Germán Borda Camacho: Toda una vida por el arte

19 de noviembre del 2010

El escritor y compositor colombiano, Germán Borda Camacho está cumpliendo 75 años en este 2010; estas bodas de diamante están llenas de entrega al mundo de lo humano en su esencia: música y literatura. Este año de merecidos reconocimientos es también motivo para invitar a la lectura de sus obras, con la certeza de encontrar al final de cada una de ellas, una mirada al ser humano en la búsqueda constante de su dimensión y saber que “al final el tiempo existe”.

Hablaremos aquí de a algunos apartes de su obra literaria. El maestro Borda empieza su periplo por el mundo de las letras no hace mucho tiempo, más o menos diez años.

En su primera novela, Visiones de Peralonso Niño –Descubridor de América-, (2001) Borda nos sobrecoge con el recorrido del Piloto Mayor de la Armada, Pedro Alonso Niño, o Peralonso Niño, que en agosto de 1492 y durante más de dos meses, recorren la Mar Océana para entrar en la madrugada del 12 de octubre a la inmortalidad. Nos lleva noveladamente en el pensamiento del piloto andaluz. No es el alma del Gran Almirante la que nos habla y que ha sido motivo de innumerables escritos; es la visión de un gran segundo; del responsable del timón, quien con sus callosas manos guían la gran nao y las dos pequeñas carabelas hacia lo insondable, hacia lo desconocido, hacia la eternidad.

La presencia del mecenas, ilusión, quimera o realidad necesaria para aquel que necesita tener el apoyo constante se esboza en Campbl, biografía de una utopía (2002). No es solamente la relación entre personas para lograr un propósito, sino el espíritu que permite ser el alimento que nutre la visión conjunta entre varios para alcanzar metas.

La Maraña de la Manigua (2003) recoge a través de una referencia histórica la fantasía y la magia de las descripciones que van entrelazando la vida de los protagonistas.

En la Bitácora del Tiempo, (2009) acoge el reto de las propias vivencias; en breves relatos, Borda nos muestra el fondo de sus sentimientos, de sus luchas interiores, de sus recuerdos arcanos, de su inacabada senda por el camino de la vida. El periplo pasa no como diario de viaje, sino como recuerdos grabados en los más profundos pensamientos, a través de hechos que han impactado la vida del autor. Conocemos lo que pudo haber sido y no fue, aspirando la brisa portuguesa por entre las callejuelas de Setúbal; o sufriendo los miedos y aventuras de la estadía con su madre en una finca alejada del mundo y rodeada de la selva con sus embrujos, sonidos, crueldad y vitalidad; o la parada en una población italiana para entrar en el mundo de pueblos que conviven con el pasado; o en el esplendor del Hermitage en Leningrado, bajo los compases de los portentosos compositores rusos; o la ilusión de un encuentro continuo con una visión de diosa en los teatros alemanes; o en las arenas tórridas del Caribe en donde el viento surca su visión de eternidad.

Con Álvar el Profeta, (2009) nos recuerda que el ser humano, permanente caminante por las sendas de la vida y el espíritu, encierra varias facetas. Entre las que siempre han llamado poderosamente la atención y deslumbrado la existencia, está la de los poderes sobrenaturales del individuo. La mitología, literatura, música, arte, política, nunca han estado exentas del interés por esta temática. Las peripecias de Álvar Cabeza de Toro en los albores de la conquista de estas tierras o el encuentro entre dos mundos, nos adentra hacia el mundo mágico de los poderes, más allá de todo entendimiento, que tiene todo ser humano.

Un Viejo Amor, (2010) nos muestra que este sentimiento es el más complejo que tiene el ser humano; es antónimo por naturaleza; pasa de la alegría a la tristeza; de la evidencia a la incertidumbre; de la felicidad a la amargura; de la ternura a la violencia; de la razón a la locura; de lo divino a lo humano. En fin, es la base del espíritu. Casi todos los amores son impuestos; el hijo no escoge a su madre; la madre igual no escoge a sus hijos; los hermanos están ahí; igual pasa con los parientes. Al contrario, el amor por el otro que no es familia, la pareja, es un amor producto de la voluntad y la escogencia. Es un amor libre. Borda aquí, desnuda ante el lector su sentimiento actual, cuando ya, reconocido plenamente por su capacidad creadora como compositor y escritor, se enfrenta al despertar del amor prohibido, deseado, inalcanzable.

Hay otras tantas publicaciones, solo para mencionar con la certeza de la omisión involuntaria,  Aura (o el amor de juventud y la tragedia de los celos); el Universo Gélido (o una especulación desde lo absurdo debido a la prepotencia del ser humano).

He dejado para el final, El Enigma de Dreida (2008); aquí Borda nos deleita con búsqueda de la estatuilla de dos fases, escultura arcana que recoge la dualidad existente entre los seres humanos. Confluyen en un periplo centro-europeo y balcánico un conjunto variopinto de personajes, donde la figura cimera de Borges, en su ancianidad, es el eje donde reposa la trama. Con un lenguaje exquisito, no siempre despojado de erudición, Borda va recorriendo la psiquis humana desde la visión propia de cada individuo, producto de su pasado, hasta su presente y sus miedos sobre el porvenir. Cada viajero espera encontrar su propia dimensión en la búsqueda de la escultura. Sus círculos propios se entrecruzan en un viaje que inicia para algunos en la musical Viena y a través del Expreso de Oriente tiene una escala mágica en Venecia; allí se conforma finalmente el grupo que emprende en un crucero por el Adríatico la ruta hasta Grecia y de ahí, y solamente para los elegidos, la ruta hacia la isla de Dreida, producto quizá de la imaginación o del espacio en el cual todo ser humano ubica la existencia de su propio yo.

En fin, el maestro Germán Borda está vigente para fortuna de todos. Estos primeros setenta y cinco años nos invitan a abordar su obra y disfrutarla plenamente.



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