La industria pesquera, el demogorgon que invade la Antártida

26 de octubre del 2018

*Por David Harbour, actor de la aclamada serie Stranger Things.

La industria pesquera, el demogorgon que invade la Antártida

Recientemente, un amigo me contactó para involucrarme con una campaña llamada “Frog Aid”, que en español sería algo así como “Salvemos a las ranas”. El nombre de la campaña hace referencia al histórico recital a beneficio en Londres Live Aid, en 1985, donde bandas como Queen y U2 participaron. Mi amigo es un tipo grande y hace esas referencias anticuadas que los más jóvenes no recordarán.

En fin, le pregunto qué es eso de salvar a las ranas… ¿Qué parte vital juegan en nuestro ecosistema? Creo que vi algún documental… Él me interrumpe con entusiasmo diciendo: ¡nada!

Yo: sorprendido: “¿Nada?”

Él: “Bueno, no quiero decir que nada… pero la verdad no estoy seguro porque no sé si tienen relación con la vida humana.”

Yo, “Entonces, ¿por qué salvarlas?”

Él: “Pues, porque son ranas”.

Yo: “Sí, pero hay muchas cosas por las que podemos gastar recursos y tiempo que podrían impactar la vida humana de manera positiva. ¿Por qué recaudarías dinero si solo son ranas? ”

Él: “Pues porque… son ranas”.

Reflexionemos, el propósito de esta anécdota es en resumen que, El Mar de Weddell, en esencia el corazón del Océano Antártico, en tamaño, equivalente a cinco Alemanias, está desprotegido.

Al igual que en otras partes del planeta, las áreas desprotegidas pronto se verán afectadas por los aburridos esfuerzos corporativos, así como sucede con los villanos en una película. Buscan la forma de explotar y vulnerar eso que es bueno.

Entonces, en la Antártida, el villano se centra en la pesca desenfrenada de krill, donde la industria pesquera toma una enorme pajilla, la deja caer en el mar y absorbe la única cosa de la que se alimenta toda la vida silvestre: peces pequeños, parecidos a los camarones, llamados krill.

Foto: Cortesía Greenpeace

El krill, casualmente, también actúa como un gran sumidero de carbono, reduciendo drásticamente las emisiones de carbono con su popó, si su popó.

¿Y para qué lo hacen? Para la producción de unas pastillas de krill. Una píldora omega-tres, que puede que ni siquiera ayude con nada, pero que aún mantiene una industria modesta.

En este momento, los gobiernos de todo el mundo se reunirán en Hobart, Tasmania, para decidir si protegemos o no esta franja de mar en la Antártida.

Lamento aburrirte con el krill. Hay tantas otras tragedias de Shakespeare por ahí en este momento. Se está produciendo una crisis mundial de refugiados, el Presidente Trump publica un tweet para burlarse de la humanidad y admirar a los dictadores, tiroteos masivos alrededor del mundo que inundan los diarios y luego se llama al silencio, hasta que emerja el siguiente.

Y aunque parezca que estamos en una especie de grieta entre el lado nuevo y viejo de la historia, a veces todo parece solo fundamentarse en sensaciones. Pero hay algo que no: el krill y su popó y lo vital que es para nuestro ecosistema hoy.

Yo soy actor. Vivo por el drama. Y de primera mano pude vivir el drama de la Antártida, aunque ésta esté en un lugar lejano, difícil de encontrar y no esté muy conectada a mi vida en Manhattan y los gin tonics. Simbólicamente, la Antártida es la ramita de menta que acentúa este planeta, así como acentúa un buen trago.

Foto: Cortesía Greenpeace.

Entonces, ¿por qué debería importarte todo esto? Quizás no debería. Quizás la conservación es una especie de batalla perdida.

