Se nos desbarató el pesebre

Dom, 02/12/2012 - 03:55
El pesebre que con tanta alegría y fervor armábamos por estas épocas, ese tan lleno de detalles que reconstruía pueblitos y hasta ciudades, que daba dichas a nuestra niñez, ese mismo que auguraba
El pesebre que con tanta alegría y fervor armábamos por estas épocas, ese tan lleno de detalles que reconstruía pueblitos y hasta ciudades, que daba dichas a nuestra niñez, ese mismo que auguraba la pronta llegada de regalos que modesta, o a manos llenas para algunos, pero que de todas maneras generosamente traía el Niño Dios; aún Santa Claus, ni Papá Noel habían hecho, por estas tierras, incursión competitiva en esta labor. Había mi padre mandado fabricar un enorme telón a una pintora amiga para revestir la pared del fondo del muy calculado andamiaje navideño. Era un estupendo paisaje que ponía en relieve en su cenit un azulísimo y esperanzador cielo, allí adonde iríamos después de vivir en este valle de dolores, como recompensa por haberlo con resignación soportado. Y por allá más abajo en la espesura de los cumulus nimbus y de los cirrus se dibujaban mil figuras tan ensoñadoras como imaginarias en nuestras mentes infantiles, esas que luego hacemos perdurar en la adultez, con el ánimo, algunos, de darle ensoñación a la prosaica realidad y otros porque se niegan a abandonar su puerilidad esperanzadora. Y mucho más abajo aparecían nubarrones negros presagiantes de las tormentas que nos engullirían en caso de no comportarnos acordes a los preceptos que señalaba la madre iglesia. Este era el infierno, el temible averno adonde habría crueles castigos, narrados con lujo de detalles por el pincel de la pintora dantesca en un desgarrador sadismo que no dejaba duda del cruento castigo al que nos someteríamos de no abrazar las reglas y acatar a pie juntillas a los fabricantes del tan estricto como irracional reglamento eclesiástico. Y en el centro y reinando, la Sagrada Familia: José, María, el niño Jesús y todos sus encantadores acompañantes: el burro, el buey, las ovejas, los pastorcitos, y los reyes magos que fatigados daban sus últimas zancadas en la larga correría que traían desde Oriente y guiados por una estrella, esa que por supuesto también poníamos muy en alto en el pesebre emitiendo luces y brillos. Qué bonitas eran aquellas fábulas, qué bonito aquel candor que no necesitaba ni justificación ni lógica, y cuyas sencillas utopías no competían con unicornios, hadas ni elfos; estas fantasías tan similares a las que el pesebre de Belén representaba, se eclipsaban por esta época para dejar que la leyenda navideña perdurase. Vamos pastores vamos, cantábamos alegres y destemplados durante todo ese periodo. Ni para que recordar el purgatorio, el limbo y las indulgencias que ya habían sido suprimidas por una papal Santidad, por supuesto infalible, así es que su desaparición ni siquiera se prestó a discusión. Sacado, entonces, el telón de mi padre del pesebre. María sigue siendo virgen pero el último pontífice infaliblemente aclaró que sí había parido; ah, esa pobre virgen que es madre de un dios, pero sin que sea ella diosa; las sectas cristianas la tienen en el olvido y los católicos la veneran sin saber qué título darle. Sacada del pesebre por dudas. José siempre estuvo a medias en el pesebre por su infeliz condición de mandadero cornudo, putativo lo llamaban en un afán eufemístico para evitarle humillaciones, y hasta se le entronizó como santo para pagarle sus leales servicios. Mejor es sacarlo definitivamente del pesebre. Los reyes magos aunque siguen firmes con sus oros, inciensos y mirras del fantástico Oriente, la verdad es que también les hicieron mutis por el foro, salieron del paseo: el altísimo, y no menos santo prelado, aclaró con vaporosísimas frases que ellos constituyen solo símbolos, lo que traducido en nuevo cristiano y buen romance: también fueron sacados de taquito del pesebre; será que el jerarca tuvo en cuenta que estos monarcas andariegos con los siglos hubiesen sido representantes islámicos que habrían de competir en fiereza e invención con la cristiandad. Como sea, sacados del pesebre. Pero, lo inesperado vino y hace poco, no contento con haber dejado casi desierto el pesebre, ahora, el monarca, perdón: el jerarca, hizo un nuevo libro, de esos que produce con gran facilidad y velocidad, en donde ¡nos arrebató el burro y el buey! En muy seria discusión teológica nos saca del pesebre a los mejores. En mi burrito sabanero voy camino de Belén; ya no puedo ir camino de Belén. Acabaron con la fábula, que claro sabíamos que lo era, pero hacía soñar nuestra infancia y vivificar nuestra adultez. Vaya, como si fuera menos ficticio que un ángel bajará del cielo y preñará con palabras celestiales a una doncella quien por arte de birlibirloque siguió siendo virgen. Déjenos soñar. Qué tal que tengamos que buscarle justificaciones a nuestros ficciones de infancia, a La Fontaine, a Esopo, o investigar la existencia del lobo feroz que engañó a Caperucita y se comió a su abuela, o si los siete enanitos eran mas bien seis, o si en lugar de trabajar extrayendo diamantes eran mineros en tristes e ilegales minas contaminadas de mercurio. Que la fábula siga siendo fábula, y que no se atraviesen preceptos teológicos tan absurdos como la justificación misma de tal "disciplina". Si de darle seriedad a estos temas se trata, mas bien, y en otros contextos, debería profundizarse sobre la existencia real de Jesús y del fenomenal tinglado con que se le viene decorando desde hace más de dos mil años. Así las cosas, credo en el pesebre, credo en Pinocho, credo en Caperucita, credo sin dubitaciones en los dibujos de Disney, porque al intelecto son más creíbles, no necesitan actos de irracional fe. Y aquí desde el siglo XXI informamos: el Bizancio medieval –y su corifeo de pontífices exultando premisas insustanciales, infalibilidades, y además contradictorias– vive, perdura y continúa. PD: Me quedé con un pesebre que solo contiene pueblitos, carreteras y lucecitas ahora de modernos LEDs.
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