Las dádivas

14 de abril del 2011

Hace unos días un millonario rumano pagó en París casi medio millón de dólares por los manuscritos de las obras en lengua vernácula de Emil Michel Cioran, con el fin de regalárselos a la Biblioteca de Bucarest. En otros países los ricos no tienen empacho en donar obras de arte, documentos y bienes patrimoniales que, según su leal saber y entender, deben estar al alcance de las comunidades para su conocimiento, estudio o simple solaz. Basta entrar a cualquier museo importante para observar que las salas llevan el nombre de los patrocinadores o un sinnúmero de objetos entregados por magnates que, además de querer figurar, saben conjugar el verbo cooperar. En la ópera de Nueva York, por ejemplo, es usual que tal o cual familia, y no de las más conocidas, obsequie una puesta en escena, con todos los perendengues, que pasa a hacer parte del acervo del teatro.

Por estos lares la situación es bien distinta aunque haya honrosas salvedades: sería injusto soslayar la generosidad del Grupo Santo Domingo que, amén de tener en funcionamiento una fundación, realizó un impresionante aporte para dotar a Bogotá con el magnífico teatro que lleva el nombre de don Julio Mario; o no reconocer los auxilios de los Sarmiento Angulo para la Universidad Nacional, o dejar sin registrar la entrega de la colección de arte de Fernando Botero para disfrute de la ciudad. Sin embargo, aquí cuesta mucho más que en otros lados conseguir fondos para la cultura; por el contrario: a pesar de disponer en lo personal de recursos más que suficientes, algunos gestores llegan a extremos asombrosos de mezquindad como, en aras de promover la cultura, lucrarse con las fundaciones mediante sueldos cuya longitud resulta una carga exagerada.

Cabe la posibilidad de que aquí no existan opulentos, distintos de unos pocos, con la suficiente conciencia como para compartir algo de su patrimonio con una sociedad que, en una paradoja, le ha permitido obtenerlo. Valga recordar un caso insólito: un tratante de arte, con dinero a rodos, se topó con una de las obras más significativas de un gran pintor colombiano,olvidada en un anticuario internacional, y la compró por unos cuantos dólares que, por arte de birlibirloque, se centuplicaron cuando se la ofreció al Museo Nacional. La institución, a pesar de que hizo pingües esfuerzos, no logró conseguir la suma que exigía el comerciante por el cuadro, que tuvo que abandonar la sala donde se hallaba en depósito. Cierto personaje ofreció comprar la obra y, tras una fiesta para exhibirla, le puso conejo al vendedor y se la devolvió; por suerte, un prestigio club social se quedó con ella y así se salvó la pintura de caer quién sabe en dónde. La incongruencia estuvo en que el pago fue mucho menor de lo que se le exigía al museo. Un ejemplo de ambición y de ninguna consciencia patrimonial. A su turno, unos originales de García Márquez que se subastaron en España no encontraron ningún colombiano que los comprara, por poco dinero, paradonarlos a alguna institución pública.

Claro que a los entes culturales, también hay que decirlo, les falta pispicia cuando de atraer a los mecenas se trata. Pocas veces tienen en cuenta que hay que dar los créditos que los donantes persiguen y apenas suelen registrar los nombres en letra menuda. No hace mucho una dama de caudal bien habido le ofreció a un organismo un suma importante a cambio de que bautizaran la sala de exposiciones con su nombre. Las directivas, en vez de evaluar la propuesta, de subir la tarifa si les parecía del caso y de establecer un tiempo límite, se rasgaron las vestiduras, se volvieron más papistas que el Papa y se negaron en aras de una dignidad mal entendida. Es menester tasar aquello de que se dispone, entender que nadie da nada por nada y, desde luego sin hacer concesiones de índole moral, hacerse cargo de que la cultura es un sujeto de oferta y demanda. Ojalá los gestores culturales fueran capaces de hallar mecanismos para estimular la generosidad, y que los tocados por la diosa fortuna comprendieran que la largueza rinde pingues beneficios cuando se construye nación.

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