A los hombres nos gusta clasificar lo que no entendemos. Y algo que ciertamente no entendemos es la naturaleza humana. Por ejemplo, Borges escribió en El Aleph: “Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos” parafraseando a Coleridge, el poeta inglés. El ensayista Isaías Berlín propuso que podía separar los hombres en dos prototipos: erizos o zorros, citando un antiguo poeta griego, Arquíloco: “el zorro sabe muchas cosas, el erizo sabe una sola cosa grande”. Vemos entonces que es bonito, poético, elegante y útil separar los hombres en clases. Pero peligroso.
Igual con las enfermedades. Es útil separarlas en grupos y subgrupos para definir qué hacer con ellas o cómo tratarlas, pues la medicina es esencialmente un saber (arte o tekné en griego) práctico. Sobre todo, repito, cuando no las comprendemos. Pero peligroso sobremanera cuando la enfermedad o estado patológico incluye e integra toda la mente humana que es una individual y personal. Acabamos en este caso manipulando, operando (no en sentido quirúrgico) sobre toda la persona humana. Esto lo aprendió con admirable humildad Robert Spitzer, uno de los más grandes psiquiatras del siglo XX, en la última década después de una larga y prestigiosa carrera construida alrededor del empeño de clasificar las enfermedades psiquiátricas.
En casi todas las culturas y textos médicos antiguos pueden reconocerse tres cuadros clínicos de enfermedad mental: demencia, depresión y manía. Pero las clasificaciones de sus distintas formas de presentación han sido diversas y confusas. En los textos hipocráticos se mencionan la manía, la melancolía, la paranoia, las fobias y la enfermedad de los Escitas (travestismo) como enfermedades mentales. La histeria era considerada un problema orgánico no sicológico, propio de las mujeres con útero (hystera) inquieto. La medicina galénica islámica añadía trastornos obsesivo-compulsivos (TOC), enfermedades delirantes, estados de hiperexcitabilidad, depresión involutiva y otras variedades. Avicena, el “príncipe de los médicos” para la Edad Media cristiana, consideraba la homosexualidad pasiva una enfermedad mental. He mencionado la enfermedad de los Escitas y el homosexualismo pasivo para señalar la propensión médica a rotular como enfermedad comportamientos sexuales poco frecuentes. Como se ve la clasificación de trastornos mentales era históricamente confusa pero las leyes del positivista siglo XIX simplificaron brutalmente esta selva descriptiva: los enfermos mentales eran “idiotas” (dementes) o “lunáticos” (locos).
Las guerras del siglo XX impulsaron nuevas miradas sobre la clasificación de enfermedades psiquiátricas. La Primera Guerra Mundial llevó a reconocer que los soldados no salían a morir de sus trincheras por cobardía sino por una condición llamada en inglés “shell shock” (colapso por artillería) que hoy reconocemos como stress postraumático. Durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella se hizo necesario clasificar el estado mental de gran número de reclutas y veteranos llevando al desarrollo e implementación de pruebas rápidas y protocolos diagnósticos, casi automáticos, para diferentes estados mentales. Robert Spitzer entró en el campo de batalla de la clasificación de enfermedades mentales desde muy temprano en su carrera. Quizás porque como reconoció en una entrevista “siempre sentí atracción por las controversias” (The American Prospect, abril 11, 2012).
Spitzer desarrolló en 1968 un programa de computador: Diagno I, que llegaba al diagnóstico psiquiátrico a través de un árbol de decisiones lógicas. Participó en el desarrollo del Cuestionario para Desórdenes del Afecto (MDQ) y el Cuestionario de Salud del Paciente (PRIME-MD), que podía producir un diagnóstico de enfermedad mental aún cuando la persona se lo aplicaba a sí misma. Él mismo reconoció después que estos instrumentos estadísticos llevaron a medicalizar un 20 o 30 por ciento de individuos con diversas conductas humanas. En otras palabras, se rotulaban como enfermos mentales una significante proporción de personas sanas. Contrariamente, Spitzer lideró el esfuerzo por desclasificar como enfermedades mentales algunas condiciones humanas. Desde 1973 luchó y consiguió que la homosexualidad se retirara del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM).
Pero sorpresivamente, en 2001, Spitzer presentó en un congreso y luego publicó en una reconocida revista evidencia de que el homosexualismo podía ser tratado y cambiado. Muchos colegas le dijeron que no lo hiciera pues estaba poniendo en riesgo su carrera (The New York Times, mayo 18, 2012) al validar un tratamiento para una condición no patológica. En reprospecto, el estudio estuvo mal diseñado: se escogieron 200 personas diversas que afirmaban, algunas por entrevistas telefónicas, que habían cambiado su orientación sexual después de seguir varias terapias distintas, no una sola, con diferentes terapistas o consejeros espirituales.
A comienzos de este año, un periodista en la entrevista arriba citada (Arana, The American Prospect) confrontó a Spitzer sobre sus conclusiones. Él reconoció, humildemente, el análisis equivocado de casos anecdóticos en su estudio meramente descriptivo y pidió a la revista científica (Archives of Sexual Behavior) publicar una retracción. En resumen, la homosexualidad puede ser muchas cosas, la discusión sigue abierta, pero no es una enfermedad mental con tratamiento médico. Y los periodistas pueden cambiar “verdades” científicas.
El error de considerar enfermedad la homosexualidad
Mié, 21/11/2012 - 09:02
A los hombres nos gusta clasificar lo que no entendemos. Y algo que ciertamente no entendemos es la naturaleza humana. Por ejemplo, Borges escribió en El Aleph: “Se ha dicho que todos los hombres
