A mí, en cambio, me parece normal y me parece hasta saludable que el conservatismo esté desempolvando banderas y agitándolas con la furia de aquellos tiempos monacales en donde mandaban ellos como acólitos favorecidos por los obispos que ejercían el poder desde los púlpitos dominicales y, si los dejaban, desde los despachos presidenciales también.
Están en su derecho. Los hermanos godos parece que han caído en la cuenta de que es en sus doctrinas en donde deben apoyar su fuerza, y no mendigando puestos públicos que es lo que llevan haciendo desde hace muchos años cuando dieron por perdida su fuerza electoral y se dedicaron a buscar el árbol que más sombra les diera. Ojalá el alboroto que han causado con la resurrección de la condena al aborto no sea un simple episodio que tenga que ver con la proximidad de unas elecciones, sino que, de veras, sea el comienzo de muchos debates sobre claras posiciones ideológicas.
Las fronteras de las doctrinas se han hecho ripio en Colombia por cuenta de los acomodos burocráticos. Partidos políticos que no son más que agencias de empleo, políticos que no son nada más que puesteros de oficio, usurpadores profesionales del presupuesto. Y caudas electorales borregas que no van a las urnas por lo que se piensa sino por lo que se promete. Tal vez, si el asunto es en serio, los conservadores asuman la defensa de lo que les corresponde, cinturón de castidad incluido, señores feudales incluidos, y en el país sepamos qué es verdaderamente un político de derecha.
Mucho mejor eso, creo, que tenerlos agazapados, viudos del poder muchas veces y, muchas veces, disparando desde las sombras. Mucho mejor, digo, tenerlos en debates abiertos, de cara al sol como alguna vez cantaron, porque eso es civilización política. No es retroceso. Que haya un partido político que de manera franca defienda, por ejemplo, el derecho de pernada, servirá para oír argumentos que a muchos nos podrán parecer caducos o ridículos, o caducos y también ridículos, pero que amplían los puntos de vista y ayudan a saber de qué lado claro está ese partido político. Y de qué lado no están todos los otros. Y todos nosotros.
Lo mismo, desde luego, con la izquierda, así sea absurda. Mejor tenerlos en la polémica que el monte. O en las tertulias hablando de democracia restringida, de los mismos con las mismas, de tirar la pedrada y esconder la mano. Que estén en sus curules participando en reflexiones y acentuando sus principios, es conveniente para la democracia que se construye con el debate de ideas, ojalá en escenarios beligerantes. La palabra dignifica, el revólver envilece.
No estoy diciendo hurra al intento de condenar el aborto, no lo estoy celebrando. Estoy lejos de esa postura, en la orilla de enfrente. Lo que abrazo es el debate. Prefiero partidos políticos ideologizados y no burocratizados. Que se la jueguen por sus banderas. Que no depreden la plata pública para engordar la clientela que les mantiene en el poder. Que no sean esa cosa amorfa, incolora e insabora de la Unidad Nacional, que es, ahora, la manera más diplomática y más santista --de Juan Manuel Santos--, de matar ideas, de tamizarlas, de negociar todo en nombre del consenso para dejar todo como estaba e intentar sembrar la impresión de estar haciendo algo sin estar haciendo nada.
