En cuestión de segundos –es un decir–, tras la llegada de Iván Duque a la presidencia, en Colombia se puso de moda el tema de las universidades públicas. Unos estudiantes y unos profesores comenzaron a aparecer en los medios capitalistas –es otro decir– para afirmar que allí la situación financiera era tan difícil que no había dinero para comprar bombillos o clips, desarrollar ciencia o estudios, asear o arreglar algo, adquirir equipos o contratar personal, hacer cocteles (molotov, sí), reuniones, etc.
Entonces, los estudiantes y profesores comprendieron súbitamente que era Duque quien tenía que entrar a solucionar el problemón de inmediato, para lo cual suspendieron las clases en todo el país y decidieron “marchar” estimulados por diversos estamentos. Nadie, excepto Gustavo Petro –luego se entenderá por qué– y sus allegados, sabía que iba a estallar un movimiento de estudiantes, profesores y otras fuerzas sociales de la misma estirpe ideológica.
A una buena parte de la ciudadanía le sorprendió que la rebelión se la hicieran al mandatario recién posesionado y no se la hubieran hecho al presidente Santos antes de irse, pues la situación era herencia suya. ¿Por qué la contradicción? Porque Petro, líder, en la trastienda, de las marchas, había apoyado a Santos y dicho, el día en que millones de colombianos libres y demócratas derrotamos su candidatura, que promovería “la movilización social” continua para enredarle la vida a “la extrema derecha”, que le había robado el triunfo.
Conducidas, entonces, por líderes visibles y en la trastienda, empezaron las protestas con la perentoria decisión de exigirle a Duque la plata que necesitaban las universidades públicas para que tales entes dejaran de ser unos entes y tuvieran con qué vivir. Pese a las prédicas, el movimiento, hasta ahora, no ha contado con el apoyo social previsto. Hay varios motivos, entre ellos tres: uno, por exigirle al nuevo gobierno la solución inmediata de un problema creado cuando Santos; dos, por el inocultable tinte ideológico de las manifestaciones, en las que maltratan al presidente Duque, al expresidente Uribe y al Centro Democrático, dan vivas a la extrema izquierda y a Petro y a otros de su cuerda; y, tres, por el vandalismo y la violencia en las marchas.
La falta de respaldo general ha servido para que sus líderes afirmen que muchos colombianos nos oponemos a las universidades públicas. Falso. Lo que no apoyamos es a instituciones académicas que se caractericen por lo ya dicho: la ineficiencia, la corrupción y el adoctrinamiento marxista-leninista. Frutos de la llamada “autonomía universitaria”, tema de vieja data aquí, el cual, pasito a paso, fue transformando a no pocos de tales centros en “repúblicas independientes”. Situación anómala y perniciosa que el presidente liberal Carlos Lleras Restrepo percibió claramente durante su cuatrienio (1966-1970), cuando la agitación universitaria lo obligó a sostener en un discurso en Bogotá el 18 de noviembre de 1966: “El gobierno colombiano quiere contribuir con todas sus fuerzas a que la universidad solucione sus problemas manteniendo […] un régimen disciplinario adecuado, que permita el funcionamiento académico dentro del orden y salvaguarde la libertad de pensamiento y de investigación” (Cfr. El Colombiano, 19 noviembre 1966).
Las universidades públicas, esto es, de la sociedad, que muchos colombianos sí apoyamos son aquellas que no sean “repúblicas”. Y lo haremos en la medida en que estén en manos idóneas, impolutas, sin la imposición doctrinal totalitaria (como hoy) y sin terrorismo encapuchado que le sirva de eco. Y lo haremos en la medida en que, por ejemplo:
- Den acceso a quien desee estudiar y cumpla con los requisitos legales e intelectuales básicos.
- Transmitan y cotransmitan el saber universal (justamente “universidad” viene de universo) en todos los campos.
- Estén atentas a los problemas de la sociedad para proponer soluciones útiles, viables y de largo alcance.
- Dispensen y estimulen el cultivo de valores individuales y sociales orientados a mejorar en libertad la convivencia de cada día y cada generación.
- Ausculten el progreso del espíritu a nivel global para traducirlo y entregarlo a nuestras realidades actuales y futuras.
- Sean luz en tiempos de sombra y desconcierto.
- Proporcionen o faciliten a millones de colombianos los conocimientos que les permitan responder con aptitud en la vida.
- Trabajen por lograr una sociedad creativa e innovadora, equitativa e inclusiva, sin doctrinas condenadas por la historia y la razón, y unas instituciones acordes con las necesidades de los tiempos y el bien común.
