Salimos de mi casa en Brooklyn casi a las cuatro de la tarde, cada uno con medio ácido debajo de la lengua y el otro medio en el bolsillo. Pudiendo haber ido en el subway, decidimos ir en bus para que se sintiera más como un paseo a la playa. Caminábamos sobre el andén donde calentaba el sol. 30 grados y yo me derretía. Iba odiando a Jersey, mi novia, porque era ella quien había elegido el andén soleado; jamás hubiera buscado la sombra, yo sí. Íbamos caminando una al lado de la otra y delante iban las flores; Polyester y Porcelana con su novio y Ochi. Caminamos unas quince cuadras hasta que dejamos el barrio de casas grandes detrás y nos metimos en el Oriente Medio. Mujeres envueltas por burkas negras que solamente mostraban los ojos y hombres que hablaban árabe a los gritos. Pasamos entre ellos sintiéndonos extranjeros, más extranjeros que ellos. Seguimos hasta la parada del bus e hicimos fila detrás de mucha gente sin saber si era la parada correcta. Llegó un bus y nos subimos convencidos, siguiendo a un grupo de prietos adolescentes vestidos con esqueletos blancos y una pelota de playa.
Jersey y las flores pagaron cada uno con su tarjeta del metro. Yo saqué dos dólares en monedas y entré en pánico imaginándome que todo el bus me miraba con desespero. El conductor no arrancó hasta que la máquina traga-monedas no hubo contado hasta mi último centavo y entonces me metí entre ese mar de gente hasta el fondo del bus, donde me esperaban las flores moviendo los brazos en el aire para llamar mi atención. Camino a ellos me tropecé contra un viejo que me miró con cara de culo.
“Señor, lo siento. Lo siento tanto...” le dije intentando lavarme el mal de ojo.
Cuando llegué a la cola del bus yo ya iba volando. Me paré al lado de Polyester, frente a Jersey, y apoyé mis rodillas contra las de ella, que iba sentada al lado de las otras flores. Iban todos callados, con las pupilas dilatadas y mostrando todas las muelas. Yo pensé en mis propias pupilas dilatadas, pensé en policías vestidos de azul oscuro, pensé en un hospital... Teníamos que portarnos bien, y nadie se daría cuenta de nada.
Una mujer empezó a gritar histérica y los prietos adolescentes a reírse a carcajadas.
“¡Conductor!”, gritaba la loca. “¡Detenga este autobús! ¡Deténgase hasta que yo me siente! ¡Deténgase!”
Los prietos y el resto del bus se reían y le gritaban: “¡Ridícula, ridícula!”
Yo empecé a repetirme a mí misma, Tranquila, tranquila, relajada. Todo bien, todo bien.
La mujer seguía gritando: “Llevo un bebé en los brazos, indecentes. ¡Detengan el autobús, ahora mismo!”
Calma, calma, tranquila, todo bien... El conductor debió llamar a la policía por radio, porque oímos sirenas detrás de nosotros. El bus se detuvo y oímos voces de hombres dando órdenes, los prietos seguían riéndose y la loca seguía gritando. Después el bus volvió a arrancar y vimos a una morena en el andén, sin un bebé en los brazos. Estaba dando manotazos en el aire y peleaba con dos policías. Después todo estuvo en silencio. Las flores ya no sonreían. Empecé a oler sal y así entramos en Coney Island, que de isla solo tiene el nombre. Enseguida estuvimos frente al mar. No se oía una sola voz. Nos bajamos del bus y Polyester propuso que compráramos licor; hicimos una vaca y compramos dos botellas de vodka y un litro de jugo de naranja. Caminamos hacia la arena, sobre una plataforma de madera llena de gente. Había un boricua con una culebra enorme enrollada al cuello y todas las canecas estaban disfrazadas de payasos. Había también un grupo de hippies tocando sus tambores y bailando. Pasaban policías montando en sus caballos que se asustaban con los gritos de la gente. Nosotros seguimos marchando en fila india hasta la arena, elegimos un lugar, extendimos nuestros trapos y nos desvestimos. Después nos sentamos en un círculo en silencio y nos dedicamos a mirarnos las caras hasta que alguien se quejó.
“Esta mierda no me hizo un culo. No siento nada.”
Polyester propuso abrir una botella que nos rotamos junto con el jugo de naranja, escondiéndonos de la policía, que si nos hubiera visto nos hubiera arrestado por beber en público. Después sacamos la segunda mitad del ácido y nos lo metimos debajo de la lengua. Alguien comentó que era mejor metérselo entre el ojo y el párpado inferior, pero nadie fue tan valiente. Ochi, Porcelana, su novio y yo decidimos meternos al agua. Estuvimos ahí casi una hora, hasta que llegó Polyester a arriarnos fuera del agua con un palo que se encontró y usaba como una fusta, pegándole al piso con cada grito que daba.
“Get outta da waaaattaaaa!” Un fustazo. “Get outta da waaaattaaaa!” Otro fustazo.
