La justicia prepagada

19 de junio del 2011

Ojalá hubiera sido una comedia o una ópera, géneros vivificantes, a veces ligeros a veces trágicos. Pero no. Lo de Álvaro Uribe la semana pasada resultó ser una mezcla de farsa y payasada, es decir, una obvia, previsible y sonsa puesta en escena de sus perversidades, cinismos y deseos. Zarzuela con coro de dinamita.

Desde antes de llegar a la Comisión de Acusaciones de la Cámara, era bastante previsible -por ramplona y obvia- su estrategia. No hay tal de que sean “tan” inteligentes. Son maliciosos, jodidos.

Y ahí estaba la farsa, en todas las acepciones: “obra de teatro breve, de carácter cómico o satírico, de mala calidad. Acción con que se pretende engañar a alguien u ocultar algo.  Pieza cómica breve, chabacana y grotesca.”

Farsa cuyo nodo central era sesgadamente evidente: salirse de su condición de sospechoso victimario y pasar suavemente a la de comprobada víctima. No solamente para confirmar que el ataque es la mejor defensa, sino para poner en escena el desafío del ¡y qué! Saco machete y tercio la ruana. El colega Ricardo Silva Romero lo sintetizó en una frase: “Qué extraño es ver cómo se siente de perseguida la gente de derecha en este país de derecha.”

Uribe aparecía muy a su manera excitado, nervioso, sanguíneo delante de sus amadas cámaras. Su síndrome de abstinencia mediático iba a tener un paliativo aunque fuera momentáneo. El libreto estaba aprendido, todo bien arreglado. A un histrión de su talla no le quedaba difícil el papel antagónico al suyo tradicional y se lanzó de una al escenario como víctima. La obra dependía de él, en una puesta en escena en la cual los coros y extras estaban concertados, en esta especie de justicia democracia prepagada que es la doctrina de la república del uribismo.

Y ahí la farsa (que de todas maneras es un género con alguna nobleza, elaborado y con dramaturgia compleja) se convirtió en payasada. El honorable Pin y la honorable Gata tomaron sus posiciones escénicas y el show cómico de la pobre víctima a quien no la dejan hablar, se instaló con la reiteración propagandística del obdúlico mensaje: pobrecito Yo el Supremo. Con graciosas mentiras que ocultaban realidades devastadoras.

Y el clímax de la gran payasada se dio cuando Uribe arguyó, en medio de una escena dada toda para que se luciera, con tele incluida y nosotros bien pendejos viendo esa patraña, que no tenía garantías en esas tablas de su Comisión de Acusaciones, que lo habían conminado al silencio (qué tal, en alguien que sufre de logorrea como él). No tenía garantías porque no eran suficientes tres jueces investigadores de su cauda. Cuando ni siquiera le faltaba otra garantía prepago, la certeza de su absolución.

De la payasada se regresó a la farsa en la cual los amigos del sindicado lo juzgan, a esa la víctima de Piedad Córdoba, un hombre inocente que  en la Comisión de Acusaciones de la Cámara tan solo tiene 242 procesos en su contra desde el año 2003.

Pero la payasada se puede convertir en la caída del trapecista si prospera la tesis de Germán Vargas Lleras de que la Cámara nombre magistrados investigadores independientes de los partidos, en este caso del tornasolado combo del uribismo. Ahí si la cosa se le puede poner trágica al Supremo.

Al final, como es usual, no pasó nada y Uribe terminó su payasada en la Séptima, con algunos calanchines avivándolo y hablándonos de su ilegal regreso en 2014, mientras que los medios poco o nada mostraban de centenares de personas gritándole improperios y rayando su antaño sin mella escudo de teflón.

Más tarde, en la noche de ese jueves,  continuaría la puesta en escena en otro teatro de operaciones. Bomba al lado del busto de Laureano Gómez. Tan fácil que era poner un petardito el día de la audiencia de Uribe para decir que el gobierno no controla la seguridad. Táctica conocida.

Tan avispados incluidas las autoridades. Esta vez sí detonaría la bomba en el busto, días después de que supuestamente las Farc no pudieran cometer el atentado. ¿A quién se le puede pasar sanamente por la cabeza que las Farc iban a tratar de poner una segunda bomba en el mismo lugar, seguramente súper vigilado tres el primer intento? Bomba de auto defensa. Que propaganda dinamitera tan burda y tan reconocible. Y nos van a repetir hasta la saciedad que Santos bajó la guardia, que las Farc, que la bomba, que la culebra, que Vargas Lleras. Todo para que  Uribe sea necesario en este complejo y bien armado libreto de la extrema derecha de la cual hablara el propio presidente Santos.

Tan fácil que era de esta sonora manera gritar con literal cortina de humo que la seguridad flaquea.  Dos pájaros de un solo bombazo. Fin de la escena del Congreso con un Uribe cada vez más necesario, según ellos, claro, porque la gente cada vez come menos de esa carreta. Porque la memoria de “atentados” o más bien auto bombas como la de la Universidad Militar, está fresca.

El gobierno de Santos, desde la legitimidad que le da su labor de ir reforzando las instituciones briznadas por el anterior régimen, debe sacudirse de una vez por todas de la ofensiva uribista y aceptar la oposición de la extrema derecha y confrontar al uribismo. Tarde o temprano tendrán que asumir que no se la pueden dejar montar más. Nuevas conciliaciones aumentarán la debilidad del Gobierno para dicha del  uribismo cerrero. Si Santos no “para el macho” tendremos más farsas y payasadas con olor a explosivo Indugel.

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