Estoy cansada de los hijos de “alguien”

16 de febrero del 2011

Si hay algo que le agradezco a mi papá es el anonimato. Y a mi mamá y a mis hermanos y demás parientes cercanos. Somos, afortunadamente, una familia anónima. Cada quien hace lo suyo, sin salir en las sociales del periódico local. En mi casa los famosos son escasos y los pocos que lo son, evitamos sumarlos al currículo. Los contamos como familiares, no como referencias personales. Me tranquiliza el anonimato, lo disfruto. Y no es que me moleste la gente famosa, que sale en Hola! O en Caras, no tengo nada contra ellos, es más, me parecen admirables; yo sería incapaz de posar siempre sonriente y bien vestida, parada en alfombras azules y rojas, al lado de un payaso, también sonriente y bien vestido, también hijo de su papá.

Lo que si me molesta y me tiene acá sentada escribiendo esto, son los privilegios a los que acceden ciertas personas en esta sociedad tan arribista, porque son los hijos, los hermanos, los primos, de fulano o perano. Para la muestra un alcalde!. Y de eso viven toda la vida. Con orgullo dicen cosas como “hola, mucho gusto soy el hijo de fulano de tal” para presentarse. ¿y? Yo soy la hija de mi papá. ¿y? El hecho de que el papá o la mamá de uno sea una lumbrera, un político exitoso, un gran personaje de medios, no implica necesariamente que uno también lo sea. En la mayoría de los casos fungir como el hijo del papá, cuando el papá es importante (ósea, sale en la prensa o la tv), ocupa la mayor parte del tiempo y la concentración; además si uno es el hijo de fulano, pues no puede andar por ahí dando lora. Le toca cuidar la reputación que sostiene las bases de toda una prole y eso si que consume neuronas.

Y ni que decir de aquellos portadores de la diversidad, es decir, todo aquel que no es un mestizo común y corriente, y que aunque es común y corriente, resulta ser diverso porque habla otra lengua, tiene un color de piel más definido, hace música “folclórica” o nació en un lugar “virgen”. En esta sociedad de exotismos los más comunes y corrientes, los aparentemente menos diversos, esos que usamos bluejeans, somos González o Tapia, nos bañamos en duchas ordinarias, comemos sanduche y montamos en bus, terminamos perdiendo los derechos constitucionales a cuenta de tanto derecho de ciudadanía diferenciada. Si uno no tiene un papá famoso que le sirva de trampolín a la vida, le toca descubrir su diversidad y multiculturalismo. Admito, a estos últimos más que admiración, les tengo cierto pesar; les toca cargar el disfraz en la mochila para acceder a tales derechos.

Si todo este asunto de la meritocracia ya me parece un descalabro, lo de los parentescos importantes y los atributos de la diversidad, me parece una barbaridad. Insisto: lo normal es que uno haga bien las cosas y ya. Eso no es ningún mérito, menos si lo escogió y además le pagan. Entonces, resulta ofensivo que hay quienes para conseguir trabajo o estudiar, hacen una llamada o se ponen el traje típico. Lo tienen, y después van y se tiran en el trabajo de los que a punta de hacer las cosas bien, ósea normal, llegaron al mismo lugar, posiblemente sabiendo mucho más pero ganando mucho menos.

Así como no creo en ciertos actos simbólicos, tampoco creo que todo sea cuestión de “genética” o etnia, mas bien de ética.

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