Nos sacó a todos corriendo y dio la orden de que nos termináramos la segunda botella de vodka. Volvimos a marchar en fila india con él arriándonos detrás, dando fustazos sobre la arena. Bebimos, y después Porcelana, Ochi y yo volvimos a meternos al agua durante casi dos horas. Bajó el sol y la playa se fue vaciando, entonces decidimos desnudarnos. Desde el mar, al fondo veíamos las luces de neón de la rueda gigante y la montaña rusa, y se oían los gritos de la gente. Ninguno de los tres hablaba. El agua nos acariciaba la piel como si fuera algodón. Nos convertimos en delfines y empezamos a sumergirnos por turnos, mostrando el culo como si fuera el reflejo de la luna. Pasaban minutos como si fueran horas y nosotros seguimos bailando dentro del agua negra. En la orilla oímos a Polyester dándole fustazos al piso.
“Get outta da waaaattaaaa!” Un fustazo. “Get outta da waaaattaaaa!” Otro fustazo.
Volvimos a ponernos el vestido de baño y salimos del agua hacia él. Cuando estuvimos a su lado nos dimos cuenta que lo acompañaba un boricua de unos treinta años. Era regordete, llevaba puesto unos shorts sin elástico que continuamente se levantaba con la mano en que no cargaba una botella de cerveza. Le chorreaban los mocos metiéndosele en la boca y balbuceaba algo que ninguno de nosotros entendió. Empezó a seguirnos hasta donde estaban Jersey y el novio de Porcelana, mientras Polyester seguía dándole fustazos al piso. No pudimos deshacernos del boricua y yo le grité que se largara.
“Leave us the fuck alone, freak. Fuck off!”
“Puta perra,” me dijo a mí, “You fuckin’ bitch.”
Polyester dio media vuelta y le dio un fustazo con el palo en el culo. El boricua intentó empujarlo pero Polyester se corrió y el hombre aterrizó en el piso con la boca abierta sobre la arena. Se levantó escupiendo arena y siguió gritando incoherencias. No se le entendía nada. Cuando se dio vuelta en dirección hacia el parque de diversiones, llevaba los shorts casi por las rodillas, mostrando todo el culo que seguramente llevaba cagado. Le gritamos que se largara y no volviera.
“Get lost, mother-fucker!” Le gritamos riéndonos a carcajadas.
Volvimos a sentarnos en un círculo, y seguimos riéndonos del patético boricua durante un buen rato. Cuando ya nos habíamos olvidado de él, volvió con una vieja, un viejo y un niño de unos doce años. Venían tambaleándose, borrachos hasta el ojete.
“¿Quién fue el que le pegó a mi bebé?” Gritó la mujer en inglés con acento boricua.
Polyester se paró como un resorte, “Fui yo, y qué, ¿me va a pegar?”
Porcelana y el novio se pararon detrás de él, la mujer mandó un puño al aire, Polyester lo esquivó y fue a darle en la cara a Porcelana, quien se puso a llorar como una niña chiquita. Jersey se paró y se le fue encima al viejo, quien le mandó un puño a la cara que fue a darle al cuello. Ella se tambaleó respirando con dificultad. Porcelana siguió llorando. Ochi se había alejado varios metros, y nos miraba pelear envuelta en una toalla. Yo empecé a gritar.
“¡Auxilio, auxilio, policَia! ¡Nos atacan! ¡Auxilio! ¡Nos están pegando, auxilio!”
Mis gritos asustaron a la familia boricua y lograron que se largaran invictos, dejándonos malheridos. Desde el parque de diversiones se acercaron tres tipos a preguntarnos qué pasaba, y si necesitábamos ayuda. Les dijimos que le habían pegado un puño en la cara a nuestro amigo, y otro puño en el cuello a nuestra amiga. Porcelana seguía llorando, abrazado a su novio que lo consolaba como si le hubieran amputado tres dedos. Jersey ya no se quejaba, pero refunfuñaba con mucha rabia. Los tres tipos nos miraron confundidos; Porcelana parecía una niña y Jersey un hombre. No volvieron a abrir la boca, y se quedaron ahí parados sin entender quién era mujer y quién era hombre. Ochi, muy islandesa, se vistió y exigió que nos largáramos de inmediato, antes de que volviera la familia boricua a cortarnos en cubitos con una lata de atún oxidada. Porcelana seguía llorando.
La adrenalina de la pelea hizo que nos bajara la borrachera, pero no el viaje del ácido. Todavía no estábamos listos para irnos a dormir. Nos vestimos y decidimos volver hacia mi casa en subway, y camino a la estación compramos otro litro de vodka. Porcelana siguió llorando y se sentó junto con su novio y Ochi, lejos de Polyester, Jersey y yo. Nosotros tres íbamos gritando, recreando la pelea, atacados de la risa. Ellos tres iban serios y preocupados, mirando por la ventana, despidiéndose de las luces de neón, que se volvieron chiquitas hasta que se desaparecieron.
Twitter: @vagina_mayer
