La paz por caminos civilizados

11 de noviembre del 2010

Las violaciones y asesinatos de decenas de menores en Arauca por oficiales y tropas del Ejército me llevaron a escribir el tríptico sobre la guerra que termino con esta nota.

La degradación de la sociedad no se mide tanto por lo que hacen degenerados al margen de la ley, como por lo que hacen depravados bajo la protección del Estado.

Los ultrajes son comunes en este país hace siglos. Desde la conquista y la colonia hasta la república. Colombia es teatro de degradación y la fuerza pública ha sido importante en la orgía del terror. De lo bueno no hablemos, no ha sido suficiente, y es de lo que se habla a diario.

Todas las generaciones de colombianos hacen la travesía de sus vidas en medio de la violencia. El ejercicio regular de matarse no pierde ritmo. Crímenes atroces se suceden unos tras otros disfrazados de heroísmo y de gloria, o de simple infamia. Degeneración trasvestida de política de Estado o pretexto para enriquecerse o sobrevivir.

Mientras la economía funciona como si nada y se echan sermones y se hacen constituciones, se va matando, se viola, se desaparece, se desplaza, se arrebata con esmero.  En esa cotidianidad esquizoide se intercalan el trabajo y el ajetreo de matones que van y vienen consagrados a su aberración.

Hay quienes creen que ganan su guerra. Los políticos y sus Generales alardean  triunfalistas ¡Qué va! Las violencias siguen ahí. Mutan, no ceden.

centurias de carnicería. No saben que las guerras no las gana nadie, todos las pierden. Los que las ganan y los que las pierden. Destruyen, envenenan, degeneran. Las guerras desembocan en otras guerras con otras consignas, de revancha en revancha.

En la historia de la humanidad desaparecieron o se marchitaron civilizaciones deslumbrantes en el trajín de guerras a las que no dieron la necesaria trascendencia. Guerras que hicieron con arrogancia y que consideraron indispensables, inobjetables. Lo peor vino después. Los cimbronazos a sus ciudades, a sus instituciones, a sus economías, a su población, al final sepultaron en las batallas esfuerzos seculares de la inteligencia, del ingenio, del arte, de la ciencia, del trabajo. Las guerras envilecen, derrumban. Eso lo sabe la historia y lo debieran aprender los colombianos.

Pero si el designio es seguir peleando, al menos que se haga algo para que no muera la memoria. Es el encargo de los que escriben de paz. Decir, esto aconteció, ocurrió allí a aquellas personas, tal día en tales circunstancias. No puede olvidarse ni quedar impune. Y agregar, aunque sea sin convicción, nada parecido debe volver a ocurrir jamás.

Informaron periodistas serios que el General Padilla recibió en su retiro condecoraciones en oro macizo que costaron al erario más de cien millones de pesos. Son pompas de este carnaval de lo absurdo.

Mientras los derroches de la guerra cuestan más del 12% del presupuesto nacional, en la justicia se invierte sólo el 2%. Es la escala de valores de la incivilidad.

Inolvidable el Ministro Rivera cuando informaba de combates que dejaron alrededor de 30 cadáveres en los que según dijo, la única baja lamentable fue la de la perrita caída en su oficio de rastrear minas.

El General condecorado y el Ministro compungido son caricatura de esta guerra que consume la razón. En esas y parados sobre más de 3000 “falsos positivos”, más quién sabe cuántos menores violados y asesinados por miembros de la fuerza pública, expresan la frivolidad y el cinismo con que se asume en la cumbre la tragedia de las violencias.

Como siempre, hay qué reclamar que se busque la paz por caminos civilizados. Por la razón, no por la fuerza. Si eso no tiene futuro, Colombia no tiene futuro.



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