Sorprende la poca importancia que se ha dado a la afirmación de que esta es la primera generación que asume que sus condiciones de vida serán peores que la de sus antecesores. Hasta ahora tanto en la línea de los hijos respecto a los padres como de un grupo de edad respecto al anterior se daba por descontado que la tendencia era a tener un mejor vivir. ¿Será esto el comienzo de un proceso irreversible? ¿Estará la especie humana como todas las otras condenada a entrar en vía de extinción?
Alrededor o como causa de esta expectativa se menciona el problema del cambio climático; la saturación de automotores y las congestiones de tráfico en todas las ciudades; la llamada crisis del capitalismo, con indicadores de pobreza y desigualdad crecientes; la saturación de materias no eliminables y el agotamiento de recursos naturales; etc.
Todo esto se puede resumir en la reflexión que hacía Allan García –antes de volverse adalid del neoliberalismo- cuando sugería que la posición de los países subdesarrollados debía partir de la premisa que si las naciones industrializadas que representan menos del 15% de los seres humanos llevaron al planeta a un punto crítico, el pensar que el resto del mundo podrá alcanzar los mismos niveles es algo más que utópico; que lo realista es asumir que tal meta es inalcanzable y buscar que los países avanzados respondan por las necesidades básicas del mundo en desarrollo, a condición de que estos últimos renuncien a aspirar a la misma capacidad como sociedad de consumo. Una especie de ‘Estado Bienestar’ universal en el que las desigualdades subsisten pero se garantizan ciertos mínimos de dignidad y de supervivencia.
La paradoja es que ahora es en las sociedades desarrolladas donde se está manifestando el inconformismo con el futuro que se presenta.
Las protestas y las revueltas en los diferentes países son por motivos y con objetivos distintos -desde los ingleses que incendiaron los barrios londinenses sin saber porqué, pasando por los indignados de la Puerta del Sol por las tasas de desempleo más altas de su historia, o las protestas de la juventud griega por las ‘medidas de ajuste’ tomadas por exigencia de la banca internacional-, pero todas parten de una misma base y llevan a una misma conclusión: las condiciones de vida en esos países se están deteriorando y ese proceso parece irreversible.
Pareciera que ante eso las revueltas en el Norte de África (Egipto, Libia, Siria, Bahréin, etc.) con la destrucción del orden que tenían y la esperanza de resurgir del caos así generado; las guerras en el medio oriente (Irak, Palestina, Afganistán) con centenares de miles de víctimas inocentes; los también centenares de miles de muertes por las hambrunas del cuerno africano (Somalia, Etiopía); pareciera, repito, que fueran hechos insignificantes para el mundo avanzado que no los padece. Y hablar de que algún día podrán ser iguales los unos y los otros es comparable a la forma en que se ofrece la imagen de las reinas de belleza como modelo a copiar a la mujer normal que no comparte ninguna de las medidas o características para llegar a parecerse a ellas.
La idea que a las buenas o a las malas el sistema democrático occidental sea su esperanza de futuro parece contradictorio con lo que este está viviendo. Si en algunas partes del planeta la economía y las condiciones de vida están mejorando (India, China) no es siguiendo el camino de los países hoy avanzados.
La pregunta entonces, si la vemos desde el punto de vista del conjunto de la humanidad, es si el futuro está en manos o depende de lo que hagan o dejen de hacer los dueños de la riqueza y la tecnología, o si por el contrario lo que suceda con el mundo subdesarrollado es lo que determinará el porvenir del ser humano.
La desproporción entre el despliegue dado a eventos como el aniversario del ataque a las Torres Gemelas con tres mil muertos, en comparación a la indiferencia ante las predicciones sobre las centenas de miles de muertes que por hambre sucederán en los próximos meses en África es una muestra de lo lejos que estamos de tener una visión de futuro de la colectividad humana.
No se sabe si como conjunto se avanza, pero es evidente que la vanguardia del capitalismo liberal democrático está en crisis y que para el subdesarrollo todavía hay caminos abiertos.
