El imperio era impensable sin el PCUS y el mito de Stalin

22 de enero del 2012

David Remnick entrevistó a legisladores, historiadores, activistas, periodistas y gente del común para escribir su fascinante texto periodístico La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético, que solo ahora aparece en español publicado por Random House Mondadori para conmemorar los 20 años de esos acontecimientos. Como sabemos, el 24 de diciembre de 1991 […]

David Remnick entrevistó a legisladores, historiadores, activistas, periodistas y gente del común para escribir su fascinante texto periodístico La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético, que solo ahora aparece en español publicado por Random House Mondadori para conmemorar los 20 años de esos acontecimientos. Como sabemos, el 24 de diciembre de 1991 se arrió por última vez en el Kremlin la bandera roja con la hoz y el martillo y se izó la zarista, roja, azul y blanca. Antes, el 24 de agosto de 1991 Gorbachov había presentado su renuncia como secretario general del Partido Comunista, disolvió el Comité Central. Fue el fin de era bolchevique.

La obra fue publicada en 1993 y ganó el Premio Pulitzer en 1994. Testigo e investigador minucioso Remnick, judío y nieto de inmigrantes rusos en Estados Unidos, narra hechos que, desde los años cincuenta, explican el colapso del imperio: el rechazo al culto a la personalidad y la reconsideración del stalinismo que inició Jrushov; la rebelión de los trabajadores de Novocherkassk; Brezhnev y el revivir estalinista; el gobierno de Gorbachov, de 1985 a 1991, y los comienzos de la democracia; la confrontación entre el antiguo régimen y las nuevas fuerzas políticas;las rivalidades entre Boris Yeltsin y Gorbachov;la marcha del 1 de mayo de 1990 donde se gritó: “El marxismo-leninismo, al basurero de la historia”; las excavaciones cerca de Kalinin donde estaban enterrados 15.000 militares polacos, supuestamente asesinados por Hitler; el putsch de agosto de 1991, es decir, el golpe de Estado a Gorbachov por parte de la KGB, y sus secuelas; la certeza de que las víctimas de Stalin sumaron 60 millones, como sostuvo Solchenitzyn; el boom del petróleo;Gorbachov, pintado con sus fortalezas, su lado oscuro y su tragedia: “no escuchaba a quienes le decían lo que no quería oír” pero, sobre todo, los testimonios de montones de personas que estupefactas, no entendían la situación. Los más sorprendidos, los escritores, artistas, académicos, periodistas que ocupaban la línea del frente en la perestroika y perdieron su poder. Durante siglos, los intelectuales rusos fueron una especie de gobierno en la sombra, un aguijón moral para los zares y después para el PC. Hoy son incapaces de proporcionar orientación moral.

Momentos últimos de un modelo de Estado desmoronado tras la decisión de Gorbachov de recuperar la memoria histórica.  Sin la revisión del pasado -la admisión de los crímenes, la represión y la bancarrota-, la revolución democrática resultaba imposible. “El retorno de la historia significó el comienzo de la gran reforma del siglo XX y, le gustara o no a Gorbachov, el colapso del último gran imperio sobre la Tierra” asegura el autor. Poco a poco los historiadores, archivistas, fiscales y periodistas descubrieron que el legado soviético era tan trágico como todo lo que habían oído de las “voces prohibidas”: El archipiélago Gulag de Solzhenitzyn y Los relatos de Kolimá de Shalamov.

No hubo más libros ni voces prohibidas: fue preciso enfrentar pesadillas de setenta años. Muchos (del PC, KGB, militares, funcionares que crecieron sabiendo una historia falsa) no pudieron soportar la verdad: ponía en tela de juicio su existencia, sus privilegios. Verdad que era inseparable del Partido, podrido hasta el alma. En 1992 Yeltsin señaló: el PCUS “nunca fue un partido” sino más bien un “mecanismo especial para la creación y el poder político”.  Para Richard Pipes, historiador de la Universidad de Harvard “el llamado Partido de los bolcheviques no era tal, sino una organización de índole diferente, que exhibía algunas características de un partido político…era una organización que estaba por encima del gobierno, que controlaba al gobierno y que lo controlaba todo, incluidas las riquezas del país. Se trataba de un tipo de organización política absolutamente nueva…fue el precedente del Partido Fascista de Mussolini, del Partido Nazi de Hitler y de los innumerables partidos políticos de corte totalitario…Nunca, en todos sus años de actividad, se consideró al Partido Comunista responsable ante la ley o la Constitución”.

Se hizo evidente que el mito de Stalin, con el que crecieron todos los soviéticos, fue una invención. Ídolo de papel, hombre miserable. Volkogonoy, un historiador, dijo: “Yo fui estalinista…Comencé planteándome preguntas acerca de Lenin, acerca de por qué, si era un genio tan grande, no se cumplió ninguna de sus predicciones. La dictadura del proletariado nunca se hizo realidad, el principio de la lucha de clases fue desacreditado, el comunismo no se construyó en quince años, como había prometido…”. Volkogonoy vio las raíces de la catástrofe en la ideología, en el leninismo. “El estalismo creó un nuevo tipo de hombre: indiferente, sin iniciativa, una persona que espera la llegada de un mesías, que espera que alguien le resuelva todos los problemas de la vida”.

Mito, organizaciones políticas, que hacen imprescindible la lectura de La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético.

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