“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada” Shakespeare (Macbeth, Acto V, Escena V).
Mal contados, somos unos 200 los colaboradores de Kien&Ke. Si a esta cifra le sumamos los de otros medios impresos y digitales, radio, televisión, blogs, redes sociales y toda una pléyade de opinadores y cronistas sobre lo divino y lo humano, amén de libros, ensayos, publicaciones universitarias y de organizaciones, sumaríamos en sólo Colombia, mal contados, por lo menos cinco mil personas escribiendo, hablando, expresando, contando, analizando, interpretando la realidad… Loable cosa. Pero a la vez preocupante. Tantas voces, tanto ruido, y a la vez tanta sordera, tanto diálogo endogámico, leyéndonos unos a otros hasta la saciedad.
Nunca he escrito una columna en este medio en primera persona, es decir, representándome solo a mí. He querido darle voz a los que no la tienen y he pretendido decir lo que otros podrían, querrían o deberían decir. Porque todos, hasta mi fiel Luna, perrito de uno de mis hijos, tienen algo por decir y no siempre tienen el privilegio de contar con un medio para ello. Celebro y alabo el interés de tantos por expresarse. Soy, lo he sido siempre, entusiasta del uso de la palabra como extensión del pensamiento, porque pensamiento con palabra posibilita construirnos humanos.
Pero hay días en que somos “tan lúgubres, tan lúgubres”, como dijo el poeta Porifirio, en que tanta verborrea nos causa hastío, pena y algo de vergüenza propia. Hay días en que, como hoy, recuerdo con nostalgia añeja los retiros espirituales de mi colegio, no por el supuesto encuentro con una peregrina deidad, sino por la deliciosa oportunidad de alejarse del “mundanal ruido” y procurar encontrarse con uno mismo. Cuando “uno mismo” era algo. Por eso hoy anuncio mi silencio y lanzo al ciberespacio mi gigante agradecimiento a esta revista digital que me acogió en su casa. Gracias mil a María Elvira, quien casi sin conocerme me abrió sus puertas. Y gracias mil a Elisa, editora que sin conocerme para nada ha sido mi constante apoyo.
A partir de hoy prefiero el silencio. No como una opción ante la indignación, sino precisamente porque estoy indignada. Cansada de hablar, de decir, de escribir, hoy me retiro a escuchar, a leer, a observar. Y a hacer. No quiero ser más como ese actor shakespereano que se pavonea sobre un escenario, del que después nadie vuelve a saber, contando cuentos y dando opiniones cual idiota lleno de ruido y furia. Opiniones y cuentos que nada significan para nadie, excepto para familiares y amigos que ya saben de antemano de dónde viene la indignación y para dónde va. El público, la audiencia tan anhelada en los medios, oye lo que quiere oír y deja de escuchar otras voces porque está tan concentrada en sí misma que no se interesa por más. Nunca tomé el curso de Dale Carnegie “Cómo ganar amigos e influir en las demás personas”, base fundamental en los actuales entrenamientos de coaching. Por eso puedo parecer tan odiosa, tan pesimista, tan desesperanzadora… Porque a nosotros los filósofos nos cuesta mucho trabajo regalar un sueño en cápsulas para llevar a casa, para tomar en dosis diarias. Yo podría seguir escribiendo aquí muchas cosas. Plagiando a Neruda, podría escribir, por ejemplo:
- Tarde o temprano a todos los hombres se les sale el bolillo
- El hombre cavernícola con mazo, arrastrando de las mechas a la hembra y enfrentándose a sus congéneres no es sólo una vieja imagen de la tira cómica de Los Picapiedra
- Echarle la culpa “al más pendejo” (como decía mi abuelo): al trago, al otro, o la otra, a la depre, al tráfico, al trabajo…
- La política hiede (como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales)
- La democracia es imperfecta (lo es desde su invención en la antigua Grecia)
- El dinero todo lo corrompe (cuándo no?)
- La estupidez es el más común de los estados humanos, y su colorario: el sentido común es el menos común de los sentidos
- Las guerras son un negocio lucrativo para alguien, los “daños colaterales” se justifican (por “el pueblo”, por “la democracia”, por “la libertad”, por lo que sea)
- A las masas hay que darles lo que piden: circo. El pan ya dejó de ser gancho, eso lo exigen como derecho propio
- Si la gente aguanta hambre, el problema es de ellos: en un mundo libre, cada quien es libre de morirse de lo que le provoque
- Es más importante salvar el planeta que salvar la vida de mi vecino
- La tecnología está al servicio de quienes pueden acceder a ella. Los demás, de malas (pailas, como dicen los jóvenes)
- Los países subdesarrollados (que lo son desde que tengo uso de razón), lo son por alguna razón.
