La autobiógrafa que escribe en su cuerpo es colonial, del siglo XIX y del XX. Pudo ser una mujer obediente como lo establecía el orden contrarreformista, pero se rebeló en busca de ella misma. Se casó; fue monja, emparedada en estrechísima celda; también puta que apoyó una obra benéfica con dineros ganados en su quehacer. Hilarantes hechos, extraños deshilvanes narrativos, permiten el paso de un oficio al otro, de un siglo al otro. La mujer no tiene nombre, pero sí una piel porosa a todas las sensaciones que la hace lujuriosa. Es herbolaria cuando aplica las recetas curativas de Hildegard von Bingen, mística, profetisa, sabia. Participó en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna entre 1803 y 1806, laborando, enamorada, con el cirujano catalán José Salvany Lleopart.
Nunca escapó al deslumbramiento por su padre, instigador de su escritura, miembro de la Comisión Corográfica, con su obsesión de hacer el mapa alternativo, en forma de mandala, de la Isla, de su patria. Isla de la muerte, repleta de cadáveres hechos polvo con huellas de memorias terribles que un siglo y medio después recupera la antropóloga. Hecho político insoslayable que no sobrepasa la intención de registrar otra memoria, la del placer, “la más difícil de desterrar”. Fue esposa de Herbert Wolff compañero expedicionario de su padre; dejó de serlo porque, alérgica al semen de su marido, se llenaba de granos rojos, se asfixiaba, al hacer el amor. Castigo a lo excesivo: tener éxito en el trabajo y en el amor, dijo un cura.
Herbert, que se suicida, repetía, “Es necesario desentrañar la oscuridad de la oscuridad”. Pensamientos del marido que guían la lectura de la nueva novela de Rodrigo Parra Sandoval, Voto de tinieblas, publicada únicamente en formato digital por eLibros. Parra construye un universo en claroscuro. Busca el secreto, cercano a la prohibición; lo oscuro asociado a lo indeseable, a las claves de la sexualidad femenina que lo inquietan; las más absurdas obcecaciones. Y los contrapone a la Ilustración naciente, al discurso de la modernidad anclado en el progreso que al fallar promovió los horrores de la Isla. Mundo de luces y sombras que sitúa al padre, hombre moderno, en el vértice inestable de un doble triángulo, de amor y manera de concebir el mundo de sus dos mujeres: la lógica antropóloga forense y la hija fantasiosa. Muerto el padre, ellas se convierten en amantes. De esa manera Parra elabora retazos de la historia que precisamos recuperar: la de la disidencia, la de la sinrazón que tiene razón.
Juega entonces con el lector o la lectora saltando en el tiempo, fabricando identidades inverosímiles, sin diálogos, usando varias voces y monólogos extensos, con guiños al surrealismo, riéndose. Están en la Isla Rose Sélaby, seudónimo de Marcel Duchamp, el fotógrafo caleño Fernell Franco, Faraón Angola, que emerge de otra novela de Parra. Abundan las anacronías: la antropóloga forense sólo puede existir después de los ochentas cuando se creó esa disciplina; las novelas de autoayuda que son los best sellers de hoy.
La eterna enclaustrada proclamó alguna vez, “Renuncio para siempre a la luz del sol, a toda luz” y se interroga, al umbral del siglo XXI, desde la torre de la casa de su infancia ¿Cómo escribir desde la oscuridad? Todavía cree la mujer que “Nada nos acerca más a Dios que la palabra escrita”. Mientras tanto, en esta obra en la cual la reflexión sobre la escritura es crucial, algún narrador nos convence de la multiplicidad de lenguajes de las mujeres: el caótico, para conversar con su mundo interior; el seco, para hablar con otros seres humanos; el inefable, que cada mujer le ha enseñado al dios políglota.
Son algunas de las inquietudes literarias de Rodrigo Parra Sandoval que le apuesta a un relato similar a “la historia de un perro que dibuja un árbol con su orina en una pared blanca…”
Para no opacar las tinieblas
Dom, 30/09/2012 - 01:02
La autobiógrafa que escribe en su cuerpo es colonial, del siglo XIX y del XX. Pudo ser una mujer obediente como lo establecía el orden contrarreformista, pero se rebeló en busca de ella misma. Se c
