Hace algunos años la compra de votos era un fenómeno reservado a ciertas ciudades y pueblos de la Costa. Hoy es lo normal en todo el territorio. Se compran ediles, concejales, diputados, alcaldes y gobernadores. Todo ello porque lo que está en juego es un enorme negocio que bien describió el inefable exsenador preso, pero omnipresente, Juan Carlos Martínez: “la plata que deja una alcaldía no la deja un embarque”. La rapiña por la contratación es hoy el eje de la política a nivel departamental y municipal. Por eso los ríos de plata que inundan estas campañas. Porque la política es un negocio, un muy buen negocio como lo afirmaba Martínez al decir que “es mejor negocio la política que el narcotráfico”.
La descentralización ha sido, desde muchos puntos de vista, una catástrofe que no queremos reconocer. No solo ha aumentado las desigualdades entre las regiones sino que trasladó los grandes focos de corrupción del sector central hasta el más pequeño de los municipios. Para nadie es un secreto que alcaldías y gobernaciones se han convertido en los principales botines de las maquinarias políticas y las redes de corrupción. Los grandes escándalos estallan en el nivel territorial pues es donde existe -de manera simultánea- la posibilidad de contratar y la ausencia de verdaderos controles. Nada es más corrupto e ineficaz que una contraloría departamental o municipal. Tal vez la mejor prueba sea Bogotá donde el alcalde y el contralor están presos por corrupción.
Las elecciones municipales y departamentales son más importantes para el ciudadano en su vida cotidiana que las parlamentarias o las presidenciales. La calidad de vida depende, en gran medida, de la eficacia de la gestión local. Movilidad, servicios públicos, impuestos, valorizaciones, prediales, educación, salud y seguridad son todos temas que tienen que ver con los alcaldes y concejales. En las regiones, y por el efecto de la descentralización, los gobernadores también tienen un impacto directo sobre la vida de sus ciudadanos.
Por eso elegir bien el próximo 30 de octubre es tan importante. Lo que está en juego en las próximas elecciones es si queremos seguir dejando que los contratistas y sus aliados corruptos en los concejos y las administraciones se sigan lucrando con nuestros impuestos. Lo que está en juego es saber si dejaremos que los aprendices de morenos, nules o de tapias sigan fijando la agenda de las obras públicas y repartiéndose los presupuestos. Lo que está en juego es nuestra calidad de vida que se ve amenazada por las obras que no se hacen, o se hacen a medias, o de mala calidad. Lo que vamos a definir es si queremos progresar o dejar que nos sigan robando como parece ser hoy el destino de las administraciones territoriales.
Lo que está en juego no debería ser el futuro de las maquinarias de corrupción sino el futuro de nuestros pueblos, ciudades y departamentos. Ojalá pensemos antes de votar. Quiera Dios que no nos equivoquemos más.