Es difícil pensar que vivimos en el mismo planeta en el que crecí en los años 80´. Hoy las tormentas son demasiado frecuentes e intensas y ni hablemos de la plaga de garrapatas en los Estados Unidos, se han vuelto tan poderosas que un paseo por el bosque puede ser la cosa más peligrosa que se hace durante todo el año. Estoy de acuerdo con Bill McKibben, el ambientalista estadounidense, que dice que vivimos en un planeta hostil y tenemos que adaptarnos. Y aunque estoy seguro que él no iría tan lejos como para decir que la conservación es una batalla perdida, igualmente supongamos que sí lo es. Entonces, ¿qué hacemos?

¿Nos mudamos de planeta y consumimos uno nuevo? ¿Construimos ciudades libres de ser consumidas por el aumento de las aguas? Necesitamos ingenieros más creativos y no conservacionistas. No pretendamos que salvaremos nuestro planeta si hacemos el Mar de Weddell la reserva natural más grande del mundo.

Mientras tanto, las emisiones de carbono son altas, siguen aumentando y nadie parece estar interesado en cambiar su estilo de vida para reducirlas.

Entonces, dejaremos que el mundo natural se vaya, y confiaremos en nuestros gurús de la ingeniería para que nos ayuden a superar todo esto. Tiremos la toalla en esta lucha, ya que hay otras causas más cercanas y queridas por todos nosotros. Tenemos una cantidad selectiva de rabia en nosotros, y la causa de la Antártida parece demasiado remota e insulsa como para gastarla. Lo entiendo.

No puedo enfurecerte con la situación que atraviesan los pingüinos. No puedo estimular tu ira. No soy bueno en eso y de todos modos los pocos a los que nos importa tenemos mucho que hacer. Igual me gustaría poder sorprenderte.

Lo que sí puedo decirte de primera mano es que la Antártida es una maravilla. Esa región y su feroz fauna es espectacular. Realmente deslumbrante y por eso no quiero volver nunca más, ojalá no lo hubiera hecho, porque me habría ahorrado mucho trauma en el estómago. Más que eso, es el mejor lugar no visitado. Es un lugar para maravillarse en la imaginación.

Por lo tanto, digamos que no tiene sentido. La maravilla de todo esto es que hay una oportunidad para que el mundo entero cree una obra de ficción, una obra de arte.

Para preservar este lugar frío, rico, porque, así como esa ramita de menta en tu gin tonic, la Antártida puede infundir sabor al resto de nuestro planeta.

Y así podemos maravillarnos un poco. Si la nostalgia ocupa tu alma, como lo hace para muchos, en una época sin teléfonos celulares, pantallas y horarios, cuando éramos niños, puedo ofrecerte una tierra en la que puedes maravillarte. Nunca necesitas saberlo, pero puedes saber que está ahí para ser maravillado.

O podemos ver estos lugares como lugares para ser explotados. Lugares para hacer píldoras de krill, píldoras que aliviarán sus temores a un ataque cardíaco porque comprar siempre nos hace sentir bien.

Esa me parece la elección. Esta tierra artística, efímera, imaginaria, que nunca visitarás, o algo más que tienes que comprar en una farmacia. Uno que puedes ver y tomar, aunque no tenga sentido y no tenga efecto; o una que no puedes ver, pero sí puedes sentir que está ahí fuera.

Seamos niños otra vez y soñemos, y hagamos algo divertido y tonto: como proteger algo que realmente no entendemos. Podríamos tener suerte y estar haciendo algo. Al menos es diferente.

Así que cuidado. Todavía hay tiempo de ser uno de los más de dos millones de personas que piden a los políticos que hagan realidad este Santuario del Océano Antártico.

No porque hará o no hará una diferencia. Sino porque actualmente existe un océano en el fin del mundo que no está lleno de plataformas petroleras y afectada por la industrialización. Está relativamente intacta esta zona. Tenemos la oportunidad de preservar su corazón y asegurarnos de que siempre siga siendo así. No porque sea útil, tal vez ni siquiera porque es lo correcto. Si no porque… simplemente es la Antártida.

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