La rendición de cuentas del nuevo humanitarismo

9 de noviembre del 2010

En el mundo de las Organizaciones no Gubernamentales (ONG) y de la cooperación internacional se enfrentan muchos dilemas éticos, que no sólo tienen que ver con su condición de ser agentes de la sociedad civil, sino también, con unos intereses muy plurales y diversos, lo que hace más delicado el trabajo con las comunidades. No basta con las condiciones difíciles a las que muchos trabajadores humanitarios se ven sometidos en contextos de guerra o de emergencia extrema. A esto habría que sumarle todo el desgaste de la famosa rendición de cuentas que llega con la tecnificación de los donantes a partir de los años 90’s, donde no son la empatía y la confianza  las que orientan el obrar solidario, sino los resultados traducidos en indicadores de gestión e impacto.

Una tendencia marcada en el sector solidario -de la ayuda humanitaria o de la cooperación al desarrollo-, es que las ONG locales corren el riesgo de convertirse en paraestados o simples contratistas de los donantes; como receptoras de recursos del Estado o de subvenciones internacionales, el accionar de las ONG queda sumido a una disputa de recursos cuyo primer objetivo es aumentar la cuota de participación en proyectos.

Por su parte, el obrar ético de los trabajadores humanitarios se encuentra en la cuerda floja. Los trámites de rendición de cuentas cada vez les exigen más a las organizaciones y a su talento humano, sin darse cuenta que en el fondo lo que se promueve no es la transparencia, sino por el contrario, una cultura del atajo, de la ilegalidad, del todo vale con tal de cumplirle al donante en sus tiempos y requerimientos, y así lograr la sostenibilidad administrativa que tanto aqueja al sector solidario. Las ONG nacen para servir a una misión, pero caen en el error de priorizar con su iniciativa su propia supervivencia. Estas se olvidan del fin último que les dio origen en su afán por los medios.

Muchos de los procedimientos exigidos  por los diferentes donantes para su proceso de rendición de cuentas (validación de gastos de transporte y alimentación, procesos de selección de contratistas, múltiples cotizaciones, facturas, indicadores de impacto y de gestión) desbordan las capacidades de las ONG locales y de las realidades de las comunidades beneficiarias de los proyectos en los países en vías de desarrollo, alejándose así de fortalecer el capital social de los países a quienes supuestamente benefician con esta ayuda. El debilitamiento del capital social se traduce en sociedades que burlan los mecanismos de rendición de cuentas, que son dependientes y que carecen de creatividad para formular sus propias políticas de desarrollo.

Entonces, ¿qué significa rendir cuentas? ¿A qué le apunta la cooperación internacional al exigirle al sector de las ONG locales estos requisitos? Puede un trabajador humanitario lidiar con este dilema y ¿qué otros desafíos le supone a su trabajo? Tal vez la respuesta a estos interrogantes no sea tan fácil, pero es una invitación a revaluar con disciplina los mecanismos con los que se trabaja en el sector solidario, empezando por el talento humano que como motor de estas instituciones acompaña, sirve y asiste a las comunidades más vulnerables. Estos interrogantes nos recuerdan que las ONG tienen un fin, y este fin debe superar los retos que hacen tambalear la independencia de su accionar. Se hace un llamado tanto a donantes como al sector de las ONG a reivindicar las buenas intenciones y los lazos de confianza que dieron origen al sector solidario, un llamado a los orígenes del humanitarismo.



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