Inicios de un azafato

15 de diciembre del 2010

Por lo general, los primeros vuelos que los auxiliares de vuelo principiantes hacemos son a destinos nacionales. Creo que fue en el trayecto Medellín-Montería, un vuelo totalmente lleno, lo que hace que el estrés general tanto de pasajeros como de auxiliares esté en su límite, cuando se presentaron estas situaciones. Una compañera, mujer bonita y […]

Por lo general, los primeros vuelos que los auxiliares de vuelo principiantes hacemos son a destinos nacionales. Creo que fue en el trayecto Medellín-Montería, un vuelo totalmente lleno, lo que hace que el estrés general tanto de pasajeros como de auxiliares esté en su límite, cuando se presentaron estas situaciones.

Una compañera, mujer bonita y sensual pero que tiene el tamaño de una niña de 14 años, y que hasta ahora no había querido  tener “algo” conmigo por andar saliendo con un copiloto, se sentía mal al terminar el servicio. La dejé sola en medio de la cabina, cuando escuche el ding – dong, que indica llamada de la cabina de mando.

Era el capitán, una de las luces indicadoras en la cabina sugerían que algo estaba pasando con la puerta que da a la escalera ventral del avión. Al ir a revisar la puerta de atrás, me encontré con un viejito mal humorado haciendo su mejor esfuerzo  por abrir la puerta jalando como loco la palanca de apertura.

-Señor, ¡¿que está haciendo?!- le pregunté alarmado.
– Tengo que ¡“miar”! ¿Que tengo que hacer para abrir esto?- me contestó urgido por entrar al baño.
-Rezar, señor, rezar, porque si abre esa puerta es la última “miada” que se pega ¡en la vida!-le   contesté y de un brazo lo guié hasta la puerta, está si, del baño.

Arreglado ese asunto, me dispuse a preparar la cabina para el aterrizaje que ya anunciaba el capitán. Mi mini-compañera no se veía por ningún lado, y a pesar de que un tripulante menos aumenta el trabajo del azafato, muy comprensivo, supuse que se había ido a aterrizar en la cabina de mando, para pasar el malestar tranquila sin interrupciones de nuestros huéspedes de abordo. Aseguré las puertas de los compartimientos, carros y elementos del galley,  revisé que la puerta ventral hubiera quedado bien, pasé por el pasillo observando cinturones abrochados, mesitas guardadas, equipos electrónicos apagados y guardados para nuestro…

El descenso fue normal a pesar de golpes que escuché, y que ya sabía venían de la bodega de carga, cosa normal pues con el movimiento se desplaza la carga y hace ruidos contra las paredes. En cuanto tocamos pista, de debajo de una silla salió a toda carrera una hermosa gallina blanca, la pobre tenia las plumas alborotadas y se veía más asustada y sorprendida que los que la veíamos escabullirse entre las sillas sin saber  que hacer.

Al llegar al punto de parqueo y con bastante conmoción “gallinácea” abordo, me lancé a  perseguir al pájaro. Un hábil pasajero resolvió el asunto lanzándole encima una cobija, justo a tiempo para desembarcar.

Cuarenta minutos después, sin pasajeros abordo y limpio el avión, dieron la orden de embarcar los nuevos pasajeros con destino a Bogotá, pero mi mini-compañera no aparecía por ningún lado, supusimos que había bajado por algún remedio para su malestar, pero nadie la encontraba y la verdad es que nadie la había visto desde hacia un buen rato. En pleno análisis de cómo resolver esta situación, con las plumas más despelucadas que la gallina, el maquillaje corrido, asustada  y bastante mal humorada apareció la azafata…

-¡Ricardo porqué no me aviso que íbamos a aterrizar! me espetó

Yo no tenía idea de qué estaba pasando. Resulta que antes del problema del viejito con la puerta, ella me había dicho que iba a descansar para ver si se mejoraba, como no encontró ninguna silla disponible, decidió meterse en uno de los carritos del servicio. Allí se quedó dormida. Cuando el avión aterrizó se despertó, pero yo había asegurado la puerta del carro y ella no podía salir. Con el despelote de la gallina, nadie escuchó sus golpes y hasta ahora se había podido escapar, y se veía más despistada y sintiéndose fuera de lugar que el viejito de la puerta en el pasillo.

Desde luego, ese romance no dio frutos jamás.

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