La desaparición del fuego

21 de diciembre del 2011

Cuando en los amantes se apagan los bríos y poco a poco llega el frío, señal que es tiempo de escribir los sueños y de legar por testamento lo que fue humano, tiempo ido, calor de lecho. Es el tránsito al olvido, al cambio de escenario. Quizás queden horas para encontrar un carbón encendido más […]

Cuando en los amantes se apagan los bríos y poco a poco llega el frío, señal que es tiempo de escribir los sueños y de legar por testamento lo que fue humano, tiempo ido, calor de lecho. Es el tránsito al olvido, al cambio de escenario. Quizás queden horas para encontrar un carbón encendido más adentro. ¿Dónde hallar el fuego de la poesía que puso a arder los corazones de varias generaciones en los años de letras cocinadas en las tertulias literarias, en las advocaciones de la lengua española, en las bancas del parque donde se sentaban las parejas a leer el amor en estrofas prestadas? Los Versos del Capitán circularon por todas las hendijas del miocardio, dulces sortijas de enlace sentimental: “Todo tu cuerpo tiene copa o dulzura destinada a mí./ Cuando subo la mano/ encuentro en cada sitio una paloma/que me buscaba, como si te hubieran, amor, hecho de arcilla/ para mis propias manos de alfarero./ Tus rodillas, tus senos, /tu cintura faltan en mí como en el hueco/ de una tierra sedienta/de la que desprendieron/ una forma, y juntos/ somos completos como un solo río,/como una sola arena.”(Pablo Neruda)

No se requiere ser centenarista ni tímido joven de esquina republicana para encontrar a “Teresa en cuya frente el cielo empieza/como el aroma en la sien de la flor; / Teresa la del suave desamor/ y el arroyuelo azul en la cabeza”…..”Teresa, en fin, por quien ausente vivo, / por quien con mano enamorada escribo, / por quien de nuevo existe el corazón” (Eduardo Carranza). Y el poeta antioqueño de la barba y de la pipa, empata así: “Esta rosa fue testigo/ de ese que si amor no fue/ ninguno otro amor sería. / Esta rosa fue testigo/ ¡de cuando te diste mía!/ El día yo no lo sé /-si lo sé, mas no lo digo-/Esta rosa fue testigo”. (León de Greiff).

Soneto que se recitaba en las reuniones de los cadetes y en las aulas de los capitanes de infantería: “¡Patria! Te adoro en mi silencio mudo/ y temo profanar tu nombre santo; / por ti he sufrido y padecido tanto/ como lengua mortal decir no pudo”. (Miguel Antonio Caro).Si estos versos hubieran sido escritos unas décadas atrás, y conocidos por los artesanos rebeldes en la ciudad capitalina, el general José María Melo los recitaría, en voz baja, camino del exilio.Pero esos versos llegaron temprano cuando nuestros soldados expulsaron las tropas peruanas en la frontera sur, en un lejano y por fortuna borrado incidente.

Tantos malos versos a las madres, tantas canciones lacrimosas más que hermosas. Pero un poema al padre trae el acento filial:” Una vez tendido le dio por morirse como/ antes le había dado por vivir/ por talar los eucaliptos y hacer la casa/ y se echó a morir porque sabía/ que de esa no pasaba”…”Viejo campesino, padre mío, / en palabra y en acto igual que el hierro: tan de una vez, tan para siempre:/viejo de a caballo, viejo macho./Pablo eras no más y Pablo somos./Padre, qué poco Antonio te llamabas.”(Eduardo Cote Lamus)

El humor, la picardía y la crítica social no panfletaria, con salvas de artillería irónica, decíase en las clases de literatura: ”Y aquella perra extenuada/sombra de perra que fue, / de la cual se dijo que/ no era perra ni era nada; / aquella perrilla, si, / ¡cosa del volverse loco!/ ¡no pudo coger tampoco/ al maldito jabalí!”.(José M. Marroquín)

Amorcillados sobre sus cajas de caudales y revisando pagarés por cobrar, lista de deudores vencidos, informes de las bolsas de valores, los financistas globalizados, los avaros municipales, los engordadores de lotes urbanos, se sentirán amenazados por esta descripción: “Érase una viejecita/ sin nadita que comer, /sino carnes, frutas, dulces, /tortas, huevos, pan y pez. / Apetito nunca tuvo/ acabando de comer, / ni gozó salud completa/ cuando no se hallaba bien” (Rafael Pombo).

Hace pocos días, a los 97 años, el “antipoeta” chileno, Nicanor Parra fue exaltado con un premio en la Feria del Libro en Guadalajara. Lleno de gracia y sin las estridencias de Fernando Vallejo, Parra ni siquiera se dio por aludido. Sus amigos, sin embargo, leyeron sus Coplas al Vino:”El pobre toma su trago/ para compensar las deudas/ que no se pueden pagar/ ni con lágrimas ni huelgas”. Es mejor recordar a Nicanor por su alto humor en la política cuando alzó su mentón y dijo:”La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”. Neruda no entendió. Ni el allendismo tampoco.

El fuego de la poesía es como el calor que se desprende de la chimenea familiar o de la mesa del comedor popular. Es como el encanto de las especies, condimento en la sopa comunitaria de la vida. Es la cena en la sede de la Sociedad de los Poetas Muertos.

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