Lo que dicen las encuestas

Mié, 06/07/2011 - 23:58
¿Qué dicen las encuestas? La respuesta es elemental: dicen lo que los medios de opinión trasmiten a los encuestados.

Por eso se forma un círculo vicioso o virtuoso –según desde donde se enfo
¿Qué dicen las encuestas? La respuesta es elemental: dicen lo que los medios de opinión trasmiten a los encuestados. Por eso se forma un círculo vicioso o virtuoso –según desde donde se enfoque- según el cual basta caer bien a los medios o lograr un cierto punto de visibilidad para convertirse en un fenómeno electoral: los medios entonces destacan ese hecho como noticia, lo que a su turno divulga la existencia de un nuevo candidato hasta entonces desconocido o no visto como tal, lo cual inmediatamente se refleja en un aumento proporcionalmente muy alto en la intención de voto por él. Esto se reproduce hasta que el efecto meramente mediático se agota o llega a un tope y es entonces donde se debería medir realmente la calidad y la aceptación que tiene el personaje. Esta evaluación debería a su turno corresponder no tanto al individuo como a lo que ofrece como programa. Y debería ser entonces que se produce el voto, con fundamento y razón por una u otra opción. Pero para desgracia nuestra somos en la práctica un ‘estado fallido’; lo dicen los criterios que mide el Índice de Estados Fallidos del Fund for Peace: la desigualdad, el irrespeto a los derechos humanos, el deficiente control territorial, la corrupción, la criminalidad, el terrorismo, la legitimidad institucional, el monopolio de la fuerza, la debilidad de las instituciones para llevar a cabo las políticas sociales, económicas, jurídicas y de seguridad necesarias para mantener a una sociedad cohesionada. Por algo, exceptuando Haití, somos el país más ‘fallido’ del continente. ¿Cuándo se llega a y cómo se manifiesta esa condición? Cuando una comunidad no encuentra respuestas en el Estado y ni lo respeta ni lo defiende. Cuando pocos gozan de los privilegios y concentran las escasas oportunidades, cuando la justicia es inoperante, cuando el Estado hace presencia como obstáculo o enemigo y no como ayuda para el ciudadano. El acceso al poder entonces se vuelve el camino para realizar individualmente las propias metas, y  pocas veces escatiman en los medios; incluso cuando las intenciones son nobles parten de la premisa de que no son mandatarios de quienes los eligen y súbditos de la Nación sino dueños y beneficiarios de las oportunidades que les ofrece el cargo al cual acceden. Las virtudes ciudadanas son remplazadas por el deseo de alcanzar ese éxito que encandelilla al ciudadano haciéndole perder la capacidad crítica para ver una sociedad que se desmorona ética e institucionalmente. Pero si el Estado es fallido es también elemental que eso se debe o se achaca a que los políticos que han manejado al Estado han fallado. Prospera entonces el antipolítico, el individuo que se limita a proyectar la imagen de no estar contagiado con los defectos de quienes se dedican a esa actividad y de encarnar la pureza, la responsabilidad y las calidades que supuestamente aquellos no tienen. Se concentra la alternativa en las supuestas condiciones personales de tal candidato, minimizando la importancia de sus propuestas, programas o aún de su ideología política. Así se complementa y concreta la desinstitucionalización del ordenamiento político del país, dejando de lado los partidos y todo lo que alrededor de ellos se construye, desde la convergencia y representación de intereses de una misma naturaleza hasta los proyectos y planes de administración para alcanzarlos. Todo se remplaza por el carisma de la persona y por la calificación que le den los medios. Eso fue Antanas, al cual se le atribuye la condición de pedagogo y la promoción de una ‘cultura ciudadana’, condiciones vendidas –y sobre todo creadas- por los medios, reducidas en lo concreto a unas cebras, unos mimos y unas instrucciones para ahorrar agua en los inodoros. Nada más se recuerda que haya dejado en alguna de sus dos administraciones (excepto botado el puesto en la primera). Sin embargo por lo arriba anotado repitió el fenómeno como candidato presidencial para luego llegar a su peso y proyección real, lo cual puede volver a suceder en una eventual nueva campaña por la alcaldía. También vivimos eso con Peñalosa. A él se le montó la leyenda del Transmilenio que durante años fue presentado como modelo que el mundo anhelaba copiar y como criatura nacida de su genialidad. Pero la ‘genialidad’ consistió en copiar un sistema apropiado para una ciudad de menos de un millón de habitantes, que moviliza del orden de 200.000 personas diarias a distancias de menos de cien cuadras para lo cual las velocidades no requieren ser muy altas. Hoy el resultado de ese proyecto es un fracaso como tal –ningún ejecución que diez años después no se ha completado y aun se discute por dónde o incluso si debe hacerse puede considerase un éxito-; se privatizó el usufructo del espacio público; está montado en una modalidad única en el mundo en el cual se otorga una concesión pero el costo del mantenimiento no corre por cuenta del beneficiario; el sistema de lozas se volvió el mito de Sísifo para la administración que no acaba de reparar una cuando le toca arrancar con la siguiente; y ha sido un desangre de decenas de miles de millones para el distrito. Pero sobre todo se excluyó, impidió o en todo caso retardó la implantación que corresponde y que tienen todas las ciudades con características similares a Bogotá como es el Metro. El nuevo fenómeno de las encuestas que parece ir por el mismo camino  es Petro. Revolucionario que con las armas quería acabar con el sistema, pasó a convertirse en el denunciante de los corruptos y los paramilitares que lo dañan y desprestigian, y ya visibilizado se convierte en el defensor del medio ambiente que impedirá los males que la ciudad le causa a su entorno. Sin programa alguno, por fuera –o por encima- de los partidos, abandona ideologías, reglas del juego, o lealtades, le apuesta a que su carácter y su capacidad personal –que los tiene, pero tanto para lo bueno como para lo malo- pueden llevarlo a satisfacer su ambición de poder montado en el embrujo que hoy ejerce la antipolítica sobre los ciudadanos, los medios de opinión, y que por lo tanto se manifiesta en las encuestas.
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