La pensión, para qué?

25 de febrero del 2011

“Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará”   Agatha Christie

Hay un alboroto en el café de mi barrio. Bueno, “el café de mi barrio” es mucho decir: es una tienda de esquina a la que acudimos puntualmente los cuatro pelagatos jubilados que aún podemos salir de casa por nuestros medios y pagar un café. El alboroto es por la propuesta de aumento en la edad de jubilación. Y somos nosotros, los viejos de hoy, los que protestamos. De algo nos tenemos que ocupar. Y qué mejor que de un tema que ya conocemos: la pensión. En realidad, es nuestro único tema. Antes era el de conseguir un puesto.

Yo no sé porqué tanto alboroto, si eso de una pensión “decente” es ya, como muchos sueños de mis nostalgias, parte de un pasado que nunca fue. Una pensión basada en la legalidad del empleo formal. Yo me pregunto, ¿qué tan decente puede ser una pensión del 65 por ciento de un salario mínimo, en la peregrina idea de que alguien hoy pueda cotizar durante 25 años como empleado, en un país en el que la única estabilidad laboral depende de la aberrante tercerización? ¿En un país en el que el salario mínimo es de 535.600 pesos  y la tasa de desempleo del 11,8 por ciento?

¿Qué tan decente puede ser una pensión en un país en el que el 60 por ciento de los trabajadores está excluido de cobertura de seguridad social en pensiones? ¿En donde el 48 por ciento de todos los trabajadores ganan menos de un salario mínimo y, de éstos, un 29 por ciento devengan menos de medio mínimo? ¿En un país donde los el 72 por ciento de los campesinos son trabajadores informales que ganan menos del mínimo y no tienen seguridad social? ¿En un país en el que la informalidad es el 58 por ciento de la fuerza laboral, es decir 5 millones de colombianos, y de estos, 4 millones no tienen seguridad social y el 44% gana menos del mínimo?

¿Qué tan decente puede ser la pensión de los trabajadores independientes, que además de cargar con todos los riesgos, deben asumir la totalidad de la cotización, el 16 por ciento de sus ingresos? Todo esto contando con que los fondos de pensiones, públicos o privados, sean viables con los compromisos que ya tienen y los que se les vienen encima por una cada vez más amplia población de viejos y una cada vez menor población de aportantes. Los jóvenes y mujeres son los desempleados más numerosos y a la vez los de mayor expectativa de vida. Una masa de fuerza laboral cuyo destino más probable es el sector informal. Colombia es el país con el más alto índice de desempleo entre personas de 18 a 24 años de edad, con una tasa del 24por ciento. Y es uno de los países con mayor índice de desocupación entre las mujeres: 14,8 por ciento.

Mis amigos me dicen que soy pesimista. No es pesimismo: es deseo de que las cosas cambien, pero de verdad. Ellos, los optimistas, lo son porque están conformes con lo que hay, creen que haber conseguido una miseria de pensión después de matarse trabajando toda la vida, sin haber tenido las oportunidades de mejorar que dan la educación, la distribución de ingresos justa, planes de salud preventiva, la posibilidad de enriquecer nuestras vidas en la práctica de deportes, actividades intelectuales, manuales, artísticas, en el supuesto de que hubiéramos tenido tiempo de ocio. Todo lo que yo conseguí al pensionarme fueron callos en mis manos de tanto bultear, tragando tóxicos, lesiones en mis articulaciones y dolores tan variopintos que el día que amanezco sin algún dolor, me preocupo: creo que estoy muerto.

Lo duro de la vejez no es la edad: la vejez nunca viene sola. Si se llega a viejo como yo, un pobre de salario mínimo que tuvo que aguantar tanto en la vida, violencias de todo tipo, conflictos armados, injusticia, ignorancia, miseria, explotación, abandono por parte de las instituciones que debían protegerme; la desigualdad entre unos pocos ricos cada vez más ricos y nosotros cada vez más pobres, la corrupción de los políticos en quienes confié, no haber podido darles a mis hijos lo que dicen que todo padre debe darles… La vejez no sólo enferma el corazón, nos lo endurece. Nos volvemos intolerantes, impacientes, repetitivos. Insoportables. No sólo nos somete a la tiranía de las limitaciones físicas, sino a la mayor tiranía: la de nuestros insignificantes hábitos. Chocheras, dicen mis nietos.

Digo, si se llega a viejo como yo, lo de menos es si me pensiono a una edad o a otra. Lo que de verdad importan son las condiciones. Nos pasamos toda la vida guardando tres centavos empapados de sudor y frustraciones dizque para asegurar la vejez, cuando ya no podemos hacer nada para enriquecer nuestras vidas con algo verdaderamente importante: serenidad, armonía, sabiduría. Pero hoy sé que para llegar a ser un viejo sabio, primero hay que ser sabio. Por eso les digo a mis hijos, sean lúcidos a tiempo. Los viejos ya no lo fuimos.

Mis amigos han creído la cháchara de la vejez como época “dorada”. Yo creo que es una enfermedad inevitable que termina en muerte segura. Se llaman “jóvenes de espíritu” y yo creo que es justo cuando decimos “nunca me he sentido tan joven”, cuando de verdad ya somos viejos. A mí no me parece malo eso de ser viejo, ahora ni le dicen así. “Adulto mayor”, negación tonta de quienes persiguen la eterna juventud. Nada más ridículo que un viejo actuando como joven, ni más triste que un viejo que se resiste a serlo. Yo, en cambio, quisiera haberme sabido viejo aún desde cuando trabajaba en la fábrica: entre más pronto uno se haga viejo, puede uno ser viejo mucho tiempo. Trabajando, sintiéndome útil, pero también reconociéndome como alguien cuyo ciclo vital ya no está en lo más alto y preparándome bien para el descenso. Sin tragar entero una idea futura de edad dorada, sino un presente rico en vivencias y aprendizajes, exigiendo mis derechos en la forma adecuada. No hay joven que no pueda morir mañana, ni viejo que no dure aguante noventa…

Anclado en el pasado, los recuerdos lejanos son los únicos que me acompañan, el día de ayer se olvida para recordarme que ya no soy de este tiempo. Y olvidé que, por haberme ocupado toda la vida de lo urgente y por ausencia de oportunidades, nunca pensé en lo importante. Nunca cultivé eso que llaman hobbies ni vida interior. Nadie se prepara para convivir solo, consigo mismo, nuestro único seguro en la vejez. Ante el abandono de una seguridad social integral justa, cien años de soledad son demasiados.

El error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio del ayer” Epícteto

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