Estado

11 de enero del 2011

Quisiera comenzar por el final diciendo que la teoría del equilibrio y la teoría del Estado o de la ´estructura de estructuras´, contrasta con “el problema ético del poder”. Pero revisemos por qué.

El genio no sólo es aquel que hace un aporte a la humanidad, ya sea por sus conocimientos o por su sensibilidad, sino aquel que también es consciente de sus límites. Por eso si entendemos al Estado como un genio o como un Dios invisible pero jamás ausente, el límite de cualquier Estado se encuentra en la ética.

Porque un Estado se define, se califica o se explica a partir de su conexión social y política en la praxis; porque toda la vida humana está determinada por los órganos del Estado y su relación con las organizaciones sociales. Por eso se dice que una ley no siempre modifica la realidad pero una acción estatal sí cambia automáticamente las políticas.

Pero el escollo o el problema principal está en el derecho y sus principios jurídicos, entendidos históricamente como una creación del Estado, primero para legitimarse pero ahora infortunadamente para someterse a los crecientes poderes corporativos, que no son más que engendros de la globalización intercambiando ideologías por intereses.

Convirtiendo al Estado en un pedazo de cultura que despedaza el estado natural de otras culturas, porque ya no importan las personas que intentan subsistir en éste mundo, sino las empresas transnacionales.

Ahora bien,  la globalización no es un fenómeno reciente, porque lleva más de 100 años desarrollándose y reconfigurando los poderes del nuevo orden mundial para reemplazar a las guerras militares por las guerras económicas.

Y también es cierto que la globalización ha incrementado el choque de civilizaciones o de culturas y que han surgido nuevas tendencias fundamentalistas, porque, por ejemplo, Estados Unidos dejó de ser un país para convertirse en Occidente; imponiendo por medio de su nefasta política exterior todos sus paradigmas y haciendo la guerra en nombre de la democracia con su fundamentalismo democrático (permítanme ésta provocación conceptual por favor).

Muy parecido a cuando el Bloque Soviético exportó la revolución socialista por el mundo entero, porque hemos pasado de la no-intervención a la intervención preventiva, sobreponiéndonos, por ejemplo, al derecho internacional.

Por eso la globalización se justifica en los moralismos de las culturas dominantes para implementar la “guerra justa” por razones aparentemente humanitarias, porque la globalización es dominio para unos y sumisión para otros. Y aunque la globalización es un fenómeno que hace que todos dependamos ya de todos o unos más que otros; lo que nadie puede negar es que la globalización concentra la riqueza descentralizándola.

Lo cierto es que los Estados son una radiografía tan contradictoria como la conducta humana. Por ejemplo, en la Edad Media la religión y la política eran lo mismo, es decir, una astucia o un artificio para dominar a las masas carentes de la razón moral y de la razón teórica. Luego, la tradición laica en Occidente separó a las dos, no sin antes reconocer que la ética pública mantiene profundas convicciones religiosas, todas vigentes en las prácticas políticas contemporáneas.

Pero lamentablemente la ética no es una creación del Estado, porque lo que llamamos “bueno” históricamente siempre ha estado en el cielo y nosotros los “pecadores” siempre hemos estado en la tierra. A pesar de eso, la única verdad es la vida y la muerte y el único pensamiento posible sigue siendo el tiempo o cuando algunos cerramos los ojos y podemos ver mejor al universo.

Infortunadamente la política pasó de la retórica al fundamentalismo y de ser un instrumento útil para resolver las diferencias de manera pacífica, a convertirse en una posesión para realizar contratos sociales leoninos y sacar ventajas económicas; mientras que a las mayorías sólo les queda la esperanza y la resignación que produce Dios para intentar cambiar su destino, por ejemplo, jugando la lotería, que no es más que el impuesto de los pobres.

Hegel decía: “todo lo racional es real y todo lo real es racional” y como el Estado es una estructura abstracta, aunque para otros puede ser vista como una cosa corporeizada y personificada, la atención sigue equivocadamente centrándose en cómo debe ser o actuar un político y no en cómo debe ser o actuar un Estado.

Y como la “Teoría del Estado” o la teoría de la teoría aíslan al Estado de la realidad o a la historia del presente, un ser humano puede vivir perfectamente toda su vida sin conocer el funcionamiento del Estado pero un Estado no puede vivir sin conocer las actividades de sus ciudadanos. Claro está, que otra manera más aguda de verlo sería, por ejemplo, que un hombre puede no conocer el funcionamiento del Estado pero a veces se lo encuentra, como, por ejemplo, le ocurrió hace un tiempo al juez Baltasar Garzón.

Pero un Estado ideal debe equilibrar los dominios subyacentes y valorar las subestructuras culturales que otros desprecian, amenazan o ignoran. Además, un Estado debe ser el puente entre la actividad de los ciudadanos y su innegable conexión con la realidad anterior y actual.

Es decir, un Estado debe orientarse hacia el futuro y hacia el pasado, porque un Estado es la realidad en formación y aunque a veces debe ajustarse, es aconsejable que mantenga su estructura básica, siempre y cuando su estructura no sea clasista o mafiosa como la de Colombia y por lo tanto insostenible en el tiempo.

En el mismo sentido, los fines del Estado deben separarse de los fines de los ciudadanos, porque uno de los problemas éticos del poder consiste en cómo conjugar los intereses privados con el interés general. En cuanto a éste último, el Estado teórico generaliza su tratamiento como las leyes naturales de la física y con un lenguaje casi mágico, convierte todo su poder lamentablemente en los derechos de las minorías y en los deberes de las mayorías…

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