Política fashion

Mié, 13/07/2011 - 23:56
Que Colombia es un país que le rinde culto a la moda, ha pasado de ser un simple reflejo de páginas sociales a ser un remedo de dogma de fe del que muy pocos disienten, por dos razones: porque mucha
Que Colombia es un país que le rinde culto a la moda, ha pasado de ser un simple reflejo de páginas sociales a ser un remedo de dogma de fe del que muy pocos disienten, por dos razones: porque mucha gente hace o quiere desesperadamente hacer parte de la moda, cualquiera sea, o porque de alguna manera depende de quienes ejercen de pontífices de la misma y ¡qué tal caer en desgracia frente a ellos! Entrar a las filas del ninguneo, en una sociedad afincada en el arribismo, sería la peor de las desgracias. Solemos seguir, como borregos, lo último, querida. En ropa,  cortes de pelo, dietas, carros, profesiones, gustos, disgustos. Y en política, que es de lo más triste. Por todo lo que de humano y filosófico –recordemos a un señor Platón– encierra el concepto desde sus orígenes. La política, en el sentido griego esencial, surge de la necesidad natural que tienen los hombres de relacionarse entre sí. Y punto. De ahí para acá, lo demás han sido arandelas que los políticos le quitan y le ponen según sus propias conveniencias. Algunos, con sabiduría; los más, con alevosía. Pasa muy parecido en todas partes, pero como en Colombia estamos, y aquí el ejercicio político (léase “política fashion”), cuyos derroteros –con contadas excepciones, para no ser injusta con uno que otro– son marcados por los intereses de los patrocinadores y los merecimientos de pleitesía que creen tener los candidatos, da vergüenza. Sí, los candidatos, ya que son ellos los eternos protagonistas del enredo conceptual que nos apretuja entre política y elecciones. Por tradición vivimos inmersos en unas campañas sin fin, que nos han tatuado en la mente la falacia de que jornada electoral, democracia y política son sinónimos. Y por tradición, también, confundimos la eficiencia con el cacicazgo y la renovación de las ideas con un montón de aprendices que, por haber nacido en  reservas del Delfinario Nacional creen que la posibilidad de ser elegidos  –reitero, lo que en última instancia importa– es un derecho heredado. Con apellidos, invitaciones a cocteles, poses para fotos y propaganda gratuita en los medios. Menudo banderazo con el que arrancan; sin desconocer que, a lo mejor, este o aquel tengan madera para que el aprendizaje, la voluntad de servicio y el trabajo constante les tallen el buen líder político que llevan por dentro. Ojalá y sobrevivan a la política fashion. Mientras…, qué vergüenza, otra vez. De la ajena, por lo que vemos que sucede; y de la propia, por lo que dejamos que suceda, aun a sabiendas de que formamos parte del botín por el que se despachan a gusto en los cuadriláteros sociales, retadores y contendores, dando un espectáculo lamentable en el que lo que menos importa es el debate profundo de las ideas. Son los golpes bajos, las zancadillas, los rumores infundados, los que enardecen los ánimos de las barras. Gajes de la política fashion que pretende esconder la realidad pura y dura a punta de circo, igualito a como pretenden esconderla ciertas damas a punta de estiramientos ad infinitum. Para muestra de esa superficialidad política que nos aqueja, un botón: la semana pasada se originó en Medellín, y se divulgó gracias a que un telenoticiero de Bogotá elevó su mirada más allá de la Sabana, una noticia que levantó una espuma tan intempestiva como perecedera, al más puro estilo último-grito-de-la-moda. En parte por culpa de quienes, a pesar de no vivir en la capital, se interesan más por hacerle seguimiento al cúmulo informativo que de allí viene, que a los hechos que ocurren en sus propias barbas. Resulta que un candidato liberal a la alcaldía, el exalcalde Luis Pérez, dio a conocer los resultados de una encuesta realizada por el Centro de Estudios de Opinión de la Universidad de Antioquia, de la cual, desde hacía semanas, se venía especulando en corrillos de la ciudad. Los resultados lo situaban a él por primera vez de primero (37%) y por delante del otro candidato liberal, Aníbal Gaviria (28%), que hasta la fecha había punteado. El rector encargado de la Universidad lo desmintió, aduciendo que se había filtrado una simple prueba piloto; Pérez lo acusó, entonces, de retener los resultados por pedido de Gaviria, quien saltó al cuadrilátero declarándose sorprendido y ofendido. Entretanto los votantes, que ahora no somos ciudadanos sino votantes, ahí. Incapaces de encontrar, no solo la respuesta de la pregunta fundamental que subyace en este episodio: ¿quién mintió?, sino incapaces de exigir a los candidatos posiciones claras y concretas frente a los múltiples problemas que tienen enferma a Medellín, antes de alcahuetear sus vanidades contestando encuestas. Nos iría mejor si en política estuviéramos out of fashion. Eso, seguro.
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