El inútil esfuerzo contra el olvido

Mar, 13/09/2011 - 00:02
Escribieron en piedra los nombres de las personas que murieron en la Torres Gemelas y los recitaron uno a uno en un inútil esfuerzo contra el olvido, como han venido h

Escribieron en piedra los nombres de las personas que murieron en la Torres Gemelas y los recitaron uno a uno en un inútil esfuerzo contra el olvido, como han venido haciéndolo en estos últimos diez años desde el fatídico septiembre 11 de 2001. Sin embargo, esta larga letanía de nombres propios no logró su propósito, el de evitar que se disuelvan en esa neblina espesa que va ocultando los detalles personales y que prevalezcan tan solo unas pocas anécdotas y un gran, impactante y dramático hecho histórico y político.

El terrorismo es así, la gente no interesa. Para los terroristas los seres humanos somos fichas de un ajedrez geopolítico o georreligioso o político/religioso, pero en todo caso no humano. Para los que se camuflan detrás de grandes explosiones, los que siembran el pánico en el metro de Londres, en el tren de Madrid, en las Torres de Manhattan, en el avión de Avianca o en cualquier esquina del mundo, no hay familias, ni padres, ni madres, solo números que suman en la contabilidad macabra de sus locuras.

La historia del muchacho que tenía apenas ocho años cuando perdió a su padre y tuvo que asumir el rol paterno frente a su hermanito de dos, no se considera siquiera interesante para quien está planeando el próximo atentado. El terrorismo borra las huellas, tacha los perfiles de los seres humanos, oculta sus vidas para dejar expuestos solo aquellos extraños principios fanáticos de sus dudosas ideologías.

Y lo triste es que lo logran. Cuando las muertes son tantas, cuando el dolor humano es de tal magnitud como el que produjeron los ataques en la Torres Gemelas es imposible recordar a cada ser fallecido y hasta en las ceremonias de conmemoración esa larguísima lista de muertos se vuelve imposible de seguir. Durante su lectura, los canales de televisión hacen cambio a comerciales y los dignatarios aprovechan para retirarse de la ceremonia. Sólo algún deudo se detiene tembloroso a llorar cuando encuentra el nombre de su ser querido, pero los demás nos olvidamos de la gente y nos quedamos apenas con el mensaje del terror.

Esto es lo más doloroso del terrorismo y lo que finalmente consigue, que los nombres se nos escapen, que la gente no importe, que los dramas humanos se conviertan en anécdotas insustanciales. Los nombres solo importan para los terroristas cuando no son personas del común y sus vidas representan un mensaje político en sí mismas, como Gandi, como Martin Luther King, como Galán. Entonces dirigen sus planes macabros hacia las personalidades pero no para destacarlas sino también para borrarlas. Porque al terrorismo lo único que le importa es generar terror y con el terror generar noticias que obliguen a los medios de comunicación a hablar de ellos, de sus planes, de sus fanatismos, no de sus muertos.

Intenté ayer retener algunos nombres de los que nos estaban recitando en la ceremonia de conmemoración del 9/11, pero fue imposible. Eran tantos que mi memoria no lograba grabar uno cuando el otro llegaba y me borraba la información anterior. Y entonces fue cuando me di cuenta de que el terrorismo había triunfado en Manhattan.

Eso es el terrorismo y eso es precisamente lo más reprochable, lo más indigno de sus crímenes, que nos aleja de lo humano para ponernos siempre frente a opciones políticas, hechos en los que no importa quién muere sino la cantidad de muertes, o la forma como fueron asesinados (el terror) y por qué se dieron esas muertes (el fanatismo). A los que llevan llorando diez años seguidos por la ausencia de un ser querido, a esos, los dejamos solos, como dejamos solos a los familiares de los secuestrados y en eso las Farc, como Al Qaeda, también ha triunfado.

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