La bolsa y la vida

25 de marzo del 2011

Le preguntaron a Borges: ¿para qué sirve la poesía? Y él respondió: “¿y para qué sirven los amaneceres?”

Ante la pragmática pregunta ¿para qué la poesía?, generalmente hecha por quienes no leen poesía, cualquier posible respuesta puede producir una socarrona sonrisa, si no el desdeño del interés por la utilidad de las cosas. Por desventura, han sido poetas y filósofos, profesionales de lo imposible, quienes han intentado justificar su existencia ante la incredulidad general de que pensar y expresar bellamente el pensamiento pueda servir para algo.

Podemos creer que los poetas son de otro planeta, seres extraños que no vale la pena escuchar, leer o atender. Podemos desear que alguien nos explique, nos traduzca a palabras moneda corriente a ver si así captamos sus incomprensibles mensajes. En estos inmediatistas y pragmáticos tiempos quisiéramos que los poetas nos llamaran al celular, nos mandaran mensajes de texto, nos escribieran tweets de140 caracteres, estén en Facebook, en la televisión y que nos pudiéramos enterar de todos los chismes sobre su vida personal, a ver si así les encontráramos el sentido y el gusto a sus rarezas… ¿O aún así, en el aturdimiento de la sobre-exposición y el afán de los “asuntos importantes” nos negaríamos a escuchar los presagios que nos anuncian, las verdades que enarbolan, los infortunios que nos relatan, las propuestas que nos traen, el pasado que nos rememoran, las esperanzas que nos pregonan?

Ser humano es ser una conversación”, dijo Heidegger. Y lo complementó W. H. Auden: “la poesía es lenguaje en el más personal, el más íntimo de los diálogos”. Pero ya nadie quiere conversar, dialogar. Con velocidad electrónica, que acerca a quienes están lejos pero que aleja a quienes están cerca, con cientos de posibilidades para interactuar, estamos cada vez más absortos en la gratificación de la propia palabra que interesados de verdad en escuchar lo que los otros nos quieren decir. Ciegos y sordos a los demás, usamos la técnica para mirarnos el ombligo y vivir la fantasía de que las nimiedades de nuestras vidas son asunto vital para los demás.

Porque aún quedan algunos que quieren escuchar, para quienes los poetas tienen algo que decir así hayan muerto hace tiempo, vale la pena recordar que a través de la poesía, y de la poesía hecha canción, hemos aprendido una que otra cosa que, viéndolo bien, nos ha sido de mayor utilidad que aprender de memoria la tabla periódica de los elementos y usar la regla de cálculo. Cuando éramos uno de esos “locos bajitos”, de aspecto “como un gorrión”, un disco que cantaba al poeta que “murió lejos del hogar y hoy lo cubre el polvo de un país vecino” alentó el gusto por las letras. Cuando adolescentes dejamos “un adiós de papel y el amor sobre las rodillas” del padre que “se hizo viejo sin mirarse al espejo”, emprendimos un viaje sin retorno con la pregunta “¿qué va a ser de ti lejos de casa?” Con la esperanza de no necesitar “bañarnos en agua bendita”, aprendimos que “uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto”, que “se hace camino al andar y que al y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Descubrimos que es preferible “la razón a la fuerza, los caminos a las fronteras, crecer a sentar cabeza, querer a poder, volar a correr”. Y que, ya se sabe, “el mundo fue y será una porquería, que resulta  lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador”, pero que debemos perseguir lo imposible, porque “sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte”. Voz rebelde y peligrosa de la dictatorial península que nos traía el testimonio de otra voz lejana de un niño yuntero muerto en prisión, pues las tiranías ignorantes de derechos y de deberes sí saben que los poetas denuncian claras verdades que no pueden refutar.

Porque, como dijo Rimbaud, la poesía, más que decir cosas bonitas, buenas o feas, lo que quiere es cambiar la vida. Profundo y solitario pensamiento hecho verso que plasma el mundo de los hombres, sus relaciones con los demás y con su propia consciencia. Democrática expresión, cualquiera puede decir lo suyo en versos propios o ajenos (célebre cinematográfica frase de un poeta exilado por el régimen: “la poesía no es de quien la escribe, sino del que la necesita”) puede convertirse en incendiaria. Versos que acarician igual que hieren, testimonio no sólo del amor y la belleza, sino también del desasosiego y la injusticia. Riesgo acechante para el dominio, los poetas ya desde los tiempos de Platón, han querido ser excluidos por el statu quo tildados de inútiles o demoníacos parásitos, denunciados como empresarios estériles de palabrería sinsentido, subversivos antisociales de oficio.

A pesar de la afirmación de Borges, «no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil», aún queremos creer con él que “en estos tiempos pragmáticos la poesía es el poco alimento espiritual con que contamos, y el que a su vez nos permite soñar que es algo que a nadie le pueden quitar.” A veces dan ganas de regalar un sueño para llevar a casa, pero a nosotros los pretendidos filósofos nos cuesta mucho trabajo hacer esto. Ansiamos, con Hölderlin, habitar poéticamente en esta tierra y consolar la desesperanza, pero raras veces lo logramos pues el consuelo está pleno de melancolía y de sueños vencidos.

Aunque siempre hay un espacio para la esperanza. El espectáculo “Hijo de la luz y de la sombra”, de Serrat, vino a regalarnos un sueño. Nos trajo de nuevo la voz y el recuerdo de Miguel Hernández, poeta del hambre y la miseria, de la guerra y la brutalidad, pero también del amor y de la vida. Un pastor de cabras, el poeta de Orihuela, siempre vivo, en boca del catalán hacedor de canciones, siempre vigente, se hicieron presentes en nuestro país para conmemorar los 100 años del nacimiento del poeta. Emotivo encuentro, en la intimidad de la multitudinaria sala, canciones y poesías enriquecidas por imágenes impecables. El único ausente, muerto a los 32 años, más presente que nunca, vino a decirnos que los poetas son la memoria de los pueblos.

Hay gente que ha tenido memoria y la ha mantenido, hay gente que no ha tenido información y, por tanto, no ha podido tener memoria, y hay gente que ha tenido memoria y ha pretendido olvidarla” Joan Manuel Serrat

Canción “Hijo de la luz y de la sombra”:

Entrevista en TVE española a Serrat:

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