Los generales también se pudren

Los generales también se pudren

19 de febrero del 2016

“Creímos que era el ejército, pero eran las FARC, como en una película de guerra, marchando a lado y lado de la vía. Al alcalde Misael le dijeron en la Brigada que mejor ni preguntara, y de un helicóptero bajaron Iván Márquez, Santrich y Joaquín Gómez, que venían a hablar de paz, y todos teníamos que ir, porque era peligroso.”

Conejo, corregimiento de Fonseca, en La Guajira fue invadido por los frentes 19 y 59 de las FARC, cuando la tropa, según dicen, les despejó el sitio por orden del general Pablo Bonilla, Comandante de la X Brigada Blindada de Valledupar.

El general Bonilla no es la excepción en el decepcionante comportamiento del generalato, cuyo último ejemplo lo tuvimos en el general Palomino, quien estuvo atornillado a la Dirección General de la Policía, a pesar de su desprestigio, y mantenido en el cargo por su incondicionalidad a Santos y a su proceso de Cuba.

Los generales respaldan a Santos, a pesar de haber degradado a sus soldados al nivel de criminales, y de haber promovido a los criminales al nivel de sus soldados; a pesar de haber diluido la diferencia entre el bien y el mal y de haber reemplazado la moral por el poder. Los generales saben que está obsesionado con entregar el Estado a sus enemigos de las FARC y de llevar al país hacia un socialismo que repudiamos, y sin embargo lo respaldan.

La obsesión de Santos le llevó a desbaratar la institucionalidad de la justicia y del congreso, y dilapidar los recursos del país hasta quebrarlo; vendió ISAGEN y nos aplicará una reforma tributaria asfixiante para tratar de recuperar lo derrochado.

Las fuerzas armadas, que podían constituirse en el freno del ruinoso proceso, le congelaron la sangre a media Colombia, cuando el general Javier Flórez Aristizabal, Jefe del Estado Mayor Conjunto, hizo sonar sus talones y se puso firmes, para rendir honores en Cuba, al himno de las FARC, y enaltecer la soga que ahorcaría a sus militares.

Los generales retirados, que sacrificaron su propia historia por la de Colombia, y que con “Honor y Patria,” alcanzaron la cúspide militar, fueron los primeros sorprendidos, porque con impotencia constataron que la mayoría de generales activos, humillaron su juramento y que la basura moral que se mueve en el proceso de paz, dejó al descubierto que los generales también se pudren.

Fue fácil para Santos comprar a los generales, y por ende el poder intimidatorio de las armas, porque ellos no ascienden al generalato sin su visto bueno. De ahí que pueda entenderse que Timochenko, en armonía con Tzun Tzu y Lenín prometa dar una oportunidad a la paz, mientras fortalece su guerrilla,  y que los generales, en sus guarniciones hablen de paz a sus soldados, obligados misionalmente a formarse para la guerra.

Generales reticentes, como el general Luis Eduardo Martínez y tantos otros, ya fueron reemplazados por generales que no son piedras en el zapato. En la Armada quedó el complaciente Vicealmirante Leonardo Santamaría, y en la Fuerza Aérea, aunque ya no es su comandante, sigue mandando desde Corea, donde es embajador, el general Tito Saúl Pinilla, muy cercano al presidente.

Por su parte, el general Juan Pablo Rodríguez, Comandante General de las Fuerzas Armadas, es reconocido por sus actitudes genuflexas a Santos y a Sergio Jaramillo, y por el mal ejemplo que da a la tropa, al asistir a fiestas, como la del cumpleaños del hermano comunista del presidente, y dar a entender que los políticos y los poderosos son los que mandan. Del general Rodríguez se dice que ocultó al comité de generales los antecedentes del Coronel Velásquez, para que fuera promovido a general. Velásquez había sido sindicado, junto a él, de falsos positivos, y a la semana de su postulación fue puesto preso.

Los generales que traicionan el juramento de defender la patria y sus instituciones, que no al gobierno de turno, se juegan su prestigio militar, como sucedió con el general Mora, admirado por sus subalternos, a quienes decepcionó al convertirse en acólito de la entrega del país a la delincuencia. En los comedores del ejército,  los soldados hacen chiste pidiendo que se les pase mermelada de Mora.

El caso de Palomino es apologético, porque se afirma que se sostuvo, no solo por su incondicionalidad, sino por conocer pecados personales del presidente, obtenidos del espacio electromagnético. Las chuzadas están prohibidas, pero todos saben que se hacen, y los secretos que se obtienen se usan, parece, para blindar cargos, recibir ascensos y hacer exigencias.

La Agencia Nacional de Inteligencia ANIC, que reemplazo al DAS, ha sido muy eficaz orientada  por el coronel de la policía Juan Carlos Nieto, que no por el almirante Álvaro Echandía, su director nominal. A Nieto, Santos lo llamó “el nuevo Montesinos”, que todo lo sabe y conoce, y que le informaba a Palomino con velas de Santos.

El juego de los secretos que se destapan se volvió recurrente. No hace mucho, el presidente puso en la Secretaría de Seguridad de la Presidencia al general Luis Gilberto Ramírez, y cuando se supo que sería el posible reemplazo de Palomino, se destapó la amistad del general Ramírez con alias El Socio, narcotraficante del Tolima, y hasta ahí llegaron las aspiraciones de Ramírez y la Secretaría de Seguridad, que Santos ordenó clausurar de manera inmediata.

Dicen que por lo que sabía Palomino, se cerraron oídos a los supuestos manejos irregulares en las Obras Sociales de la Policía, que dirige su esposa, al acoso laboral, al acoso sexual; al maltrato a subalternos, al envío de coroneles para tapar denuncias; a los audiovisuales de denuncia de oficiales y patrulleros; al incremento patrimonial; a la Comunidad del anillo; al proselitismo policial santista.

Pero la salida de Palomino no pone punto final al problema, al contrario, es posible que el desprestigio institucional se aproveche para dar fuerza a la propuesta de desprender a la policía del Ministerio de Defensa y crear el Ministerio de la Seguridad, para adscribirla a él.

Al apartar la policía del Ministerio de Defensa, se le nombraría director civil, un político, y la Institución quedaría como en 1946 cuando Alberto Lleras creó la Policía política, Popol, fortalecida por Ospina Pérez, la cual degeneró en los chulavitas, pájaros y cachiporros de la sanguinaria violencia partidista.

Como están las cosas, entregar la policía a un amigo de Santos, es entregarla a las FARC. Definitivamente se pudrieron los generales que lo están permitiendo.

Nota al margen

La corrupción política apesta los corredores de Mincultura, que estaban limpios bajo la mano de la ministra Garcés. Se pudrió el Programa Nacional de Concertación que dirige Nidia Piedad Neira, donde ser santista parece requisito para pasar la convocatoria pública y se elige a dedo, aprovechando el item discrecional “rechazado por puntaje”. Así, parece, discriminaron todos los proyectos del colectivo fundacional que coordino, muchos de ellos tradicionales. No hay plata del Estado para la cultura que hacen los críticos de Santos.

@mariojpachecog

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