- La ciencia avanza, corre al ritmo de quienes la financian y se lucran con ello.
- No hay progreso, todo es provisional. Ni en lo moral. Todo es relativo.
- Los médicos recomiendan hacer ejercicio. Pero no hay nadie que le recomiende a un deportista que lea.
- Hasta donde yo sé, el deporte es nocivo para la salud (esguinces, fracturas, paros cardíacos), y leer sólo produce en el peor de los casos locos, y librepensadores.
- El arte no es lucrativo, distrae y da buena imagen.
- El ideal de vida es la vida fácil y buena, en contraposición a un ideal-ideal de vida buena basada en la dificultad y el esfuerzo.
- La impunidad es cuestión de Ley: si no es ilegal algo, está bien.
- Educar para el pensamiento es subversivo… Deje así.
Y así, ad infinitum… Podría decir y escribir sobre muchas cosas. Pero me reconozco humana, “demasiado humana”, como el libro “para espíritus libres” de Nietzsche que ya nadie lee. Humanidad en la que me reconozco, hoy más que nunca. El siempre actual Shakespeare, conocedor de la condición humana como el que más (y según Harold Bloom, inventor de lo humano), nos adjudicó a las féminas el adjetivo más preciso que conozco para nosotras en toda la literatura universal: “Fragilidad, tienes nombre de mujer” (Hamlet). Las mujeres somos frágiles, tenemos esa cualidad de romperse fácilmente. Cualidad que nos hace fuertes, porque vivir con esa amenaza permanente hace que desarrollemos habilidades que la contrarrestan. La fragilidad es nuestra fortaleza. Y la reconocemos, con dignidad.
Pero tenemos en común con los hombres la vulnerabilidad, que es distinto. Nosotras nos reconocemos frágiles, por lo que somos tildadas de debiluchas e incapaces. Pero porque somos humanos, todos somos vulnerables. A los hombres les cuesta trabajo reconocerse vulnerables, algo tonto y banal porque la vulnerabilidad hace referencia a la amenaza para la supervivencia de la especie. Creerse muy macho negando la característica más macha de todas, la reacción inherente a la naturaleza humana ante una amenaza vital, es mostrar debilidad.
Porque somos humanos, todos somos todos vulnerables. Pero también podemos, por lo mismo, ser terribles. Nos movemos entre la fragilidad y la dureza. Somos imperfectos, porque somos humanos. Creemos que podemos mejorar, lo queremos, pero no podemos. No queremos saber nada de los demonios que hay dentro de nosotros, que nos parecen repulsivos pero que a la vez nos atraen. Cuando nos acercamos a esos demonios y fraternizamos con ellos, nos sentimos como si le diéramos la mano al diablo. Inmediatamente caemos en cuenta de lo terrible que es esto y sentimos el peso inmenso de la impotencia.
Aceptar la impotencia, la fragilidad, la vulnerabilidad, la imperfección y vivir con ello, eso es ser humano. Enfrentar cada minuto como si fuera la vida entera. Y saber que, hagamos lo que hagamos, puede salirnos mal. Somos, por naturaleza, falibles. Nos enfrentamos a la posibilidad de fallar, la oportunidad de equivocarnos, que es una de las maravillas de ser humanos. Sólo los dioses serían infalibles. Y cada vez que nos enfrentamos a esa posibilidad de fallar, sabemos que debemos lograrlo, que es nuestro deber intentar tener éxito. Porque si no, debemos renunciar a ser eso que somos. Y morir. Nadie lo podría decir mejor que Barba Jacob:
Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día... en que levamos anclas para jamás volver; un día en que discurren vientos ineluctables... ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
Así, sin renunciar a ser eso que soy, y por indignación, hoy me declaro impotente, frágil, vulnerable. Y por eso callo. Dedicaré mis días y mis noches a escuchar, a leer, a observar, mientras de nuevo esa misma indignación me obligue, de pronto, a volver a escribir.
"La alegoría llega cuando describir la realidad ya no sirve. Los escritores y artistas trabajamos en las tinieblas, y como ciegos tanteamos la oscuridad." José Saramago
Indignación o silencio
Vie, 12/08/2011 - 09:44
“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de
