Las mesas de trabajo

24 de marzo del 2011

No fue hace mucho que a lo que siempre se le llamó equipo de periodistas o grupo o redacción, empezó a ser denominado Mesa de Trabajo, un término hecho mejor  para describir la belleza del sitio de la ebanistería o el de la precisión de la relojería o el del arriesgado oficio de la repostería, pero que aquí comenzó a ser usado para el periodismo, y pegó y se reprodujo como un virus a la velocidad de la amibiasis.

Una muletilla más. Imagino que quien primero la usó fue uno de esos personajes diestros en responder entrevistas, de esos que alza la mano y la voz para saludar y dice Quihay de vainas mi doctor ilustre, que no quería individualizar su saludo porque quedaba bien con uno y regular con los otros cuatro, y entonces se iluminó con esa generalización clamorosa de un saludo a la Mesa de Trabajo que abarca a este y a aquel y al de más allá.

Una muletilla más, dije, digo, con la particularidad de ser impuesta esta vez por los oyentes, quizá como una represalia de quienes desde el otro lado de los micrófonos han tenido que soportar por centurias la tiranía de frases de cajón que ya huelen a naftalina. Que a eso huele ya aquello de Está para alquilar balcón y a eso huele también aquel protocolo inocuo de Con todo respeto, que se usa para el vano intento de ponerle irreverencia a la insulsa pregunta de cuál es el gentilicio de los nacidos en Abriaquí. Por ejemplo. Y por exagerar, con el debido respeto.

En fin. No me adentro en entresijos semióticos que me sobrepasan y no me convertiré en el arqueólogo de aquel origen porque tampoco es para tanto, pero ya llegado al punto de tocar las llamadas  Mesas de Trabajo de la radio me dejo vencer por la tentación de hablar de ellas porque puedo hacerlo y porque nada me cohíbe, ni siquiera el haber estado hasta hace meses en uno de esos equipos, lo que me enaltece; y de sentir gratitud por la cadena que me albergó durante años, lo que me ennoblece.

Empiezo por ahí, por Caracol, cuyos índices de audiencia han pasado del liderazgo casi al monopolio. Hablo solo de la radio hablada y me apoyo en las encuestas cuya metodología y periodicidad se han ido perfeccionando al punto de que ya resultan irrefutables. La principal razón de ese acaparamiento de Caracol es la de una marca poderosa, nutrida desde su origen por una multitud de talentos que hoy son leyenda de la radiodifusión. Una marca alimentada así, ha producido que la audiencia la haya identificado siempre con la radio y con ninguna otra actividad industrial, lo que le ha generado una fidelidad sin declives, y la certeza sin fisuras de que cuando en Colombia se habla de Caracol se está hablando primero de radio, de la misma manera que cuando se habla de Manuelita se está hablando de azúcar.

La solidez de la marca la mantiene hoy una programación que lleva a los oyentes de un programa a otro en una verdadera cadena. No hay guetos allí. Por eso la mayoría de los programas de Caracol son primer lugar de sintonía, empezando, como es obvio por su hora, por el espacio de las mañanas. Si no se arranca duro al amanecer será muy difícil levantar la audiencia en el resto del día y la ventaja que Caracol le lleva a los otros es enorme.

Darío Arizmendi, a la cabeza ¿de la Mesa?, a la cabeza del equipo de las mañanas, está pasando por el mejor de sus momentos después de muchos años de oficio y después de varios años en los que se le atacó el quebranto de su credibilidad. Pero supo estarse y hoy ha conseguido un lenguaje más rápido del que ha logrado limpiar, sin erradicar, cierta pátina untuosa. Además ha declinado protagonismos y por eso brilla su grupo en el que sobresale Gustavo Gómez quien no es el futuro de la radio sino mucho más que eso; Camilo Durán, preciso en sus informaciones financieras y quien ilumina más cuando usa analogías; Diego Senior, el corresponsal en Nueva York, incansable y extraordinario; César Augusto Londoño a quien se le perdona que todo aquello que le gusta lo reduzca a la insustancial palabra chévere y que le diga Eriquita a Erika Fontalvo, quien en el grupo es clave por la información que da, aunque lo haga en ese tono de melodramatismo que hace recordar que hubo una época en la que existieron las radionovelas.

Se acabó el tiempo. Me quedan por decir todas las otras Mesas. La del inmodificable Julio, la del incombustible Peláez, la del emancipado Néstor y, desde luego, las de RCN cuyos esfuerzos siguen y cuyos resultados también, pero esquivos, empezando por la coja Mesa de Francisco Santos. Volveré después de comerciales, en mi próxima Kienyke.

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