Severina roba libros, Severina roba corazones

Dom, 16/10/2011 - 00:01
Severina Bruguera Blanco es ladrona de libros.  Se sirve de ellos para vivir.  Nos han acusado de toda clase de vicios, de delitos y aun de crímenes, dice su abuelo.  Nos han llamado agentes, esta
Severina Bruguera Blanco es ladrona de libros.  Se sirve de ellos para vivir.  Nos han acusado de toda clase de vicios, de delitos y aun de crímenes, dice su abuelo.  Nos han llamado agentes, estafadores, nos han confundido con espías, gente que usa los libros para transmitir mensajes en clave, han dicho que somos coleccionistas de ediciones o ejemplares relacionados con crímenes o escándalos de cualquier clase, agrega el señor Blanco.  Los libros tienen su espíritu y han establecido luchas por la dominación libresca de algunas zonas del planeta.  Eso es lo que cree la muchacha, lo que creen varios de sus familiares de quienes ha heredado su pasión libresca.  Por eso, por necesidad de libros, Severina entra a La Entretenida, de propiedad del narrador, el librero que no tiene nombre, que se enamora al verla.  Él vivirá, por primera vez, una aventura sólo sentimental.  Comprobará que es “imposible ser sabio y al mismo tiempo amar”. Villana que usa su sexualidad para atrapar al héroe, criatura fascinante que constantemente cruza la línea entre la bondad y la maldad, actuando sin escrúpulos, Severina aprisiona al librero, lo empuja al vértigo: a no dormir, a soñar dormido y despierto con su vuelta, a alquilar una habitación para estar cerca de ella.  El hombre buscará  un amor distinto, propio del siglo veintiuno y, por lo tanto, lejano al sombrío amor romántico que se asocia con la muerte y a veces con el diablo.  Fracasará, lo sabemos de antemano. Locura enamorada o reflexión sobre ésta que llena las páginas de Severina del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, publicada por Alfaguara.  Deliciosa historia sentimental que podría ser la novela que el librero quiso hacer en Costa Rica o El Ecuador para escapar de la monotonía de los estantes y llegar de la lectura a la ficción.  “Quiero probar suerte escribiendo una novela. Si no lo hago ahora, ¿cuándo?”, asegura. Ahmed al Fahsi, de origen magrebí, persigue a abuelo y nieta para cobrarles varias deudas. Tendrá un altercado con el señor Blanco. El viejo sufrirá un derrame cerebral.  Ahmed, pieza clave del mecanismo del relato, los tiene descifrados: conoce sus secretos de extraños traficantes. Tampoco escapó a la seducción de Severina. Por su amor que incentiva el misterio, el librero asumirá los gastos de hospital del abuelo en coma; estará de acuerdo en que Severina, desesperada, asfixie al anciano por compasión; será su cómplice para enterrarlo en un lugar oculto porque carecía de identificación. Amhed exigirá  otra vez la cancelación de sus compromisos.  Aceptará todos los libros de La Entretenida como pago para canjearlos, un rato después, por un falso Corán de anotaciones apócrifas que, supuestamente, Severina sacó  de la biblioteca de Borges. El librero huye con Severina cambiando sus señas en un falso pasaporte hecho con destreza por la joven: ahora su apellido es Blanco, el mismo de ella.  Para seguir viajando de un sitio a otro, haciendo lo mismo que la mujer ha hecho siempre: desvalijar, extorsionar.  En un disparate de ilícitos y erotismo.
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