Noticia: los pobres todavía existen

5 de mayo del 2011

ESQUINA GLOBAL

The Economist preguntaba hace algunos días, qué tienen en común Hu Jintao, presidente de la China; David Cameron, primer ministro de Inglaterra y Warren Bufett, el segundo hombre más rico del mundo; la primera respuesta que a uno se le ocurre, como en el famoso chiste malo bogotano, es que con ninguno de los tres se puede hacer jugo de maracuyá. La revista contesta diciendo que estos tres colosos han coincidido en sostener que el problema de la inequidad, más concretamente el aumento de la brecha entre los pobres y los ricos, es uno de los mayores desafíos que hoy confronta la gobernabilidad del mundo. Una preocupación a la cual ya habían llegado los presidentes Lagos, Bachelet, Kirchner, Vásquez, Lula, Morales, Correa y Chávez hacía varios años. Después del fracaso del denominado Consenso de Washington, que tenía más de Washington que de consenso y que nos costó una década en materia de crecimiento y desarrollo social a finales del siglo pasado, los nuevos gobernantes del siglo XXI entendieron que la gobernabilidad democrática del hemisferio era imposible sin avanzar en la profundización de sus condiciones de legitimidad social.

Es cierto que América Latina avanzó notablemente, en las últimas décadas, en la consolidación de su democracia; pero ésta última no consiste, solamente, en que la gente pueda escoger, cada determinado tiempo, sus representantes en los gobiernos y las corporaciones legislativas. También exige que esas autoridades gobiernen democráticamente y que lo hagan persiguiendo objetivos democráticos. ¿Y qué objetivo más democrático que reducir las condiciones de desigualdad que, en la práctica, están minando la  legitimidad de los sistemas políticos? No tiene sentido que los pueblos sigan eligiendo gobiernos que luego no los incluyan en sus leyes, planes y acciones ejecutivas. La nueva conciencia social que campea hoy por América Latina no asegura las mismas condiciones de tranquilidad política que existían cuando los presidentes de la región, dócilmente, se sometían a los dictados venenosos del modelo neoliberal que casi nos lleva a la ruina social. Entonces era “mal visto” hablar de los pobres, del desarrollo selectivo, de las políticas económicas anticíclicas, de la microempresa o de los campesinos porque estos conceptos estaban satanizados como desvíos populistas. Y así devinimos hasta quedar divididos entre neoliberales vergonzantes (¿ha conocido usted algún neoliberal que reconozca serlo en público?) y populistas sinvergüenzas (todos acusados de corrompidos), mientras que el número de pobres en la región, al finalizar el siglo, había aumentado en cien millones, la desnutrición por el costo de los alimentos superaba los cincuenta millones de personas y la clase media pagaba, con su empobrecimiento la mayor factura. La nueva conciencia social  latinoamericana, avalada intelectualmente  por nobeles como Amartya Sen y Joseph Stiglitz, podría convertirse así en un excelente común denominador para construir un nuevo proyecto de región a partir de la aceptación de que, aunque estamos caminando hacia un esquema de una sola región y dos modelos ideológicos, el tema de la lucha contra la exclusión podría unirnos. La insistencia de la derecha latinoamericana en colocar las diferencias ideológicas por encima de nuestras identidades regionales, nos puede llevar  a desatar una  anacrónica guerra fría de baja intensidad como la que, para desilusión de todos sus lectores, ha tratado de desatar el nuevo nobel Mario Vargas Llosa en claro contraste con Gabriel García Márquez quien, al recibir el máximo galardón a nombre de todos los latinoamericanos, reclamaba para los más pobres entre ellos  “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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