La solidaridad con Haití, un deber de la humanidad

12 de enero del 2011

Hace un año me encontraba enfrascada en la lectura de un gran libro de Isabel Allende “La Isla bajo el Mar”, en el cual se describen, con rigor histórico y literario, los horrores del trato a los esclavos por los colonizadores franceses, cuando me atropelló la noticia, que transmitían  los canales de televisión, sobre el terremoto de Haití. El saldo de este terrible suceso fue de más de 320.000 muertos y 300.000 heridos, un millón y medio de personas sin hogar.

Esta nación creada por esclavos insurrectos no ha levantado cabeza del terremoto, la reconstrucción no avanza, sólo el 5% de los escombros ha sido retirado, y hoy la asedia una nueva tragedia: el cólera, que ya ha cobrado la vida de 3.651 personas. Y lo que es peor: existe la percepción a nivel mundial de que las instituciones políticas de Haití no están preparadas para enfrentar catástrofes como el terremoto.

Pero cómo podría enfrentarse hoy esta profunda crisis cuando antes de la catástrofe la situación del País era ya crítica: el desempleo llegaba al 70% y la pobreza afectaba al 80% de la población. Y según Unicef, antes del sismo, sólo la mitad de los niños accedía a la educación primaria, una quinta parte llegaba a secundaria y sólo el 2% se graduaba; uno de cada cinco, entre 5 y 14 años, trabajaba. Históricamente Haití es uno de los países más desiguales en materia de ingresos, la mitad de la población, antes del terremoto,  vivía con menos de un dólar al día.

Las páginas del libro de Allende contextualizan la lucha de valientes africanos que se rebelaron contra la esclavitud a que los sometieron los europeos, mientras en Estados Unidos se luchaba por la independencia de los ingleses y mientras en Francia se publicaban los Derechos del Hombre. Pero Haití pagó caro su lucha libertaria, pues Francia le cobró una gran compensación económica y Estados Unidos le cerró su mercado, y además debió sufrir agresiones militares de franceses, ingleses, alemanes y estadounidenses.

Y es que la mayor crueldad que se puede tener con un pueblo es el desarraigo de su tierra, de su lengua, de sus costumbres, además del maltrato. La crueldad de un capataz es descrita de manera cruda por Allende: “Producir, producir, producir hasta el último aliento, que no tardaba demasiado en llegar, porque nadie hacía huesos viejos allí, tres o cuatro años, nunca más de seis o siete.” Es que, según este personaje, “era más rentable reemplazar a los esclavos que tratarlos con consideración; una vez amortizado su costo convenía explotarlos a muerte y luego comprar otros más jóvenes y fuertes.”

La vida de esta población negra se resumía en tres palabras: látigo, hambre, trabajo. No obstante, ni la vigilancia ni la represión más brutal les impedían escapar de los blancos. Es que la codicia y la agresividad de los europeos no conoció  límites: ya  los habitantes nativos de la Isla,  los arahuacos, habían sido acabados por los conquistadores españoles en cincuenta años.

El pueblo de Haití, segundo en proclamar su independencia en América, hoy se debate en una crisis generalizada, las ayudas prometidas por la comunidad internacional no han sido desembolsadas en su mayoría y la Comisión Interina para la Reconstrucción ha sido lenta en sus decisiones. Es hora de que todos los países, y en especial aquellos que contribuyeron a la pobreza y a la expoliación de este territorio y de sus gentes, acudan de manera decidida a su reconstrucción.

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