Con tristeza recibí una información la semana pasada, relacionada con la justicia y su incapacidad e imposibilidad de enfrentar la peor amenaza de la democracia en Colombia: las Farc-EP. Un hombre, curtido en los asuntos públicos, de un departamento altamente afectado por la violencia de la guerrilla más terrorista jamás creada en América Latina y gran parte del mundo, me comentó que la justicia de su departamento había dejado en libertad a uno de los hombres más peligrosos, temerosos y crueles de su territorio, todo porque no contaba, a la hora de su captura, con un fusil y un uniforme que lo identificara como guerrillero, a pesar de que nunca lo había utilizado por su condición de miliciano.
Este hombre, que ha reclutado a enormes cantidades de muchachos y muchachas en los últimos diez años, que ha sido responsable de la inteligencia para el grupo terrorista con el fin de atacar alevemente a las unidades militares y a la población civil y que, cínicamente, se disfraza como defensor de derechos humanos para buscar desprestigiar al Estado constituido y legítimo, está libre. Seguirá delinquiendo, amenazando a los pobladores de este departamento y, peor aún, planeando estrategias para que las Farc logren sus absurdos propósitos. Es esta y no otra, la realidad del país. Nuestro enemigo, el que busca acabar con la democracia e implantar un sistema coercitivo al estilo cubano o, mientras tanto, enriquecerse a costa del sufrimiento de los colombianos, ha sabido aprovechar las circunstancias y potenciar sus capacidades de camuflaje para lograr sus objetivos.
Es tiempo que la ciudadanía, los entes del Estado entiendan que las Farc no están solamente en armas, su definición histórica, de ayer y de hoy, ha sido la de una organización político-militar, la cual en su mayoría utiliza sus capacidades no cinéticas, es decir políticas, para cumplir con sus metas, y en menor medida hace uso de su aparato militar. Es esa la realidad y no otra. Nuestro enemigo está en las calles de las grandes urbes, en las universidades más prestigiosas, públicas y privadas, en el sector estatal, tanto al nivel nacional, como departamental y local, y claro está, también se encuentra infiltrada en la protesta social. Sin duda, este es un gran reto para toda la institucionalidad del país. Los únicos que han tratado de visibilizar esta realidad son las Fuerzas Militares y de Policía, pero desafortunadamente sus capacidades no son suficientes para combatirla con éxito absoluto.
Me entrevisté, precisamente preocupado por esta realidad, con varios desmovilizados de alto nivel y, claro está, con mucha dificultad para conseguirlos y extraer la información necesaria. En este extraño periplo, pude constatar con absoluto desasosiego que “solamente el 10 por ciento de las Farc están en el monte con su fusil y su uniforme, el resto estamos aquí mezclados con la sociedad y dirigiendo nuestros esfuerzos al logro de los planes estratégicos de la organización”, como me lo afirmó uno de ellos, con semblante serio y pruebas documentales absolutamente puntuales.
Otro de ellos me comentó que las Farc ahora, luego del Plan Renacer de las Masas, no les interesa potenciar sus capacidades armadas, sino sus líneas de acción políticas. El Partido Comunista Clandestino Colombiano (PC3), después de la zona de distención, se convirtió en la estructura más importante de las Farc, que a través del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, se hacen sentir de manera permanente y sistemática. La orden de Cano y compañía es penetrar la sociedad desde adentro y lograr, en diez años, trastocar el orden interno del país para convocar una lucha insurreccional que los lleve al poder.
Debo decir que dudo de esa pretensión, pero dicha línea de acción está vigente y nadie la combate de manera efectiva, porque nuestra justicia y los aparatos de investigación del Estado, siguen esperando que el enemigo llegue con uniforme y fusil para poderlo judicializar, un error que le costará caro a la sociedad colombiana.
El leninismo puro nos enseña que esta “estrategia” de las Farc es parte de la lucha revolucionaria, a través de la Lucha Insurreccional No Armada, denominada LINA por la organización terrorista, y cuya veracidad queda confirmada en varios documentos incautados a las Farc y testimonios de varios desmovilizados. Las Farc están al lado nuestro y ninguno de nosotros nos damos cuenta.
Indudablemente las FF. MM. le están ganando la guerra militar a las Farc, a pesar de que la estrategia mediática de los cien cortes chinos vislumbre lo contrario, pero en la guerra política o no cinética nos llevan una gran ventaja, y la responsabilidad recae sobre el Estado en su conjunto, el cual no se ha percatado de esta difícil realidad. Es hora que la guerra la combatamos todos en consenso, y no se la dejemos a nuestros valerosos y heroicos soldados; recordemos que las guerras no las ganan los ejércitos, sino los pueblos, y en Colombia hemos dejado solas, por mucho tiempo, a nuestras Fuerzas Militares y de Policía. El consenso, al estilo español contra ETA, es una necesidad imperante. Hay que decirles a nuestros magistrados, tal y como se lo aseveré a uno de ellos, “es el PC3, estúpido”, para que se despabilen un poco.
Escolio: Al contrario de lo que piensa mi compañero de espacio en kien&ke, Antonio Morales, la payasada no fue protagonizada por Uribe, sino por Cepeda y compañía que buscaron limitar, con su estilo pendenciero, la realización de una diligencia político-jurídica que ellos mismos habían presionado. La risa frívola de este sector denota su incapacidad de convivir en democracia.
jafah2@hotmail.com
@javierflorezh
“Es el PC3, estúpido”
Sáb, 25/06/2011 - 23:56
Con tristeza recibí una información la semana pasada, relacionada con la justicia y su incapacidad e imposibilidad de enfrentar la peor amenaza de la democracia en Colombia: las Farc-EP. Un hombre,
