La cosa es en serio…

Dom, 10/07/2011 - 00:00
Algo de historia para que la verdad no desaparezca en las versiones megalómanas de los que quedan vivos, quienes con sus cuentos novelescos arriesgan sepultar más hondo a los que se fueron y no pued
Algo de historia para que la verdad no desaparezca en las versiones megalómanas de los que quedan vivos, quienes con sus cuentos novelescos arriesgan sepultar más hondo a los que se fueron y no pueden refutar. La reforma constitucional de 1988 fue iniciativa nuestra, del Nuevo Liberalismo, de Galán y sus compañeros. Cuando hablamos de esto a los liberales “oficialistas” y a los conservadores, el asunto ni les había pasado por la cabeza en esos tiempos. Eran sus reglas de juego y en los últimos decenios no tuvieron la más mínima intención de cambiarlas. No puedo olvidar que el Ministro de Gobierno de la época puso expresión de estupor y perplejidad cuando le hablamos del tema reunidos en mi apartamento con un pequeño grupo de dirigentes políticos. Estábamos tres senadores, Galán y yo del Nuevo Liberalismo y Rodrigo Marín conservador, con dos dirigentes liberales oficialistas, el Ministro Gaviria recién posesionado de la cartera de Gobierno y Jaime Castro quien había ocupado el mismo cargo en la administración anterior. El encuentro debió ser a finales de 1987. Galán y yo invitamos a estos amigos para tantear el ambiente. La charla fue informal, cordial e interesante y empezó con el apunte gracioso de Rodrigo Marín quien al llegar comentó que el edificio donde yo vivía tenía “emboscada propia…”, refiriéndose a que el lugar era algo solitario. Quedaba por los lados de la 70 con 1ª, una calle ciega. Para nosotros el tema era obsesión,el Nuevo Liberalismo fue una expresión beligerante pero democrática de inconformidad con las instituciones. Teníamos claro que para humanizarlas, modernizarlas y democratizarlas, y para hacer las paces entre los colombianos, era indispensable reformarlas a fondo. Las considerábamos, como las demás fuerzas contestatarias del país -resistencia social, insurgentes, abstencionistas- estrechas, anacrónicas, injustas, arbitrarias, abusivas, antidemocráticas, tramposas. La diferencia entre nosotros y las otras corrientes inconformes, integradas en su gran mayoría por jóvenes de nuestra misma generación, consistía en que nosotros aspirábamos a transformar esas instituciones metidos dentro de ellas aunque a sabiendas que estábamos en enorme desventaja, pero luchando en democracia, mientras que los otros se alzaron en armas o se cruzaron de brazos. Luego de las elecciones de “mitaca” de 1988 tomamos con Luis Carlos la decisión de regresar al Partido Liberal de donde habíamos salido en disidencia. Con el presidente Barco teníamos simpatía y sintonía, le ayudamos desde el primer día de su gobierno aunque no hacíamos parte de él. De no haber sido por nuestra pequeña pero eficiente bancada en el Congreso, a Barco lo hubieran desplumado sus copartidarios, una banda de manzanillos voraces que no pensaban sino en puestos y presupuestos para agrandar y sostener sus “feudos podridos”. A Gaviria lo favorecimos en especial con nuestra fuerza parlamentaria, tanto cuando fue ministro de Hacienda como de Gobierno y luego cuando se retiró del gobierno y quisieron despedazarlo. Barco le insistía con frecuencia a Galán que reunificáramos al liberalismo y le ofrecía su intermediación como jefe natural del partido para que aquello ocurriera en medio del respeto y con el ánimo constructivo que exigíamos. Para nosotros era evidente que Barco nos tenía afecto y deseaba en lo más hondo de su corazón que Galán fuera su sucesor. Cuando dimos el sí a la unidad liberal, Barco llamó a la Dirección Nacional que presidía Hernando Durán y puso en marcha el proceso. Exigimos tres condiciones, entre ellas, la reforma de la Constitución. Nos habíamos preparado durante largo tiempo para ese momento. El día de poner el tema en blanco y negro, los “oficialistas” representados por el senador Durán llevaron a la mesa cinco artículos para reformar, el gobierno representado por el Ministro Gaviria llevó siete y Luis Carlos sacó del maletín nuestro paquete de más de 200 artículos de la Constitución, ya redactados para la reforma. Me contaba Luis Carlos que Hernando Durán en ese momento comentó asombrado: “¿es que la cosa es en serio, doctor Galán…?” y Galán le respondió: “la cosa es en serio, doctor Durán… luchamos para transformar esta nación y no nos conformamos con menos…” A esa mesa tripartita que negoció durante semanas iban y de ella venían propuestas y contrapropuestas hasta que salió cocinado el proyecto de reforma constitucional de 1988 que el gobierno Barco llevó al Congreso en nombre de todos los liberales. La misma propuesta que hundimos los senadores liberales luego de una sesión secreta de la bancada con el ministro Carlos Lemos –Gaviria ya había dejado el cargo-. Del salón de la Comisión III del Senado donde se realizó esa sesión histórica aunque inédita, pasamos a la plenaria para enterrar de un “pupitrazo” la reforma que con tanto esmero habíamos tejido nosotros mismos. No hubo otro remedio para salvar la dignidad nacional, amenazada por las mafias del narcotráfico de la cual hacían parte poderosos senadores y representantes a la Cámara que contaminaron en la recta final la reforma con un degradante artículo sobre la extradición… Luego de esa frustración, otra vez anclados en la Constitución del siglo XIX, y estremecidos del dolor nacional por los asesinatos de Galán, Jaramillo y Pizarro, en medio de bombas y matanzas de gentes inocentes, del terror, nació la Constituyente… otro capítulo de la misma historia…  
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