La venganza es dulce

1 de marzo del 2011

Jdate.com, mi sitio para conocer paisanos míos, está repleto de sorpresas. Viendo que las fotos de mis rivales en edad eran viejas y desenfocadas,  resolví  tomarme fotos en estudio, con resultados asombrosos. Me convertí en la mujer más popular del sitio. Un escote, mirada pícara y sobre todo photoshop me convirtieron en una coqueta de pelo negro y exótica, por ser colombiana.

Mike, de Chicago, me escribió y nos caímos bien. Estaba pendiente de un arreglo judicial que lo convertirtiría en millonario, llenando uno de los principales requisitos para decidir casarme otra vez. Me llamaba con frecuencia a Nueva York donde yo vivía  y teníamos conversaciones muy divertidas.

Mike estaba planeando una visita a NY, durante la cual por fin nos conoceríamos cara a cara. Pero poco antes del viaje, tuvo que cancelar sus planes y me preguntó si estaba dispuesta a conocer a su amigo Jonathan, su compañero de viaje. Me aseguró que Jonathan era un millonario en finca raíz, por lo que acepté encantada.

Me puse el escote, vestidito negro y sandalias. Nos encontramos en un restaurante. Jonathan era algo feo: bajito (bueno, yo también soy enana), barrigoncito (bueno, yo también estoy pasada de peso), algo calvo (factor que no me importa) y barba candado (que feo). La velada fue muy divertida. Después de la comida fuimos de un bar a otro,  hasta las  dos de la mañana. Jonathan me invitó a su apartamento a lo que dije no. Las dos noches siguientes lo mismo: restaurantes de platos de 100 dólares e ir de un bar a otro, rechazando ir a la cama. Lo que si quedó muy claro es que Jonathan si tenía dinero. Era presidente de una compañía inmobiliaria, la más grande del Midwest. Había estado casado  veinte años, llevaba cinco divorciado y el producto eran dos hijas.

Cuando regresó a Chicago me empezó a llamar día de por medio religiosamente. No todos los días, pero si día de por medio. Que extraña lógica. De pronto así se sentía menos comprometido. En esas épocas yo tenía un tinieblo que se la pasaba en mi apartamento porque no tenía más que hacer. Separado de su mujer, desempleado, pero simpático. Para mi el no representaba nada, solo compañía en una ciudad tan desangelada como Nueva York. Le conté a Jonathan sobre la existencia del tinieblo y el también me confesó que vivía con una “novia”. Asunto olvidado, quedamos 1 a 1.

Jonathan comenzó a visitarme cada seis semanas. Venía a NY, se quedaba una noche y se iba al día siguiente. Me rebelé y le dije que me consideraba maltratada. Ahora se quedaba dos noches. Pasamos un fin de semana en la Florida. A su regreso, más llamadas y entusiasmo de ambos lados. A fin de año se fue a Hawaii con sus dos hijas adolescentes. Me trajo una cadenita de plata, pero se le olvidó quitarle la etiqueta: veinte dólares. Yo no lo podía creer, pensé que era una equivocación, que eran 200, pero no, miraba y miraba la etiqueta, eran sólo veinte dólares.

Después de su viaje a Hawaii me invitó a Las Vegas. Las Vegas no es exactamente el sitio que yo escogería para pasear, es un Disneylandia para grandes. No juego y todo está hecho para turistas. Hasta las plantas son artificiales. Pero nos alojamos en el Bellagio y pasamos delicioso. Jonathan no jugó en el casino y se dedicó a pasearme por todos lados. Fuimos a espectáculos, entre ellos el primer show de striptease que yo haya visto. Una estriptisera me dijo que le gustaba mi vestido y que yo era muy bonita. Jonathan le dio una buena propina.

Después viajé a Atlanta y Jonathan también apareció. Otra luna de miel de tres días. Jonathan gastaba y ambos disfrutábamos. Volví a Nueva York y ya casi íbamos a cumplir un año de nuestro noviazgo a larga distancia. Sin embargo, algo no me cuadraba. Jonathan evitaba el tema de su tiniebla, cuando yo ya había acabado con el mío. Nunca hablaba de su vida personal,  por lo que no había una verdadera intimidad. Yo estaba planeando mudarme a Atlanta y Jonathan me apoyó en la idea, en lugar de decirme que me fuera a vivir a Chicago.

En el siguiente encuentro le puse el ultimatum: o me decía que estaba pasando o no me vería nunca más. ¿Resultado? Pues obvio, Jonathan está casado en su segundo matrimonio. El primero duró quince años y una hija y el segundo cinco años y otra hija. Por lo menos dijo la verdad cuando afirmó que había estado casado por veinte años.

La venganza es dulce. Por medio de internet encontré el nombre e email de su esposa. Resultó ser una mexicana que enseña español en una universidad. Le mandé un email en esta tónica:

  1. Jonathan lleva un romance conmigo por un año.
  2. Sé que no soy el único affair que ha tenido, puesto que por las conversaciones que tuvimos lo puedo deducir.
  3. Creo que en este momento está viendo a otra persona además de mí, ya no me llama con tanta frecuencia.
  4. Favor decirle a Jonathan que use protección para no que la vaya a contagiar de una enfermedad venérea.

No recibí respuesta. En Navidad les mandé un regalo a ambos: la cadenita de veinte dólares y una camiseta de los Hawks que Jonathan me compró en el estadio y que nunca usé, al punto que todavía tenía la etiqueta del precio. La tarjeta que acompañaba el regalo decía lo siguiente: “Queridos Jonathan y esposa, les mando estos regalos que Jonathan me dio y a mí no me sirven. Como es Navidad pueden regalarlos a otra persona o donarlos a una caridad y así consiguen un descuento tributario”.

Todavía guardo el recibo del correo certificado firmado por la mujer de Jonathan. Es mi trofeo de guerra.

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