Fernando Botero en Bilbao

Dom, 07/10/2012 - 05:09
Un bello y único caballo en bronce se encuentra en la Gran Vía, calle emblemática de una ciudad que emprendió su audaz apuesta en la reconstrucción arquitectónica y una transformación cultu
Un bello y único caballo en bronce se encuentra en la Gran Vía, calle emblemática de una ciudad que emprendió su audaz apuesta en la reconstrucción arquitectónica y una transformación cultural de la metrópoli donde se encuentra el impactante museo Guggenheim realizado por el  canadiense Frank Gehry, un funcional metro hecho por el arquitecto británico Norman Foster, la restauración de una zona de la ciudad hecha por el argentino César Pelli o el cambio total de un sector gris por un enorme centro cultural de Phillippe Starck. Arquitectos de talla mundial que han intervenido y transformado la ciudad de una forma maravillosa creando contrastes arquitectónicos interesantes en un ambiente amable que atraviesa el hilo fluvial de la ría de Bilbao. La exposición de 60 obras de Botero se encuentra en el Museo de Bellas Artes donde el artista colombiano muestra su enorme capacidad de crear solamente con pinturas de gran formato. La pintura es el propósito fundamental. Caballo de Botero en la Gran Vía bilbaína, frente a la BBK, patrocinadora de la muestra Las salas del museo que fueron ampliadas siguiendo las pautas de Mies van der Rohe, recogen de una forma sintética las grandes preocupaciones de nuestro artista. Distintos colores en las paredes le dan un ambiente especial a cada serie que comienza con unos mansos y casi geométricos caballos realizados en 1959 y en donde también se encuentran la pincelada expresiva del El Niño de Vallecas que pintó en los años sesenta o, el maravilloso y enorme cuadro de La apoteosis de Ramón Hoyos donde el volumen descarga una fuerza expresiva y el manejo del color una especial habilidad. En la sala siguiente comienza el mundo de la pincelada lisa donde la forma es mucho más clara, más compacta y el volumen llega a su enorme forma en los años setenta. Allí en primera instancia se encuentran las imágenes de su infancia, los retratos del mundo de Medellín, las escenas callejeras, como una pareja en el parque o los alegres bailes populares. En ese mismo recorrido se encuentran esas contundentes frutas donde muestra más escuetamente cómo Botero llega al paroxismo del volumen. Adelante, en la impecable exhibición siguen sus personajes jerárquicos, el presidente y la primera dama, los militares, sus curas y los obispos que con sus especiales atuendos, Botero expresa el deleite que siente en el manejo del color. Ese mismo regodeo de forma y color le siguen algunos cuadros con una sutil paleta opaca en el Rapto de Europa y en otros como la serie del Circo donde explota un manejo brillante y armónico del color exuberante. No pueden faltar sus homenajes a esa pintura que lo ha nutrido siempre como son los enormes y bellos perfiles de Piero de la Francesca, el emblemático y enigmático cuadro sobre los Arnolflini, la imagen de la señora pintada por Ingres o el homenaje a Rafael o a Rubens. En sus denuncias históricas, Botero tiene la misma capacidad expresiva mientras que el espacio cambia de un estricto orden a un intencional desorden que hace más dramático el hecho mismo con el tema de la violencia en Colombia o cambia a una paleta opaca y claustrofóbica cuando piensa y realiza los abusos norteamericanos en la serie de las cárceles de Abu Ghraib. Al final, vuelve a sus principios de la armonía y belleza mientras pinta con la meticulosidad y alegría unos floreros rebosantes de color. Bella muestra.
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