El voluntariado, un ejercicio transformador

7 de diciembre del 2010

Hace un año fui voluntaria internacional del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) en el norte de Uganda, experiencia que ha sido determinante en mi vida personal y laboral. Antes de ser voluntaria nunca me detuve a pensar en el significado de esta labor, hoy considero que es una experiencia definitiva para la formación de profesionales integrales.

Durante esta experiencia comprendí que el ser voluntario va más allá de una elección libre; de una voluntad altruista; de una acción solidaria. Ser voluntario, se traduce en compromiso, dedicación, participación activa y responsabilidad compartida; ser voluntario es recibir más de lo que das. Tal vez sólo fui consciente de esto durante mi vivencia con el SJR, ya que la formación que había recibido en mi entorno distaba mucho del verdadero significado transformador que contenía este ejercicio.

En Colombia, las labores voluntarias se asumen desde un enfoque conservador, a corto plazo y que opta por mejoras paliativas que no afectan al sistema. Por ejemplo, las actividades altruistas ligadas a los procesos formativos escolares tales como el voluntariado universitario o el servicio social obligatorio se mantienen en esta línea. Los estudiantes son obligados por mandato de Ley a asumir un rol  en el que deben participar en tareas comunitarias, de educación ecológica o ambiental con el objeto de integrarse a la comunidad para contribuir a su mejoramiento social, cultural y económico para que supuestamente así, desarrollen valores de solidaridad y conocimientos respecto a su entorno social.

¿Cómo es posible desarrollar valores de solidaridad desde una lógica del castigo y la obligatoriedad? Suena difícil y de allí el rechazo de muchos jóvenes hacia labores de voluntariado, precisamente porque en esencia no lo son. No nacen, ni de la decisión libre, ni de la lógica democrática, ni tampoco del concepto de ciudadanía activa. Nacen de un fin moral, del deber por cumplir con la norma y de la acción piadosa.

Por todo lo anterior, en Colombia, se tiene que entender el voluntariado desde una orientación progresista lo que significa desarrollar un compromiso transformador, sujeto a unas obligaciones que se adquieren con sentido de la responsabilidad y que tienen como objeto el cambio social, en donde prima lo colectivo y no lo individual.

Hacia este enfoque progresista es que la comunidad educativa debe apuntarle, para que el ejercicio de donar tiempo o conocimiento, se convierta en un reto para los jóvenes colombianos, para que sientan el voluntariado como la oportunidad de transformar la realidad, de ejercer la autonomía individual y la participación social. Habrá que valerse de los testimonios, de las experiencias transformadoras que hayan marcado vidas, para que esta práctica sea asumida como un derecho de la persona y no como un deber con los demás. Invito a las instituciones educativas a analizar las metodologías con las que se promueven los voluntariados estudiantiles. Si se tiene presente que el voluntariado se inscribe en el marco de la participación y del ejercicio de la ciudadanía activa, le estamos aportando a la construcción de país y a elevar los niveles de desarrollo económico y social de nuestra sociedad.

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