica de caucho en el Archipiélago malayo, etc.) Lo que unió a todas estas personas en una actividad común no fue “un comisario emitiendo órdenes desde una oficina central” de algún gobierno, sino un mercado libre donde cada cual colabora pacíficamente y se beneficia al perseguir su propio interés.

Pero la verdadera maravilla del mercado, para parafrasear a Friedrich von Hayek, consiste en que el comprador del lápiz, al simplemente observar su precio variar de un día al otro, obtiene de una manera radicalmente simplificada un sinfín de datos enormemente complejos- la relación entre el incremento en la oferta del petróleo y la repentina escasez del caucho en Malasia, por ejemplo- para poder tomar una decisión instantánea y correcta desde su punto de vista subjetivo. Lo asombroso, explica Hayek, es que el sistema de los precios no fue creado por el hombre, sino que evoluciona “sin diseño y sin nuestro entendimiento” y nos permite “resolver problemas que no podríamos solucionar conscientemente”.

Para el empresario, actuar dentro del milagroso sistema de los precios involucra predecir el futuro en un mundo de ubicua incertidumbre, y esto forma parte “de la gran lucha del ser humano por sobreponerse a la ignorancia”, tal como escribe el Profesor Steven Horwitz al referirse a la obra Acción Humana de Ludwig von Mises. Agrega que “los mercados hacen posible nada menos que la cooperación social y la civilización tal como la conocemos”.

Me permito esta divagación simplemente para demostrar que, en sus negocios con el Estado colombiano, Alejandro Santos no está participando en la competencia del mercado, la cual es bella porque gira alrededor de beneficiar al consumidor. El burócrata estatal que le otorga un contrato a Semana, de hecho, decide de manera arbitraria que esta organización merece un privilegio que necesariamente excluye a otras compañías. Así, mientras el libre mercado funciona de abajo hacia arriba- miles o millones de consumidores deciden espontáneamente que un producto merece existir por sus cualidades y su superioridad frente a los competidores- el corporativismo opera de manera opuesta: el político o el funcionario estatal limita la competencia y escoge a dedo al ganador, quien usualmente está muy bien conectado políticamente.

Este ciertamente es el caso de Semana, compañía que, aparte de tener al sobrino del presidente actual, Alejandro Santos, como director, pertenece a Felipe López. Si se tiene en cuenta que un Santos y un López se disputaron la presidencia en el 2014 y se disputarán la alcaldía de Bogotá en el 2015, y que también se disputaban el liderazgo del Partido Liberal en los 1930, Colombia empieza a parecerse a la ficticia república africana de Ishmaelia descrita por el novelista inglés Evelyn Waugh. Ahí, los últimos tres presidentes y todos los altos funcionarios del Estado eran de apellido Jackson, así que las elecciones se conocían simplemente como “El Ngoma (baile) de los Jackson”.

Igualmente llama la atención que otros grandes medios beneficiados por el Fondo de Programas Especiales para la Paz son Caracol Televisión y RCN, los cuales pertenecen a los grupos Santodomingo y Ardila Lule respectivamente. Esto también apunta hacia el tradicional corporativismo colombiano. Como escribe el Profesor James Robinson, las mayores fortunas de Colombia- las de Carlos Ardila Lule en bebidas gaseosas, Luis Carlos Sarmiento en banca y servicios financieros y Julio Mario Santodomingo en cerveza- fueron creadas “a partir de monopolios… protegidos y a veces blindados por el gobierno”.

Estos aglomerados económicos ahora se benefician de la industria subsidiada de “la paz”, pero este no es el tipo de diversificación que necesita la economía colombiana. Aquí hace falta eliminar el “capitalismo de compadres”- por ejemplo acabando con las transferencias del fisco a grandes grupos mediáticos- y establecer una libertad económica real, la cual se basa exclusivamente en la sana competencia.

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