Terremotos e inundaciones

21 de enero del 2011

El terremoto de Armenia en 1999, y las inundaciones de la Costa Norte y otras regiones de Colombia en el 2010, tienen una conexión en el sentido que representan una manifestación mayor del Universo para limpiar, equilibrar y reordenar áreas donde históricamente se ha producido tanto dolor. Detengámonos un poco para comprender y asimilar tan fuerte planteamiento.

El Eje Cafetero, por la belleza de su entorno, hoy se presenta al mundo como un atractivo destino turístico, admirado por sus balcones naturales y la diversidad de sus aves, por la opción de ascenso al Parque de los Nevados y por los escenarios ideales para practicar diversos deportes como ciclomontañismo, atletismo, caminatas y escaladas de roca.  Además, por las opciones recreativas en torno a sus parques temáticos y otras atracciones.

Así es como se escucha con frecuencia en boca de colombianos y extranjeros, expresiones como: “El Quindío es un paraíso”, “Es un remanso de paz”, “Qué felicidad vivir en el eje cafetero”; y si bien  la región cuenta con estas bellezas naturales, también fue en época de la llamada violencia, escenario de serios conflictos, y padeció la presencia de grupos armados que realizaron múltiples actos de barbarie y crueldad.

En sus sagrados parajes, personajes conocidos como “Desquite”, “Sangrenegra” y el “Mosco”, entre otros, sembraron las semillas del terror y la venganza. Familias enteras fueron asesinadas, sus casas fueron saqueadas y quemadas, y sus mujeres violadas.  En esta difícil etapa de la región, tristemente se hicieron célebres expresiones como “el corte de franela”, que consistía en sacarle la lengua al muerto, para significar que no bastaba con eliminar al supuesto enemigo, sino exhibir en plaza pública estas siniestras escenas con el fin de aterrorizar a la población.

Estos actos de salvajismo, que llegan a producir tanto suplicio en una región determinada; es decir, toda esta tristeza, impotencia, angustia y dolor, se convierten en una densa y pesada energía que se instala en el campo etérico del territorio. Simbólicamente, sobre las áreas de conflicto se forman unan nubes densas  que dificultan el flujo de energía.

Esta densidad debe ser removida, transmutada, y los seres que viven en estas regiones, pueden contribuir a liberar dicha energía a través de actos que conduzcan a tomar conciencia de las experiencias vividas, como acciones solidarias en la comunidad, desarrollo del arte y la creatividad, actos de perdón hacia la naturaleza misma,  y compromiso a través de un trabajo de duelo que lleve a las personas que todavía cargan con el peso del rencor, a asumir la firme decisión de no realizar más actos de violencia y venganza por lo sucedido a sus antepasados.

Cuando luego de un ciclo determinado, y por falta de comprensión de estos procesos, los seres humanos no hacemos el trabajo de transmutación o liberación de las energías y los sentimientos, o cuando a pesar de comprenderlo, no tenemos la voluntad de desplegar nuestra luz interior, el universo a través de la naturaleza misma, interviene a través de sus elementos para disipar esas nubes densas de dolor. Unas veces a través del elemento fuego, como cuando se activan los volcanes; otras veces actúa el elemento aire, con los huracanes y tornados. En ocasiones interviene el elemento agua, produciendo grandes inundaciones, y también el universo participa a través de terremotos y tsunamis.

El terremoto del 99 en el Quindío liberó las energías de dolor presentes en la región y posibilitó un “renacimiento” de la vida; la oportunidad para elevar nuestra conciencia a un plano de mayor apertura y comunicación con las energías sutiles del universo que nos conectan con la esencia del ser.

De igual modo, las imágenes recientes de la Costa Norte, de las aguas penetrando los territorios donde guerrilleros, paramilitares y ejército realizaron acciones de terror y suplicio, simbolizan el trabajo del universo por limpiar tanto dolor de miles de familias que padecieron la insensatez de estas organizaciones armadas.

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