Una alharaca desvencijada de hierros y juramentos remontaba la cordillera sin saber que después de los altos les esperaba la mancha verde de tierras y verde de aguas de Cunturnamarca, el territorio de los cóndores. Con hambre del amarillo metal las malhadadas tropas españolas de don Rodrigo de Bastidas, al mando de Gonzalo Jiménez de Quesada, habían ya oído de aquella tierra plagada de venenos y llena de olores de suaves cubios, hibias y chugüas cocidas en los fogones. Era el año de 1537 cuando Jiménez y sus matones entraron por los lados de Guachetá.
Desde entonces el Zipa Tisquesusha sabía que la profecía del mohán Popón que lo había soñado ahogado en su propia sangre, empezaba a cumplirse, pero también que en su voluntad nadie mandaba -como en la de su derrotado enemigo cacique de Hunza, el Zaque Quemuenchatocha, quien muy anciano y liberado por Tisquesusha de su prisión en Ramiriquí, habiendo aprendido el español escribiría el primer texto de la historia de los muiscas- y que en sus manos estaba torcerle el pescuezo al destino y convencer a ese, su mundo, que los rigores de los designios podrían derretirse ante las energías del hombre decidido. Y sometiéndose a ese destino construido en las voces de las lagunas y en las sombras de los eclipses, destino de pueblos que lucharían contra los invasores, decidió enfrentar para siempre a los recién llegados.
Así lanzó sus tropas en desordenadas guerrillas, porque entre los Muiscas el desorden en la guerra rompía las leyes de la lógica, desconcertaba las previsiones del enemigo, contestaba a sus estrategias, enloquecía a propios y contrarios y esa locura llevaba a la victoria. En Suesca y Sopó y después ya en la Sabana, en Nemocón, en Chía y Suba, sus tropas atacaron, hostigaron a los españoles con su arsenal de dardos y flechas, macanas y lanzas. Pero los canutos que escupían truenos, las pieles de metal y los venados gigantes que corrían veloces llevando encima al invasor que atacaba con largas y finas macanas de hierro, pudieron más que el valor suicida de sus hombres.
Muchas batallas y vidas se perdieron. En un principio de nada valieron las fuerzas de la chicha, la coca y el borrachero. Ni las momias en andas, ni los miles de soldados. Una tras otra las derrotas se sumaban.
Hasta el gran señor de Iraca, el Sugamuxi, dueño del sueño y de las conversaciones con el sol, había desaparecido y su templo quemado no era más que un rescoldo de dioses. Pero, ciertamente, un día volvería el gran Sugamuxi en una resurrección de múcuras y mágicos chorotes al final de la guerra para asestarle a los hispánicos el mazazo final del sol sobre la cruz.
Las gentes del Zaque de Hunza estaban derrotadas, holladas y ocupadas por la planta castellana las tierras de Muzo, allí donde vivía la bella Furatena con quien Tisquesusha tenía dos gemelos producto de un pacto de amor real para apaciguar las venganzas de los súbditos; mellizos de quienes se decía que heredarían el gran cacicazgo y conquistarían los sureños volcanes en cuyas fraguas estaba el secreto de los metales. Los santuarios del Guatavita y Zipaquirá destruidos, quemados los cercados de Teusaquillo, remontados los páramos de Usme. Los invasores ya eran dueños de la sal e inclusive de Bacatá.
Pero antes, desde cuando el oro les deslumbró la mente a los españoles y les hizo cruzar el océano para invadir, ya estaban derrotados. Le bastó a Tisquesusha y a sus gentes percibir esa demencia colectiva para utilizar en su contra la pulsión de su propia codicia. Oro, hijo del sol, maravilloso metal maleado que en ellos tan solo era belleza y absoluto. Trabajadores del tumbaga, alquimistas de cocina, inventores de la cera perdida, espagiristas herederos de Hermes, sin saberlo. Oro que por sí mismo se defendería de la usurpación, volviéndose trampa histórica en manos de los muiscas. Si. Había oro en el país de los Muiscas, y mucho más que el que se veía. Esa era la orden manifiesta dada a sus hombres: exagerar, así como cinco siglos después sus descendientes lo seguirían haciendo en largas veladas, en vastos episodios de coca y chicha.
Había que abrir las hispánicas agallas para que la vengadora lanza entrara limpiamente en su corazón. Esa era la sabia estrategia de Tisquesusha en esa guerra que desde un principio ya se veía prolongada. Desde los primeros contactos, desde las primeras batallas o en medio de paces efímeras y acuerdos siempre violados por el invasor, la leyenda de El Dorado rodaba como una enorme piedra de molino que habría de arrollar a los ambiciosos conquistadores, que habría de empujarlos hacia las fronteras y más lejos, hacia los propios mares para que regresaran a España y contaran la historia de un continente que quisieron avasallar.
Gentes del otro lado del mar que inventaron el mito de la riqueza material y creyeron el él, enloquecidos como estaban. Por eso siguieron caminos que tuvieron que ser inventados, llegaron hasta las tierras mismas del oriente donde solo encontraron la gran fuerza doble, la del jaguar y su potencia de hombre-fiera y la de la manigua, la madre monte que a no pocos se tragó. Así murió Hernancito Pérez de Quesada, el asesino. Así murieron tantos marañones.
Así tendrían que morir todos los colonizadores y los imperios que se aventuraran detrás del oro señalado por los caminos de agua de la imaginación popular, donde solo quien sabe nadar sobre las fantasías, sobrevive. Quien no, se ahoga en la turbamulta de todos los reinos de la naturaleza, mordido por las plantas y enredado entre las hojas de las fieras. Así como aquellos hombres que no pudieron resistir al engaño máximo de un tesoro que estaba enguacado en el sol.
Ellos, que no pudieron disfrutar del oro que nunca existió, ni de los amores de los delfines rosados que están al final del sitio donde paran las garzas, allá, donde reside el minotauro acuático, en la desembocadura del Caquetá en el Rionegro, a su vez tributario del Amazonas ese volcán horizontal, ese gran lago que anda en eterno movimiento hacia los horizontes marinos del oriente.
Ahora El Dorado expulsara a los europeos, sin afán, de memoria.
Hoy, en tiempos de la reconquista, la leyenda de El Dorado sigue viva: vengan banqueros, financistas y petroleros españoles, traigan sus ejércitos y sus maquinarias , compren, roben, permuten, exploten. Tendrán todo y nada. Llenarán sus arcas y sus carabelas de acero pero no habrá fruto ni futuro. Una vez más los veremos rodar por los abismos y fenecer en las selvas de su egoísmo. Sin memoria, caerán por segunda vez en la trampa gigantesca de El Dorado. La risa de las inmortales momias Muiscas será lo último que oigan, antes que pierdan de nuevo los sentidos obnubilados por la sed de oro.
