El que encuesta elige

Vie, 16/09/2011 - 09:01
En la década de los sesenta del siglo pasado se hizo popular la frase del cura Camilo Torres Restrepo que describía escuetamente la situación política en la que no

En la década de los sesenta del siglo pasado se hizo popular la frase del cura Camilo Torres Restrepo que describía escuetamente la situación política en la que no existían garantías electorales gracias a la manguala del Frente Nacional. “El que escruta elige”, sentenció en un editorial de su periódico El Frente Unido, premisa que llegó incluso a ser una especie de consigna de los abstencionistas que partían de la idea según la cual las elecciones eran amañadas y controladas por el régimen y la Registraduría era entonces casi un instrumento para legitimar el fraude.

Y salvo por casos como el de la Registraduría en Cali, denunciado recientemente, hoy en día sería muy difícil que el organismo encargado de hacer escrutinios se prestara para arreglar contundentemente resultados electorales. Pero la nueva dinámica de mercadeo que han adquirido las campañas políticas pone de presente una secuencia lógica de la advertencia de Camilo. Hoy las firmas encuestadoras son conscientes de que buena parte de los electores vota como se juega en los caballos y le apuestan al ganador.

Hoy se puede afirmar tristemente que el que encuesta elige. Por eso no es raro que la preocupación matutina de los candidatos sea buscar periódicos, noticieros o informativos de cualquier orden para ver cómo salió la última encuesta. Hoy el negocio de las encuestadoras consiste en que para pegarle al tablero deben lograr voltear el ánimo de la voluntad popular para que su contratante sea el ganador.

Por eso no es raro que hoy exista toda una gama paralela de firmas encuestadoras, algunas inexistentes, que pretendan marcar tendencias con el fin de influir el resultado electoral. Por eso no es raro que cada día haya más encuestas disímiles y despistadoras respecto de lo que quieren realmente los electores. Ni que cada día se sofistiquen más los métodos de formular preguntas para inducir respuestas, de medir emociones generales como si fueran demandas particulares y de aplicar métodos inductivos para aparentar deducciones colectivas.

Ya los comunicadores desempleados que se habían inventado un rebusque económico como asesores de imagen, de esos que pululan en las campañas porque saben de las debilidades mediáticas de los candidatos, han cambiado su oficio de diseñar afiches y de cranear eslóganes por agencias de sondeos y oficinas de muestreos de toda clase. Hoy la encuesta es en nombre del juego.

Y si bien las mediciones son un corolario de la sociedad de mercado, también se sabe que su manipulación es la forma de inclinar la balanza. Y esa es la apuesta de los oportunistas modernos. Pero da grima, como dirían los cachacos antiguos, que de esa manera se decida el futuro de una nación o de un departamento, ciudad o municipio. Si a la consabida corrupción administrativa, contratación indebida, nominación clientelar, de los traficantes de influencias se le suma la manipulación de inconscientes, la perspectiva de democracia moderna se aleja aún más de nuestro territorio.

Habría que apelar hoy más que nunca a que la gente no vaya para donde va Vicente, que no haga lo que viere en la tierra a la que fuere, que se deslinde como persona de ser una masa indefinida, que se distancie de adquirir como producto masivo su sagrado derecho al voto, que actué con el corazón en la mano y considere qué piensa y no se deja arrastrar por ganar, a costa de su propia conciencia.

Hoy los electores tienen una responsabilidad moral con la suerte del departamento, de la ciudad o del municipio. Es un crimen de lesa conciencia apostarle al ganador por que al final resulta un todos pierden, como se demostró en Bogotá con los carruseles de la contratación que hicieron colapsar la ciudad.

En Bogotá, más allá de la transparencia que todos pregonan, de la honradez que exhiben y de los excelentes programas que exponen, es imperativo votar por quien responda coherentemente a las necesidades de la ciudad. Capacidad de administración, capacidad de negociación y capacidad de gestión. Para eso se requiere experiencia administrativa, negociadora y gestora.

La ciudad cayó en un hueco del que no se sale con la sola intención. Recomponer el transporte urbano, recuperar el espacio público, restaurar los mínimos de seguridad requiere algo más que voluntad como muestran todos los candidatos. Algo más que trayectoria de denuncia, algo más que pedagogía ciudadana, algo más que ímpetu juvenil. Bogotá necesita urgentemente un gerente, un urbanista, con experiencia, así las encuestas no lo coloquen siempre de primero, o los encuestadores lo pongan en forzados empates.

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