El periodismo soy yo...

Publicado por: admin el Jue, 20/02/2020 - 05:37
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Egolatría. El pecado de nuestro periodismo hoy es ese, el de sentirse protagonista y no mensajero de la verdad. Por ello, el episodio de Vicky Dávila con Hassan Nassar, tan analizado y criticado ya,
El periodismo soy yo...
Egolatría. El pecado de nuestro periodismo hoy es ese, el de sentirse protagonista y no mensajero de la verdad. Por ello, el episodio de Vicky Dávila con Hassan Nassar, tan analizado y criticado ya, no es nada distinto que otro momento más de un periodismo, especialmente radial, que se ha convertido en el altar del esnobismo y en el canal a través del cual se transmiten verdades terminadas, es decir, verdades verdaderas, sin derecho ni al reclamo, ni a la controversia, ni a la posibilidad de entender la postura de quien está viendo el otro lado. Se va volviendo un sacrificio intentar informarse en los tradicionales noticieros de la mañana porque ese insumo básico, la información, pocas veces se presenta libre de conceptos subjetivos, y casi siempre se entrega como un sinfín de opiniones y posiciones, que por serlo, condicionan al oyente a la óptica de quien en su errático papel de periodista quiere hacer ver la realidad desde el color de su filtro ideológico, el cual, para aumentar el pesar, casi siempre está limitado a la vivencia del expositor o a su discreto conocimiento contextual o histórico de lo que intenta argumentar. Por eso, aquellos programas bien diseñados de antaño, donde la información estaba separada de la opinión, las voces eran gratas al oído y los tiempos de expresión de cada quien tenían duración y finalidad establecida, se han transformado en un alegato de egos insuflados o en un chabacano espacio de humor de baja estirpe, mediado por los ¨likes¨ o los ¨me gusta¨ de las redes sociales, sin los cuales los periodistas de esos programas, parecieran no poder vivir, o entrar, a falta de muchos de ellos, en una depresión pre suicida. Por supuesto que eso tampoco es del todo novedoso. Las relaciones de los periodistas y particularmente de los medios con el poder ha sido una constante a lo largo de la historia, como también lo ha sido la posición contraria, es decir, la crítica acérrima y desjuiciada, dependiendo, la una o la otra, de los intereses que se compartan o que se desean compartir. Hoy, además, los medios se han convertido en un mixtura que permite ver programas de radio y oír en la radio programas de televisión, por lo cual, los formatos, las técnicas, los montajes y los lenguajes, poco se diferencian y todos parecieran querer hacer lo mismo, valiéndose de las transmisiones vía streaming donde poco está valorizada la información y mucho la imagen del periodista que se regodea de su presencia, al verse en un espejo infinito que lo convierte en vedette, en protagonista, en centro y ombligo de su programa. Por todo ello, es posible predecir lo que cada medio va a informar (supuestamente informar), la manera como va a enfocar el tema, e incluso, las fuentes que van a ser consultadas, lo cual supone, claro, las que no van a tener oportunidad de expresarse porque no convienen a la orientación maquiavélica del entrevistador. Sin duda, ese bochorno radial-televisivo protagonizado por dos poderosos egos: uno inflado por la potencia del medio y el otro por la del gobierno, es apenas la degradación de lo que hace rato es la enfermedad y el pecado que vienen sufriendo los medios, como resultado de la prepotencia de sus directores o periodistas y el propósito de conseguir rating, y la consecuente, pauta, a como dé lugar. ¨Likes¨, ¨me gusta¨, ¨trinos¨ o ¨retwits¨ son más importantes ahora que la verdad, el daño que se cause o las afectaciones de quienes resulten víctimas. La pasarela está diseñada para agradar a la tribuna, sus modelos se han preparado para hablar el lenguaje fácil de la desinformación y la verdad está condicionada a lo que genere más pasión y menos reflexión. La crítica está condicionada a quienes piensan o actúan distinto a su visión política, en tanto que la incitación al aplauso o a la agresión, va de la mano de conveniencias o posiciones de quienes, frente a un micrófono, olvidan que su voz y sus frases, pueden ser armas de guerra o herramientas de paz.