El regreso del emigrante

Jue, 18/10/2012 - 00:32
Nos acostumbramos a confundir la realidad con el espectáculo. Y a sentirla lejana, no importa dónde esté. Vemos cómo se desangran Libia, Siria, Pakistán, Afganistán…, mientras nos atragantamos
Nos acostumbramos a confundir la realidad con el espectáculo. Y a sentirla lejana, no importa dónde esté. Vemos cómo se desangran Libia, Siria, Pakistán, Afganistán…, mientras nos atragantamos de palomitas de maíz, arrellanados en el sofá. Qué maravilla la inmediatez, pensamos, mientras seguimos viendo la esclavitud de los obreros chinos y de los raspachines colombianos, la hambruna de los niños africanos y la de los del Chocó, la brecha entre ricos y pobres en el continente, en el país, en la ciudad… El tsunami que sacude a las economías del mundo. Pero resulta que de esas películas también somos protagonistas. La crisis europea, por ejemplo, que, contrario a lo que se ha dicho, no es solo económica –que también–, sino cultural en su acepción más amplia: la cuna de la civilización occidental, con todo y sus defectos, amenaza con romperse y nos está moviendo el piso. Por muchas razones, la de la migración una de ellas. No es verdad que estemos tan blindados. El retorno de miles de compatriotas, que emigraron sobre todo a España, a finales de los noventa y a comienzos del XXI, presas de la fiebre ibérica, es leña que le cae al fuego del desempleo en Colombia. Y, en consecuencia, al deterioro social. Se estima que, en lo que resta del año, el flujo de los repatriados aumentará a pasos agigantados. Vendrán como se fueron: en enjambres. Entre el 2000 y el 2005, de los cuatro millones de colombianos que se establecieron en el exterior, el 29 por ciento lo hizo en la península, motivado, además de por el idioma, por el boom de la economía, el dinamismo del mercado laboral y el fácil acceso a los servicios sociales. Ese Estado de Bienestar, al que gobernantes, banqueros y ciudadanos estiraron como si de una pizza doble queso se tratara. (Y, claro, les llegó el empacho; triste, doloroso e increíble en un país maravilloso, que hasta hace poco fue el de mayor crecimiento en la UE). Tiempo atrás, me tocó ser testigo de primera mano, de la lucha diaria que libraba la generalidad de los migrantes –no me refiero ni a los ejecutivos de multinacionales, ni a los apartamenteros– para recoger una cantidad mensual que les permitiera a ellos vivir allá con estrechez y a los suyos vivir acá con holgura. Atravesando el lenguaje con zetas fuera de lugar para intentar pasar desapercibidos y desempeñando los oficios desechados por los españoles: limpieza, cargue y descargue de mercancías, trasteos, recolección de cosechas, cuidado de ancianos; a veces, dos o tres de ellos al tiempo. Con muy buenos resultados. A muchos empleadores les oí defender con vehemencia, frente a xenófobos que nunca faltan, la presencia de los inmigrantes. A no ser que pretendieran competir de tú a tú con profesionales ibéricos o de la Unión Europea, porque ahí la opinión saltaba a la orilla opuesta. Solo mano de obra y sector de servicios básicos, que quedara claro. Era un lujo que podían darse, además. Ya no. (El Instituto Nacional de Estadística acaba de publicar que en lo que va corrido de este año, 450.000 personas han salido de España; 30.000, en busca de oportunidades y el resto, de regreso a sus países. Y rebela que, por primera vez, la cifra de los que se van supera a la de los que llegan). El monto anual de las remesas, hasta 2007 que empezó a bajar, rondaba los 2.000 millones de euros, lo que ponía muy contentos a los ministros de Hacienda, gobernadores y alcaldes que se libraban de tenerse que llevar las manos a los bolsillos. El nivel de vida en barrios hasta ese entonces marginados, en el Eje Cafetero y en otras partes, comenzó a levitar, sin que nadie se planteara interrogantes. Y los entornos familiares comenzaron a cambiar, no solo por cuenta de que quienes se fueron estaban en plena edad productiva y reproductiva, sino porque la autoridad de los hogares de origen pasó de ser ejercida por el adulto responsable –la abuela, casi siempre–, a serlo por los hijos adolescentes, destinatarios de las mesadas. (Luis Jorge Garay y María Claudia Medina lo detallan en La migración colombiana a España: el capítulo más reciente de una historia compartida). Y porque varios de los viajeros consiguieron nuevas parejas, se organizaron y formaron familias paralelas. (Verdaderos dramas pasionales). En fin, sobre el tema hay mucha tela para cortar, para contar. Por ahora, toca esperar a que el Ministerio de Relaciones Exteriores vaya más allá de las buenas intenciones respecto del apoyo efectivo que debe prestar a quienes regresan sintiendo que no son de aquí ni son de allá. “Es triste que a los emigrantes, que durante años hemos alimentado este país a través de las remesas, ahora se nos ignore”, se queja una señora que volvió con una mano adelante y otra atrás. “Hace poco me negaron un crédito para montar un negocio. Y no los culpo, aquí ya no soy nadie”, remata. El desarraigo es uno de los peores fantasmas del migrante. ¿Qué hacer con estos quijotes enfrentados a tantos molinos de viento? Dobleclick: Parece que la geopolítica se tomó los Nobel por asalto. Mo Yan no sabe, no responde y no le importa.
Más KienyKe
El Gobierno probará sistemas para detectar y neutralizar drones usados por grupos criminales. Más de 20 países y 115 empresas han mostrado interés en el proyecto.
La app de citas prueba herramientas de IA que analizan intereses, fotos y gustos para mejorar las conexiones.
El extranjero era requerido por la justicia de Francia por sustracción de un menor y falsedad documental. Fue ubicado en un hotel de la capital tras una alerta de Migración Colombia.
El presunto criminal sería responsable de masacres y del control del oro ilegal en Buriticá, Antioquia.