Happy Birthday Carta 91

Mié, 13/07/2011 - 00:00
Todos tan felices, todos tan contentos, celebrando 20 años de la Carta Magna que cambió a Colombia. Y paradójicamente muchos refelices y recontentos porque cada vez le meten la reversa a la histori
Todos tan felices, todos tan contentos, celebrando 20 años de la Carta Magna que cambió a Colombia. Y paradójicamente muchos refelices y recontentos porque cada vez le meten la reversa a la historia y derogan mandatos constitucionales de la vilipendiada conquista democrática del 91. De frente, neoliberales apreciados, neoricos reconocidos socialmente y neopoderosos a cualquier precio se han gozado en estas dos décadas la feria sustitutiva a la Carta del 91. Claro que hubo toda clase de constituyentes, políticos en extrema unción que resucitaron milagrosamente en los 90; reinsertados, que reinventaron movimientos que ya no eran sino marcas extremoizquierdistas sin militantes; reencauchados de todos los pelambres, intelectuales reformistas y demócratas y chisgarabises sin destello político que encontraron un espacio para alumbrar por un rato. Y hubo quienes cedieron la voz de mando a los seudoreformistas para acomodarse mejor; y estudiantes que se abrogaron el protagonismo de una etapa en que el narcoterrorismo sitió al Estado y ellos se creyeron el cuento de que su papeleta cambió los destinos de Colombia; y constitucionalistas de nuevo cuño que descubrieron el agua tibia y se reencontraron con la Revolución Francesa; y para rematar, narcos que le metieron la mano a las deliberaciones para colar el mico de la no extradición. Y había románticos de la guerrilla que creyeron que con el cambio de Constitución se haría por decreto la revolución que no se logró por la vía de la convocatoria al pueblo. Y algunos medianamente ilustrados que vieron cómo la Constitución resultó de un consenso mediocre de lo que intuían quienes veían la necesidad de modernizar al país, que terminó en colcha de retazos donde el argumento sustancial era que pareciera nuevo. Había, por supuesto, hombres probos y comprometidos, de derecha, de centro y de izquierda. Y una intensión valiosa de embarcar al país en un nuevo rumbo. Pero lo que desafortunadamente nunca existió, aunque algunos desde su esquina y su cosmovisión reduccionista consideren que hasta sobró, fue la participación popular, la vinculación ciudadana o la expresión de las masas. Ni en las deliberaciones, ni en las decisiones y menos en la comprensión de los cambios, que no fueron siempre pertinentes. Incluso reformas descontextualizadas, pero eso sí que cabalgaban en panditas interpretaciones de necesidades sentidas y en el mejor de los casos en rampantes ejercicios populistas. Claro que en un país agricolizado al estilo medioeval, donde la fuerza terrateniente y la neoterrateniente, por no decir narcoteniente, mandaba, cualquier cosa que pareciera cambiar lo viejo era aplaudido, refrendado y consagrado como conquista de la voluntad popular. En un país donde había que rescatar derechos fundamentales, inclusive en la letra, cualquier cosa era un avance. En un país que debatía las causas objetivas de la violencia porque alguien leyó mal a Lenin cuando hablaba de condiciones objetivas para la insurrección, todo lo que sonara a nuevo era menos peor. Conceptos como Estado Social de Derecho y Democracia Participativa que todos en la retórica celebran y en la práctica pocos saben cómo se mastican, son como filosofía no aplicada. La intención de cambio, de reforma, o de conquista democrática significaba salir del ostracismo y adentrarse en la evolución. Pero de hecho, cada vez que alguien pretende aplicar algo que parezca un derecho, encuentra una talanquera santanderista que lo sumerge en una involución. Por eso no sorprende que la Carta del 91 sea permanentemente castrada impunemente y sin el menor rechazo social. O que el constituyente primario no se dé por aludido. Porque como bien apunta un columnista profundo en Kienyke, a propósito de las encuestas, la opinión pública la determinan los medios. Y por eso un joven columnista piloso también de este portal se pregunta por lo que va a pasar con la televisión. Porque los constituyentes entendidos en esa materia, desafortunadamente, se murieron. Carlos Lemos Simonds, María Mercedes Carranza, Augusto Ramírez Ocampo y otro que se me escapa, no están para defender lo que pensaban de la televisión. Hoy sólo están los neoliberales, la neoclase política, los neopoderosos, los neoadinerados, y los que creen que el cuarto poder debe pertenecer al primero. Para ellos, está loco este joven columnista, al pensar que la televisión es el educador y distractor principal de los colombianos. Apuntan por vía de reformas anticonstitucionales a que la televisión sea vista como una herramienta más que debe controlar la reglamentación del triple play. Y no como pensaban aquellos demócratas que la televisión debía estar al margen del control del gobierno de turno y menos que llegara a ser un instrumento ideologizante, ya que por tics que aparezcan, por nuevas tecnologías que inunden mercados, la televisión seguirá siendo por mucho el medio que más influye en la construcción de pensamiento, el que más afecta el hipotálamo de los colombianos.
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