La alegría, de la vida

30 de junio del 2012

Sucede sin esperarlo, de repente. Vas conduciendo por una carretera común y corriente, comienzas a sentir calor en tu pecho, tu corazón lo sientes grande, henchido. De pronto el sentimiento de alegría te colma, te inunda, sientes que materialmente cada poro de tu cuerpo la transpira, estás tan lleno de ella, de la alegría, que necesariamente la irradias, la compartes.

¿Cómo ha sucedido? ¿Qué has hecho? Nada, absolutamente nada. Nada te han dado. Brota espontánea cual fuente de agua fresca. La alegría comienzas a verla sin esfuerzo, en los niños que descienden raudos la carretera en sus bicicletas, esquivando camiones, carros, motos, sin saber donde quedó relegada su sensación de peligro. Se ve en la pareja que pasa conversando en la moto y de ojo alcanzas a divisar la sonrisa de la pasajera bien pegada a quien supones es su pareja. Salta a la vista, la alegría, con los acordes musicales en el radio de tu vehículo. Los árboles luminosos como nunca. El trino de los pájaros más vívido que siempre.

Son las manifestaciones de alegría que siempre han existido, pero tú no las sentías sino hasta cuando tu corazón se abrió lo suficiente para verla, aún allende el dolor y el sufrimiento que también te rodea. Ya que el llanto, la cara triste, la riña y hasta la desesperación pintada en algún rostro, no han desaparecido, simplemente conviven con lo que sientes y observas.

Como toda sensación o sentimiento, esta alegría es verdad solo y únicamente para quien la ha sentido, para quien la vive, quien la experimenta. Pues qué es el color verde para un daltónico, o qué es la nota musical para un sordo si no contamos las vibraciones. O qué nos recuerda el sabor de un determinado pez si nunca lo hemos comido. Toda emoción, sensación o sentimiento, repito, son solo verdad para quienes lo han realizado en su ser.

La alegría aquí descrita no sucede cuando alcanzamos algo anhelado, cuando tenemos un logro, cuando poseemos un objeto, ni cuando nos alaban. No, esta alegría no tiene referente externo. No es producto de nada que suceda fuera de nosotros. Sencilla y llanamente nace y toma cuerpo en nuestro interior y al salir cual rayo de sol, la vemos reflejada en los demás, en la naturaleza, en los sencillos hechos de la vida que pasan delante de nuestros ojos.

Curiosamente también brota en momentos en que estás imbuido en una discusión, también allí sientes la alegría, mientras mantienes tus valores firmes, mientras no cedes a los argumentos ajenos por temor. La firmeza interior es alimento para la alegría, ésta crece.

Cuando sucede disipa los males del alma y de la mente, del cuerpo y de las emociones. Los evanece y al tiempo te hace fuerte, te llena de energía para resistir los embates que puedan llegar y para que logres en los momentos de dolor, ver la esperanza y la luz al fondo del sendero.

Así es la alegría que nace del corazón.

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