Un reino por un mordisco

Jue, 13/10/2011 - 00:01
Hasta el día en que se murió, el aspecto más atrayente del atractivo Steve Jobs era el aura misteriosa que lo coronaba. Aparecía en público de tanto en tanto, decí

Hasta el día en que se murió, el aspecto más atrayente del atractivo Steve Jobs era el aura misteriosa que lo coronaba. Aparecía en público de tanto en tanto, decía lo que tenía que decir, mostraba lo que tenía que mostrar, y ponía a temblar al mundo de la tecnología con cada nuevo iProduct. A los incondicionales de la marca los ponía a hacer filas de cuadras para entrar en estampida a las tiendas Apple; al índice Nasdaq, a trepar por los gráficos bursátiles hasta casi salirse de los límites; a la competencia, a respirar por la herida que les reabría show tras show; y a los expertos en moda los ponía a ponderar su imperturbable look: bluyines azules, tenis grises, camiseta negra y gafas redondas. Y se esfumaba, dejando en el ambiente la sensación de que quien había estado allí, en el ojo de la noticia, había sido una simple huella, un sueño colectivo, una reproducción holográfica.

Si era reservado por naturaleza, o si, así como encontró la vestimenta perfecta para proyectar un cuidadoso descuido, también encontró el comportamiento perfecto para mantener despierta la curiosidad, no tengo idea. Pero lo logró. Incluso con su enfermedad. Alrededor de Steve Jobs han florecido las suposiciones, y es muy probable que muchas de ellas subsistan, a pesar de la regadera de informaciones que se accionó con su desaparición. Primero, alabanzas por montones; al paso de los días, diatribas que comienzan a despuntar. Ganas de lucirse a costa de ensalzar o despotricar de un ser humano que se fue temprano y a quien, a pesar de sus agujeros negros -¿quién no los padece?- las sociedades actual y futura debemos agradecimiento. Aun sin ser de la Logia Mac, aun sin tener computador, nadie puede escapar a la evidencia: la fruta prohibida ya está mordida y fue Jobs el primero que le metió el mordisco. Pensó diferente y reinó en el reino de los reyes Midas.

Al ver una manzana, los de mi generación nos podemos remitir todavía al incidente de Adán y Eva, a la puntería de Guillermo Tell, a la Gran Nueva York o al chichón de Newton. Pero creo que seremos los últimos. Nuestros hijos sólo la identificarán con el hombre que les puso frente a sus narices la tentación de los iP: iPad, iPhone, iPod, y les rompió los límites. El que encarnó el iPower que la tecnología representa en esta aldea globalizada (discutible y real) en la que confluyen tantos pequeños mundos y lo masificó, con un fervor cercano a lo religioso, gracias a sus objetos de idolatría. El signo de los tiempos en nadie se ha personificado mejor que en Steve Jobs. Se ganó un puesto en la Historia y no hay nada que pueda hacerse al respecto. Y se volvió rico, riquísimo, y qué. A mí, que tengo un defecto de nacimiento que me hace atragantar las palabras cuando intento hablar de plata y que, por eso, he ganado apenas lo justo –o nada– por mi trabajo, lo que me da es envidia de la buena.

Que no fue un creador de ideas. ¿Y? El hecho de haberlas detectado y conducido lo graduó de innovador. Que no fue filántropo como Bill Gates. ¿Quién lo sabe? A Bill le gusta contar, a Steve no le gustaba. Que las empresas Apple se lucran del trabajo en las factorías chinas. Tenaz la explotación a la que son sometidos los trabajadores chinos, más entrados a escudriñar, ningún país o sector de la economía que tenga relaciones comerciales con el gigante asiático se salva de la acusación. Ni siquiera el ciudadano que compra en la calle alguna baratija Made in China. La solución a este abuso laboral tendría que ser inmediata pero, desafortunadamente, no lo será. (Tema para otra ocasión).

Volviendo al terreno de la historia que tanto me interesa, la suya lo lleva a uno a hacerse reflexiones varias. Sobre todo porque, excepción hecha del final feliz, es más corriente de lo que parece. En nuestro medio, al menos: un hijo no deseado, dado en adopción; una familia que lo rechaza porque no es niña; otra, de escasos recursos y elemental educación, que lo recibe; un muchacho desubicado y regular estudiante que sobrevive a lo gamín por un tiempo y que por lo único que se interesó en la Universidad fue por un curso de caligrafía. Pobres los Jobs, dirían los vecinos, con los esfuerzos que han hecho para sacar adelante al hijo y no va a servir para nada. ¡Oh, my God!

¿Cómo fue y en qué momento el toque de la varita mágica? ¿De qué manera se obró el milagro en el chico de los Jobs para que el futuro no lo atropellara como a millones de congéneres que empezaron a contar el cuento de la vida a su manera –a la manera de SJ– pero no lo terminaron? ¿Cuál es el punto de quiebre entre un fracasado potencial, un Don Nadie y un triunfador, un Steve Jobs? Y siguen más preguntas… Complicado en una sociedad que valora las capacidades por la cuna y la cantidad de títulos (léase cartones) acumulada.

Me contentaría con degustar el mordisco que vuela por encima de la manzana de Apple; sospecho que ahí dejó Jobs, comprimidas, las soluciones a mis inquietudes.

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