Es imposible prevenir todas las epidemias: el hombre es un ser vivo en continua relación biológica con otros hombres y organismos vivos, macroscópicos y microscópicos. Es inconcebible un estado de pureza biológica. Vida pura es un oxímoron: somos siempre muchos alrededor de todos, sobre todos, bajo todos y en todos. Tenemos un genoma, un proteoma, un microbioma y una “naturaleza humana” (subrayo las comillas) ninguno de los cuales hemos terminado de comprender.
Pero una epidemia debe ser estudiada metódicamente para saber varias cosas: qué la produce, cómo la produce y cómo podría prevenirse. Debemos también recordar que toda epidemia no es infecciosa. Epidemia es el hallazgo de un número inesperado de enfermedades, un pico de casos, en una población que tenía un número estable de ellas. Y la epidemia tampoco se define como un montón de casos sino un aumento inesperado de incidencia. Por ejemplo, podría hablarse de epidemia si en un hospital o una ciudad hay una decena de casos de muertes maternas suponiendo, como lo establecen los organismos internacionales, que la mortalidad asociada al parto debe ser hoy nula o cercana al cero.
También podría hablarse de una epidemia de suicidios en adolescentes si en una escuela ocurren tres o cuatro en un período corto de tiempo. Lo fascinante del tema es que todas las epidemias se investigan con los mismos métodos e instrumentos de epidemiología, se trate de una epidemia de infecciones o no, una epidemia grande (pandemia) o una pequeña. De esto se ocupan reconocidos organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el CDC (Centro para el Control y Prevención de Enfermedades) de Atlanta, en Georgia. Tras una epidemia, en nuestro mundo hipermedicado, podría estar un error de producción farmacéutica y estas organizaciones, en conjunto con diversos profesionales de la salud, participaron en la investigación de dos series de eventos diferentes que pueden enseñarnos algo al respecto.
En Panamá, en el 2006, se empezó a observar un aumento discreto de muertes por falla renal acompañada de severo compromiso neurológico. Tras estudiar estos casos y descartar diversas etiologías (virales, bacteriales y otras) se llegó a la conclusión de que la epidemia se debía a la contaminación de jarabes médicos con dietilenglicol (DEG). Esta sustancia usada en gomas, resinas y anticongelantes es un tóxico grave para los humanos. Un año después se habían registrado en el país centroamericano más de 100 casos que se habían ido encontrando gradualmente con unas 80 muertes hasta ese momento.
Hoy, el estado panameño se ocupa del cuidado de los sobrevivientes, aproximadamente del 40 por ciento, y se ha visto involucrado en complejos y costosos problemas legales. Esto debido a que la contaminación fue causada por la preparación en el principal hospital gubernamental de soluciones medicamentosas con unos envases rotulados “glicerina” (inofensivo vehículo de muchas drogas en jarabe) que contenían en realidad DEG. El pérfido reemplazo de sustancias se había iniciado en China. Para terminar el cuento, dicen en Panamá que quien realizó el engaño ganó solamente diez mil dólares y luego se suicidó por deudas de juego. A mi juicio ¿cuál es la enseñanza principal de esta epidemia? Existe gran peligro en la preparación local de fármacos si no se cumple un estricto control de calidad.
Seis años, después casi a la fecha, se describe en los EE.UU una epidemia de meningitis causada por hongos. Si a cualquier médico le preguntan por meningitis micóticas pensará en aquellas causadas por Criptococo. Pues no en este caso: la causaba un patógeno infrecuente, Exserohilum rostratum, moho negro del ambiente que había sido implicado antes solo en unos 30 casos de infección humana. ¿Cómo llegó este microbio a las meninges de los pacientes? A través de unas inyecciones de esteroides preparadas por un pequeño laboratorio farmacéutico (Ameridose) de Framingham, en Massachussets. Este medicamento era usado en casos de osteoartrosis de rodilla y otras articulaciones, y el hongo llegaba por la sangre a las meninges. En este último mes se han detectado 344 pacientes infectados con 25 muertes (Washington Post).
El análisis de esta reciente epidemia nos conduce a una conclusión similar a la de los casos de Panamá: no hay frecuentemente control adecuado de esas pequeñas farmacias, hospitalarias o no, que producen “in situ” las drogas. Por supuesto que en la historia de la medicina muchas veces el mismo médico preparaba sus medicamentos, pero esto cambió en el siglo XIX con los grandes laboratorios farmacológicos de los cuales podemos decir muchas cosas malas por ser monopolios y dar un manejo comercial a muchas sustancias terapéuticas. Pero si algo podemos admirar de esos gigantes de la fármaco-industria es su control de calidad con protocolos estrictos de fabricación. Además, ahora tenemos innumerables boticas locales ofreciendo remedios naturales y debemos recordar: natural no es sinónimo de inofensivo. Aunque no se trate de glicerina “chiviada” o esteroides contaminados.
