Una daga clavada

Mié, 06/08/2014 - 06:44
Desde hace unos años vengo trabajando sobre viejos catálogos, revistas y libros que no quiero mantener en mi biblioteca pero que tampoco me atrevo a botar a la caneca, como ocurre con algunos recuer
Desde hace unos años vengo trabajando sobre viejos catálogos, revistas y libros que no quiero mantener en mi biblioteca pero que tampoco me atrevo a botar a la caneca, como ocurre con algunos recuerdos. Nuestra mente, con su archivo íntimo, se parece a los libros que se van acumulando en los estantes, llenándose de polvo y poniéndose cada vez más amarillas sus hojas, hasta el momento en que volvemos a ocuparnos de ellos para encontrarnos con historias que creíamos condenadas al olvido. Esos papeles impresos y encuadernados, cuyo contenido me es particularmente fastidioso, los trasformo en soportes sobre los que pinto cada día con mayor rudeza. Pego sus frágiles hojas unas con otras mientras repaso su contenido, arrastrándome a pensamientos angustiantes, para luego pintar sobre ellas y con un cautil quemar su superficie y herirla con trazos. Se me ha vuelto obsesivo y me dejo llevar por ese ejercicio interminable en cientos de páginas de las que van desapareciendo las letras y las imágenes hasta quedar superficies que me hacen pensar en algunas obras del pintor alemán Anselm Kieffer. Desde hace unos días lo hago escuchando la Música ricercata del compositor rumano-húngaro György Sándor Ligeti. De sus once movimientos para piano, compuestos entre 1951 y 1953 en plena ocupación soviética de Hungría, resalta el segundo (Mesto, rigido e ceremoniale) cuyo tema se diferencia de los otros diez siendo un lamento opresivo y amenazante construido con solo dos notas, mi y fa, del que el mismo Ligeti dijo que lo escribió cuando era un joven exiliado e “imaginaba que cada golpe, en esa nota repetida, era un puñal, una daga clavada en el corazón de Stalin".  Esa machacante melodía la redescubrí al ver recientemente un documental dedicado a Stanley Kubrick, director de cine que se caracterizó por su perfeccionismo, su aguda inteligencia y su profundo conocimiento del poder de la música en el cine. Kubrick tomó el Segundo Movimiento de la Música risercata para la banda sonora de su último filme, Ojos bien cerrados, en cuatro escenas de especial dramatismo. Todos los proyectos que emprendía este director los llevaba más allá de sus límites, como fue el caso del proyecto fallido de una súper producción dedicada a Napoleón para el que acumuló miles de documentos con los que conformó una inmensa biblioteca a la que le dedicó todo un salón de su casa. Además, Tony Frewin, quien fuera su asistente, nos cuenta que en esa misma casa “hay un gabinete con 25.000 fichas de biblioteca (llenadas por el mismo Kubrick o por sus asistentes), de diez por quince centímetros. Si quieres saber lo que Napoleón, o Josefina, o lo que cualquiera del círculo de confianza de Napoleón estaba haciendo la tarde del 23 de julio de 1817, busca esa ficha y ahí está”. Esa manera minuciosa, obsesiva y afilada con la que trabajaba Kubrick es analizada en La habitación 237, documental dirigido por Rodney Ascher dedicado exclusivamente a otro de sus filmes, El resplandor. Hago mención a esto para resaltar que la escogencia del Segundo Movimiento de la pieza de Ligeti no fue de ninguna manera ingenua y mucho menos gratuita. No es de extrañar que Stanley Kubrick haya indagado a fondo su significado para hacernos revivir el dolor que le causaba al joven compositor ver oprimida a su nación por la bota militar soviética y trasladarnos al momento en que clavaba un puñal a Stalin con cada tum…tam..tum..tic…tic…tic de su piano. Podemos imaginarnos al artista impotente frente a la injusticia que sufre su pueblo pero fortalecido en la soledad de la creación. Nadie lo escucha -Stalin sigue vivo a pesar de tantas puñaladas y sigue oprimiendo, sigue maltratando, sigue humillando y sigue y sigue hasta el final de sus días y más allá dejando una estela de miedo y muerte regándose por doquier- pero su composición quedará para la posteridad. Gracias a saber como el compositor apuñaló al mayor asesino de la historia desde ese espacio que el arte brinda a los hombres en el que se puede hacer justicia, me siento menos solo cuando ataco libros y folletos mientras mi país se descuaderna. Ahora, ya en vísperas del comienzo de otros cuatro indeseables años de gobierno o desgobierno de Juan Manuel Santos, y con un descuadernado país, veo que es imposible pasar la página que nos piden que pasemos a quienes nos resistimos a admitir la tamaña injusticia que se comete contra los colombianos. Tuvimos la esperanza de un renacer este 7 de agosto y esperábamos festejar el retorno de la esperanza de retomar un rumbo y abrir horizontes. Nos lo arrebataron con la misma arrogancia que lo hicieron los dictadorzuelos con el pueblo de Venezuela y otros países vecinos. Con la misma con la que se sostienen unos bárbaros en la isla de Cuba. Con la misma con que nos siguen aniquilando los terroristas. Con la misma arrogancia de los políticos y empresarios podridos de corrupción. Con la misma infinita arrogancia de quienes se pretenden más allá del bien y del mal y nos inventan la historia con múltiples falsedades. Al escuchar las notas de ese piano, compuestas ya hace sesenta años por un joven músico, dejo de sentirme tan solo, tan impotente, tan débil y tan inútil mientras me ocupo de hacer trazos y garabatos sobre sufridas superficies que alguna vez fueron libros y catálogos que en mis manos tomaron otro rumbo. Cada nota me devuelve la confianza en el poder del arte y me hace creer que mis inútiles trazos llenos de rabia tienen algún significado y me hace sentir solidario con quienes, conscientes del grave peligro que nos acecha, no se resignan a la impotencia.
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