La indiferencia

21 de agosto del 2011

La anormalidad constante en la que ha vivido el país durante gran parte de su historia contemporánea e inclusive antes de ella, nos ha llevado a convertirnos en un pueblo vergonzante, incapaz de reaccionar ante el mal que los ilegales le hacen a nuestros conciudadanos; incapaz de sentir tristeza por nuestro presente y nuestro futuro, […]

La anormalidad constante en la que ha vivido el país durante gran parte de su historia contemporánea e inclusive antes de ella, nos ha llevado a convertirnos en un pueblo vergonzante, incapaz de reaccionar ante el mal que los ilegales le hacen a nuestros conciudadanos; incapaz de sentir tristeza por nuestro presente y nuestro futuro, dejando solos a aquellos que todos los días se levantan con la misión de protegernos y velar por la seguridad de nuestras empresas, de nuestras vías, de nuestras fronteras y de nuestros seres queridos. El soldado se está sintiendo solo, y cuando ello pasa, será el destino el juez de este gravísimo error cuando los efectos ya sean irreversibles.

Para lo que en otras sociedades es algo extraño de encontrar, como muertes de cinco policías en Tumaco por un acto aleve contra la población civil por parte de grupos ilegales; o el vil asesinato de cuatro militares en un penosa emboscada en las selvas del Yarí; o la quema de un carro y otros vehículos de servicio público en Caquetá; o el secuestro reprochable de candidatos en varias partes de la geografía nacional por parte de las Farc para influenciar, a través del temor, el proceso electoral que se avecina, u otros innumerables episodios producto de la sevicia y el sin sentido de estas organizaciones al margen de la ley, para nosotros se han convertido en el pan de cada día. A pesar de la reducción significativa de estos hechos por cuenta de la exitosa política de seguridad democrática, los colombianos no hemos disminuido nuestro umbral del dolor ni cambiado nuestra piel de piedra para sensibilizarnos con el dolor de todas las víctimas de este tormentoso conflicto y de las absurdas pretensiones y métodos de los violentos.

Sin embargo, nuestros soldados siguen ahí, donde nosotros necesitamos que estén, para cumplir su misión constitucional, legal y misional. Lo hacen con una entrega infinita, con un compromiso indeleble y con la convicción suprema de preferir entregar hasta su vida por todos nosotros, los ciudadanos indiferentes, apáticos y obtusos que no les reconocemos el lugar que les corresponde a estos silenciosos héroes de la patria. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo nuestros soldados estarán en la carretera para prevenir un vil ataque de los ilegales? ¿Hasta cuándo estarán en los filos de las heladas montañas cortándole el paso a las redes logísticas y financieras (ligadas al narcotráfico) de estas organizaciones? ¿Hasta cuándo estarán dispuestos a dejar sus familias por meses para desplazarse a rincones de la geografía nacional donde nadie va? Podría seguir infinitamente haciendo estas sencillas preguntas, cuya respuesta creo tener clara: ellos, nuestros militares y policías, seguirán ahí a pesar de todo y lo harán por el amor absoluto e inquebrantable por Colombia; lo harán a pesar de la indiferencia reinante; de la ingratitud permanente e inclusive de la persecución intolerable que muchos sectores adelantan contra ellos. Por eso son héroes anónimos y silenciosos de nuestra compleja realidad.

El problema es que no es suficiente, nunca lo será, que ellos sigan ahí, porque con un pueblo desagradecido como el nuestro será muy difícil acabar con los ilegales. He dicho muchas veces, en este espacio, que las guerras no la ganan los ejércitos sino los pueblos, y nuestra gente está empecinada en creer lo contrario, por lo que si no cambiamos y rodeamos a nuestros militares y políticas estamos condenados. Y eso implica ser sensibles hacia sus problemas y dificultades, pero también debería significar un rechazo público, masivo y contundente contra su muerte en actos heroicos del servicio.

Decía Burke que “lo único realmente necesario parea el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”, esperemos no sea el caso de Colombia. Por ahora es indispensable que rodeemos a nuestras Fuerzas Militares y de Policía, como una fuerza social contundente que imposibilite que los violentos sigan maltratando este complejo país.

Escolio: Recomiendo leer el libro “La Traición de Roma”, allí podremos visualizar que así como Roma traicionó a Publio Cornelio Escipión, Colombia puede traicionar a Álvaro Uribe Vélez en un acto de cobardía inadmisible. Ojalá no lo permitamos.

jafah2@hotmail.com
@javierflorezh

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