La revancha de las regiones

4 de mayo del 2012

Una frase de cajón es aquella según la cual “Colombia es un país de regiones”. La geografía de nuestro país —no siempre fácil y colaboradora— tiene la enorme ventaja de definir con mucha claridad las zonas regionales. Estas regiones existen, tienen sus particularidades climáticas, económicas, musicales, gastronómicas o lingüísticas por no mencionar sino algunos de […]

Una frase de cajón es aquella según la cual “Colombia es un país de regiones”. La geografía de nuestro país —no siempre fácil y colaboradora— tiene la enorme ventaja de definir con mucha claridad las zonas regionales. Estas regiones existen, tienen sus particularidades climáticas, económicas, musicales, gastronómicas o lingüísticas por no mencionar sino algunos de los factores diferenciadores.

La diversidad regional, que es una de nuestras riquezas desaprovechadas, quedo subsumida por el centralismo de la Constitución de 1886. Para lograr el orden luego de décadas de conflictos regionales, se impuso un centralismo extremo como única alternativa al caos institucional que había generado el federalismo. El centralismo es entonces un ciclo de nuestra historia que trajo la paz y la prosperidad hasta que terminó asfixiando el desarrollo de las regiones. El primero que entendió que el centralismo era un obstáculo político fue Álvaro Gómez Hurtado, al proponer la elección popular de alcaldes en 1984. Esta reforma fue el primer paso hacia una Colombia menos centralizada.

La Constitución de 1991 quiso desconcentrar el poder pero, como sucede con frecuencia en Colombia, lo hizo sin planeación ni secuencia lógica. Los departamentos, entes endebles y frágiles, quedaron desbordados por las responsabilidades que el nuevo orden constitucional les asignaba. Los municipios adquirieron también una serie de funciones para las que no estaban preparados ni contaban con los recursos para financiar. La historia de esta descentralización fallida se refleja en un preocupante fenómeno de corrupción y desgreño administrativo. El epíteto de este proceso es el despilfarro de las regalías desangradas por verdaderas mafias de políticos, contratistas, paramilitares y gobernantes. La descentralización, en lugar de cerrar las brechas entre las regiones, ha aumentado las diferencias entre los departamentos ricos y los pobres. Antioquia es cada vez más próspera y Nariño más pobre. Cundinamarca avanza y Sucre retrocede. Risaralda mejora y Putumayo se sume en la pobreza.

Que hayamos fracasado en el proceso de descentralización no quiere decir que las regiones no sean importantes para el país. Es verdad que el régimen departamental debe ser superado por una estructura regional que permita el desarrollo de proyectos más ambiciosos. ¿Qué tal un ferrocarril que uniese Riohacha con Montería? ¿Soñar con un verdadero puerto en el Pacífico que sirva como polo de desarrollo y nos comunique con el Oriente es imposible? ¿Por qué no integrar las autopistas fluviales de la Orinoquía y la Amazonía? Para desarrollar este estilo de proyectos se requiere concepción regional, visión de mediano plazo y voluntad política, algo que la miopía de los liderazgos locales parece no entender.

Las regiones existen todos los días así el Estado no las reconozca. Las regiones son la única forma de integrar un país desarticulado por la geografía, los intereses localistas y la mezquindad de la tecnocracia centralista. Colombia es sin duda un país de regiones que no existen sino en la mente de quienes viven y pertenecen a ellas.

El día que entendamos que el futuro de Colombia pasa por reconocer y fortalecer nuestras identidades, habrá llegado el momento de la revancha de las regiones.

representante@miguelgomezmartinez.com

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