El llanto de la Andi

24 de febrero del 2011

Todavía con el pecho cargado de sobresaltos hace unas noches el presidente de los industriales apareció ante las cámaras, rubicundo como es él, para contar que todo había vuelto a la normalidad, que las relaciones con el presidente Santos se habían enderezado y que entre los gremios y el gobierno la conversación había retornado a la fluidez que garantizaba el bienestar colectivo.

Había hecho muchos pucheros. En los días previos a ese momento, que fue la conclusión de un almuerzo al que invitó el presidente Santos a los dirigentes gremiales tradicionales, a Luis Carlos Villegas se le había oído alterado y se le había visto lloroso, con frases cargadas de reproches, por la forma cómo el gobierno había enfrentado y solucionado el conflicto con los camioneros.

Villegas no lo decía, claro que no, pero era obvio que ni a él, como cabeza de La Andi, ni a todos los otros mandamases de Fenalco, de Asobancaria, de Camacol, de Fedegán y etcéteras, les había caído en gracia que en sus narices surgiera como de la nada un gremio más poderoso que todos ellos juntos. Desde los años cincuentas cuando un paro empresarial se sumó a la arremetida nacional contra la dictadura de Rojas Pinilla y la Andi era presidida por José Gutiérrez Gómez, no se sentía un poder gremial como el de los camioneros al bloquear la vida cotidiana hasta conseguir un triunfo que hizo ver chiquiticas al resto de las organizaciones empresariales siempre tan afectas al gobierno de turno.

Desde luego que al malgenio le pusieron cifras. Había que cuantificar el perjuicio del paro camionero para que no apareciera tan solo como una cuestión de celos por la llegada al pódium de la hermandad del poder de un miembro no deseado. Y Villegas habló de miles de millones de pesos perdidos sin decir cuántos, pero muy pronto sus argumentos contables se fueron por otros caminos y se delató sorprendido, ¿disgustado?; se declaró confundido, ¿amargado?, por el protagonismo que estaba alcanzando en el gobierno el vicepresidente Angelino Garzón.

Villegas no lo decía, claro que no, pero era obvio que a él como cabeza de La Andi y a todos los otros mandamases del sindicato de poderes gremiales no les cae en gracia que en decisiones esenciales de la economía no solo estén excluidos, sino que queden en manos de Angelino que se llama Angelino y por añadidura Garzón y por si fuera poco antiguo dirigente obrero. Y todo eso en un gobierno cuyo presidente es no solo Santos sino Calderón.

Con una diplomacia ramplona, han hecho el listado de intervenciones angelinas para fustigarlas y preguntarse entonces para qué el Ministro de Hacienda si fue Angelino quien en últimas fijó el salario mínimo; y cuál autoridad tiene Planeación sin fue Garzón quien hizo retroceder aquella idea del aumento de la edad para la jubilación y en qué quedó el poder del Ministro de Transporte si los camioneros se lo pasaron por la galleta al acudir al despacho del vicepresidente del cual salieron con el asunto arreglado.

Por el coro de desconcierto que se ha oído, ha sido más abrumadora la indisposición por la actividad de Angelino que por llegada de los camioneros a la cofradía del poder económico. Por lo oído y leído, lo querían en la sala de cuidados intensivos de la Clínica Shaio que fue donde comenzó su cuatrenio. O por fuera, en foros internacionales, lejos muy lejos, acumulando millas aéreas, como Francisco Santos, su antecesor, pero sin juego interno.

Por los dos motivos, en el orden que sea, el presidente de La Andi y con él todos los presidentes de los otros gremios que constituyen el muy rimbombante Consejo Gremial Nacional, se han llevado la sorpresa, al menos la sorpresa, de que no están solos en esa especie de gabinete en la sombra porque el poder de los camioneros al menos se les equipara. Y que más les vale andar con cuidadito para aproximarse a Angelino porque les conviene tenerlo de nuevo mejor amigo.

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